dissabte, de juny 28, 2008



Dissabte, 28 de juny


gratacel parc del Poblenou Agbar al fons











La plaga

Rafael Argullol

Hasta hace poco llamaba la atención una cierta esquizofrenia alrededor de la consideración de Barcelona: aquí, los nativos nos quejábamos de la degradación de la ciudad aunque, al viajar, oíamos hablar de Barcelona con admiración por todos lados. Ahora, sin embargo, se escuchan opiniones sobre la devastación turística de la ciudad procedentes, ya no de nostálgicos ciudadanos, sino de medios extranjeros, alarmados ante la rapidez del deterioro.

Con escasos días de diferencia he leído dos artículos en la prensa italiana y británica que presentaban el caso Barcelona en términos prácticamente idénticos. En ambos se daba una cifra de 50 millones de pernoctaciones al año -no sé si exacta-, que era considerada desproporcionada por completo con respecto al tamaño de la ciudad. En un texto y en otro, además, se destacaba la progresiva barbarización de nuestros visitantes y la consolidación de un lumpenturismo que asola cuanto se pone por delante. Los dos artículos me parecieron interesantes, en particular, porque Italia y Gran Bretaña aportan bastantes efectivos en estas nuevas huestes bárbaras.

El caso Barcelona, pues, se está convirtiendo en una referencia mundial, pero ya no en el sentido de hace unos años -aquel modelo Barcelona tan comentado tras las reformas olímpicas- y que los propagandistas del Ayuntamiento han intentado mantener más o menos patéticamente. En privado muchos de los antiguos admiradores de la ciudad explican a sus amigos de aquí cómo ha variado el escenario, a peor, y sus escasas tentaciones de volver con frecuencia a visitarnos. No creo que ningún auténtico viajero se encuentre a gusto en nuestro cada vez más elemental parque de atracciones. Tampoco un turista ilustrado puede hacer gran cosa en medio de la chusma itinerante, con lo que lo más lógico es que dirija sus pasos hacia otro destino.

Al final, los únicos turistas ilustrados (sic) que vendrán serán esos arquitectos de renombre a los que nuestro provinciano Ayuntamiento otorga un encargo tras otro, sin importarle si los "nuevos iconos", como les gusta llamarlos, son un plagio de otros que están en Londres o en Shanghai o si, como en el ejemplo del recién inaugurado Parc del Poble Nou, el engendro urbano hará la vida imposible a los ciudadanos que queden atrapados en él. Claro está que los arquitectos de renombre internacional llegan, inauguran, se hacen la foto con los sonrientes provincianos y huyen. No conozco a ninguno que se haya instalado aquí para disfrutar de la ciudad. Es cierto que tampoco se hace imprescindible a los talentos exteriores; en ocasiones, uno local es suficiente para edificar otro nuevo icono y, de paso, avanzar un poco más en la confusión.

El caso Barcelona corre el riesgo de convertirse, por sus perfiles negativos, en materia universitaria del mismo modo que ya lo es la destrucción urbanística del litoral mediterráneo español, paradigma de lo que no hay que hacer en el desarrollo turístico y fuente de estudio para futuros especialistas. Lo enigmático es cómo se ha podido llegar tan lejos si el caso es evidente desde hace mucho, al menos para los perjudicados más directamente, los ciudadanos.

No es fácil resolver el enigma, pues, como es sabido entre nosotros, lo evidente no es siempre lo que queda más claro y, con frecuencia, es lo más oscuro. Hemos llegado a tal sofisticación en el autoengaño que combinamos con suma perfección la apatía, la desidia, la amnesia y el silencio, a condición de que de vez en cuando consigamos expresar enérgicamente, a gritos si puede ser, nuestro radical desacuerdo con todo, antes de volver a callar plácidamente. Gracias a esa sofisticación al final cuanto nos sucede parece estar regido por una inescrutable mano oscura, un hado frente al que poco se puede hacer.

Si repasamos nuestras plagas recientes comprobaremos que siempre estamos a disposición del hado, a la espera de que se solucione lo que nosotros queremos disimular lo más rápidamente posible: es el estilo barcelonés, cuando menos, el que hoy se impone. ¿La sequía?: llovió; ¿el AVE?: ya llegó; ¿el colapso de cercanías?: ya se solucionó medianamente; ¿el Gran Apagón?: tenemos luz; ¿el caos del aeropuerto?: nos vamos de vacaciones. Todo acaba solucionándose, de acuerdo con el hado y la providencia, si se es lo suficientemente olvidadizo.

En cuanto a la plaga del lumpenturismo pasará lo mismo: con el mejor estilo barcelonés nadie se acordará de que hubo una vez una Barcelona habitable. Organizaremos fiestas y haremos estas campañas de promoción que tanto nos gustan. Todo menos pedir responsabilidades a una industria turística depredadora, a unas autoridades sin autoridad y, por supuesto, a nosotros mismos.

El País/28-6-08

diumenge, de juny 01, 2008



Diumenge, 1 de juny


Dónde huir en secreto

Javier Marías

 En la década de los ochenta del pasado siglo, viví un par de años en Venecia. No seguidos exactamente: pasaba allí mes y medio y luego tres en Oxford, otros dos allí y a continuación dos en Madrid, así entre 1984 y 1989. En Venecia no hacía vida de turista, sino de residente: me asimilé a las personas que me acogían amablemente en su casa y que vivían allí todo el año. Claro que me asomaba a una iglesia o a un palacio cuando me pillaban de camino en mis recorridos y paseos cotidianos. Iba al mercado del Rialto, al mercadillo de Campo San Barnaba y al supermercado de Campo Santa Margherita, hacía un poco de amo de casa (sólo un poco), y aprendí los más raros atajos para evitar las calles por las que era imposible transitar, abarrotadas de rebaños turísticos de gran torpeza, lentitud y vociferación. En aquella época me llamaba la atención que Venecia parecía ser la única ciudad del mundo en la que los visitantes no se comportaban como solían hacerlo en las demás que yo conocía, a saber, más o menos con el mismo respeto que uno observa cuando está de visita en casa ajena. En la propia uno pone los pies donde le place, desordena cuanto quiere, se tumba en el sofá o en el suelo –tengo mucha querencia por el suelo–, maneja el tocadiscos y la televisión a su antojo. Cosas todas más o menos normales que sin embargo jamás haría en casa de otro. (Bueno, con la excepción del ex-Presidente Aznar, que ya sabemos lo grosero que es cuando visita a sus amigos). Los forasteros que pisaban Venecia tomaban la ciudad al asalto, como si allí no viviera nadie y fuera una especie de parque temático a disposición de ellos, con la agravante de que ni siquiera habían pagado una entrada que les diera la sensación de algún “derecho adquirido”.

“Mala suerte para los venecianos”, pensaba. Entonces había unos cuarenta mil (ahora unos treinta), pero era gente tan atareada como la de cualquier otro sitio, con las mismas obligaciones y bastantes más dificultades, al no haber allí tráfico rodado. “Es lo malo de tener una ciudad tan maravillosa: todo el mundo se considera no sólo con derecho a verla, sino a hacer uso de ella sin tener en cuenta a sus habitantes. Como si éstos no existieran ni tuvieran quehaceres, como si no necesitaran silencio, como si el lugar fuera sólo un escenario, un decorado desierto en el que cada turista puede actuar como le venga en gana”. Lo que no preveía era que esta manera bárbara y desconsiderada de visitar un sitio iba a convertirse en la norma y a afectar a todas las demás ciudades, o al menos a las más turísticas. Me contaba hace poco Manuel Rodríguez Rivero que en un viaje a Praga le habían insistido en que no intentara ver –menos aún atravesar– el famoso Puente de Carlos después de las siete de la mañana ni antes de las diez de la noche, porque las masas se lo impedirían. La mayor parte de la gente que va a Florencia ya no tiene oportunidad de sufrir el síndrome de Stendhal que este escritor describió, porque de las bellezas allí contenidas no logra ver apenas nada: los cuadros tapados por incontables cabezas –que no siempre cerebros–, los edificios pisoteados por las manadas. La última vez que estuve en Roma, mi visión del Panteón quedó alterada: tenía el hotel muy cerca, de modo que me pasaba a diario a muy diferentes horas, pero no hubo forma de sentir el espacio de su interior, como un vagón de metro en hora punta sólo que con mucho más griterío. No hace falta añadir que casi todas estas greyes no desean ver nada, están sólo preocupadas de hacerse fotos estúpidas con sus estúpidos móviles para luego poder decir la más estúpida frase de nuestros tiempos: “Yo estuve allí”. Ahora hay incluso un programa de televisión así titulado, que debe de ser el más estúpido de todos, porque a esa frase sólo cabe contestar: “¿Y? ¿Y qué, que usted estuviera allí? Eso no tiene ninguna importancia ni a usted se la agrega en absoluto. Estar hoy en cualquier parte está al alcance del más cenutrio. Viajar a los lugares ‘imprescindibles’ no distingue, sino que vulgariza”.

Madrid y Barcelona son también cada vez más turísticas, pero aquélla sufre la desventaja de que todos los españoles la consideran “suya” y adoptan cada vez más los vandálicos hábitos de quienes invadían Venecia. La gente la recorre en tropel chillando, cantando, batiendo palmas, y, como le queda una fama de ciudad “con marcha”, al final de la noche, para sentirla, acaba vomitando y orinando contra nuestras fachadas. Pero ocurre algo parecido en casi todas partes. Nadie se comporta ya como “visita” en Londres ni en París, en Budapest ni en Edimburgo, en Salamanca, Toledo, Sevilla o Granada. Todas son meros escenarios, decorados para el disfrute de los forasteros, a los que importa una higa el padecimiento de los habitantes. Sólo cabe ir a lugares que aún no sean turísticos, aunque eso está cada vez más difícil por culpa de suplementos como este o El Viajero del mismo diario, que no dejan piedra sin levantar y que van haciendo caer en manos de las hordas, uno por uno, todos los rincones agradables del globo.

Estuve hace poco, unos días, en una extraordinaria ciudad italiana. En parte lo es porque allí no han llegado esas hordas que impiden y se impiden ver todo, que ponen los pies sobre las mesas y arrojan sus excrecencias al suelo, que miran sin ver y sin que mirar ni ver les importe, porque lo hacen tan sólo a través de una cámara estúpida. Como es lógico, me callaré el nombre de esa ciudad, por si acaso algún día decido irme a vivir a ella.

El país semanal/1-6-08

enllaços: sketches/Jeremy Woolfe

diumenge, de gener 27, 2008



Diumenge, 27 de gener

Manuel Vicent:"Moléculas"


water drops Desde que he sabido que hay más moléculas en una simple gota de agua que estrellas en todas las galaxias juntas, he perdido el respeto al universo, sobre todo si se considera que nuestro cuerpo está formado sólo de agua en sus tres cuartas partes. Es más fascinante y misterioso mirar hacia abajo que hacia arriba. El microscopio ha desbancado al telescopio como instrumento poético e imaginativo, ya que entre los electrones y el núcleo de un átomo existe proporcionalmente tanta o más distancia que de la tierra a la luna. De hecho, estamos vacíos. Por eso los millones de partículas radioactivas que desprenden las galaxias atraviesan nuestro cuerpo sin tocarlo siquiera. Cuando en las noches de verano contemples las constelaciones, que los antiguos asimilaban a figuras de animales, pregúntate qué puede hacer por ti la Osa Mayor o qué puedes hacer tú por la Casiopea. Nada de nada, aparte de inspirarte algún deseo imposible. Las esferas celestes están estúpidamente encadenadas a sus órbitas. El tejado de tu casa, que en las mañanas de invierno amanece cubierto de escarcha, es un universo más inquietante. También se pueden considerar constelaciones las huellas que en él han dejado los pájaros. Trillones de moléculas habitan en una gota de rocío formando un firmamento estrellado en el que participa directamente la carne y la sangre del cuerpo humano hasta la intimidad de todas sus las células, que también navegan en agua. El espíritu es el resultado de una alta tecnología química. En el Instituto Craig Venter de Estados Unidos se ha dado el primer paso para la creación de vida artificial. Muy pronto será presentada en sociedad una bacteria viva creada por la ingeniería genética a partir de elementos inertes. Hacia ese universo infinito de la profunda materia hay que volcar la imaginación poética, la esperanza y el terror. Dejemos que las galaxias se devoren entre ellas y se suiciden lanzándose a un agujero negro. La escarcha que aletea con el primer sol en el tejado en la mañana de invierno contiene todas las moléculas del espíritu y de la carne. Las huellas de los pájaros son constelaciones que cubren todos los sueños.

Manuel Vicent/El País/27-1-08 Moléculas

enllaços:
Ira. A Fulton
nature/ droplets

dilluns, de novembre 26, 2007



Dilluns, 25 novembre

Temps de revival

Almudena Grandes: "Marcas generacionales"


plastic boots Cuando la luz de la euforia dejó paso a una neblina de desilusión en los ojos de su hijo, los dos cruzaron una mirada de inteligencia tácitamente pactada desde hacía mucho tiempo. Y sin embargo, cada uno pensó en sí mismo.

Ella, más joven, recordó unas botas de plástico –de plástico auténtico–, con una lengüeta rematada con flecos y tachuelas del color del bronce trepando pierna arriba, que su madre le ofreció sin caja, sin bolsa, una culpable ausencia de detalles. Aquel año, ella quería unas botas, lo había anunciado ya en septiembre, antes de quitarse las sandalias, quiero unas botas, quiero unas botas, quiero unas botas... Su madre no dijo nada al principio. Luego le recordó que su calzado del año anterior estaba nuevo. Después revisó con ella su armario, intentando convencerla de que unas botas del año de Maricastaña y el número 37 la estaban muy bien, cuando ya el 38 de sus propios zapatos le quedaba muy justo. Ella siguió, incansable, quiero unas botas, quiero unas botas, quiero unas botas... Una tarde de sábado fueron juntas de compras, pero, según su madre, que se obstinó en aparentar una sordera inexistente ante sus múltiples y carísimas sugerencias, no encontraron nada. Y por fin le trajo aquel horror, plástico auténtico, oferta estrella de la semana en uno de esos hipermercados que acababan de abrir.

Él, casi diez años mayor, recordó en colores. Etiquetas blancas con letras azules, etiquetas naranjas con letras negras, etiquetas negras con letras rojas, todas despreciables por igual. Los únicos vaqueros que molaban, los únicos que no daban vergüenza y merecía la pena llevar, tenían una etiqueta roja con letras blancas. Él lo sabía, sus amigos lo sabían, los dependientes de las tiendas lo sabían, sus hermanos lo sabían, todos los habitantes de este maldito planeta lo sabían. Todos menos su madre. Pero, vamos a ver... Si pone lo mismo, ¿no? Es el mismo pantalón, de la misma marca, con la misma tela, la misma forma, la misma palabra en la etiqueta... Pues no, mamá, claro que no, porque no son auténticos. ¿Y qué son?, su madre ponía los brazos en jarras, ¿de cartón piedra? ¿Pero tú estás tonto o qué? Al final no le quedaba más remedio que usar esos vaqueros de segunda clase, nacionales, espurios, sucedáneos. Les cortaba la etiqueta con las tijeras de las uñas y mucho cuidado, eso sí, por si colaba y alguien pensaba que el legendario pedacito de tela roja se había caído.

Ella pensó en las botas, que al fin y al cabo resultaron de buena calidad y eran muy cómodas, y él, en sus vaqueros anónimos de etiqueta cortada, cuando el hijo al que habían educado juntos, al borde ya de los once años, levantó las deportivas en el aire después de haberlas estudiado hasta en el menor detalle.

–Pero éstas... No son las que os pedí.

–Claro que sí –él reaccionó primero–. Querías unas botas altas, de las de jugar al baloncesto, ¿no?

–Negras, de lona, con cordones negros –enumeró ella–. Éstas son las que querías.

–No. Porque esta marca no es de zapatillas, mamá, es de caramelos. Yo quería las que usan en la NBA, esas que tienen una etiqueta re¬¬donda, de plástico, y que son las buenas, las que lleva todo el mundo...

–¿Pero qué quieres? –y esta vez ella fue más rápida–. ¿Llevar lo que lleva todo el mundo? ¿Tú qué eres, un borrego o un niño inteligente?

–¡Soy un niño normal, mamá! Y quiero unas zapatillas que...

–Ya está bien. No se te ocurra volverle a hablar así a tu madre. Pediste unas zapatillas y te las hemos comprado, buenas, bonitas y como tú las querías. Así que se acabó.

–Pues no me las pienso poner. ¿Os enteráis? No me las voy a poner en la vida.

Su hijo dejó caer la caja al suelo, muy digno, y esperó estoicamente la bronca, los gritos, el bofetón, pero nada de eso se produjo. Así que se dio la vuelta, empezó a caminar despacio en dirección a la puerta y tampoco pasó nada. Bueno, sí que pasó, pero era lo que esperaba. Antes de salir miró a sus padres y vio que estaban muertos de risa. Entonces tuvo una visión desagradable, pero exacta, de su futuro inmediato, y adivinó que se pondría todos los días las zapatillas que acababa de despreciar, hasta que se le quedaran pequeñas o se rompieran por el exceso de uso.


EPS/El País 25-11-07

diumenge, de novembre 18, 2007



Diumenge, 18 de novembre

Enrique Vila-Matas: "Río Congo abajo"


Heart of Darkness 1. Aunque no se había ido nunca, vuelve la oscura corriente que corría rápidamente desde el corazón de las tinieblas, llevándonos río Congo abajo, hacia el mar, con una velocidad doble a la del viaje en sentido inverso. Y vuelve también la vida de Kurtz a correr también rápidamente, desintegrándose en el mar del tiempo inexorable. Coincidiendo con el 150aniversario del nacimiento de Joseph Conrad, aparece una edición conmemorativa de El corazón de las tinieblas. Su autor escribió otras obras memorables, pero el largo monólogo de Marlow, contrafigura del propio Conrad en Corazón de tinieblas (ése sería el título más exacto, pues permite el doble sentido del original), se ha salvado de todas las oscuras corrientes del olvido.

¿Por qué esta novela y no Lord Jim, por ejemplo, que también tiene una categoría excepcional? Aunque sobre esto hay teorías para todos los gustos, a mí me gusta pensar que es a causa esencialmente de su estructura narrativa tan moderna, y no tanto por la influencia de Apocalypse Now, la adaptación al cine, o por la indiscutible actualidad de sus denuncias colonialistas. Ha resistido por la asombrosa modernidad de su propuesta narrativa.

"Escribir es prever", anotó Paul Valéry a mano en la dedicatoria de un libro que hoy forma parte de la biblioteca de Jordi Llovet. La sentencia de Valéry es fácilmente aplicable a Conrad, que creó para Corazón de tinieblas un tipo casi inédito de estructura narrativa que luego se extendería por toda la literatura contemporánea. La primera parte del libro crea expectativas en torno a la enigmática figura de Kurtz, a cuyo encuentro viaja el lector. Pero el narrador va demorando la hora de ese encuentro. Es un libro en el que en realidad, a diferencia de tantas novelas de su época, no hay acción, y apenas sucede nada, aunque las expectativas de conocer a Kurtz se van haciendo cada vez más grandes. Pero para cuando éste finalmente aparezca, la novela se hallará ya en su recta final. Arrastrábamos unas ganas inmensas de saber cómo era y qué pensaba del mundo y le oímos sólo decir: "Estoy acostado aquí en la oscuridad esperando la muerte". Es un personaje que preludia figuras de Kafka y de Beckett. El monólogo de Marlow sólo nos ha conducido hasta un personaje que va a descubrirnos que hemos leído la novela para viajar hacia una revelación final que, tal vez por intuirla horrible, preferíamos demorar leyendo escenas banales, y que en efecto va a dejarnos ante a un hombre extraordinario, Kurtz, enfrentado a la tiniebla que encierra su propio ser, incapaz de decir algo más que esto acerca de la verdad última de nuestro mundo: "¡Ah, el horror! ¡El horror!".

2. El monólogo de Marlow se inicia al dejar atrás el puerto de Londres, donde hacia el oeste puede verse que el lugar de la monstruosa ciudad está aún señalado siniestramente en el cielo: es una leve tiniebla bajo el Sol, un resplandor cárdeno bajo las estrellas. Oímos entonces la célebre frase inaugural de la historia:

-Y también éste ha sido uno de los lugares oscuros de la tierra.

Se nos dice de Marlow que de entre todos los viajeros era el único que "aún seguía el mar". A propósito de esto, resulta curioso observar cómo se ha instalado el tópico de que Conrad fue un escritor de historias de acción y de aventuras marítimas cuando en realidad está comprobado que detestaba la acción y el mar. Su colega Saint-John Perse nos dejó estos datos sobre Conrad: "No le gustaba el mar -vivía 42 millas tierra adentro-, pero sí el hombre contra el mar, y los barcos, y nunca me entendió cuando le hablé del mar en sí".

Su amigo Bertrand Russell previó la resistencia al tiempo de "la terrible historia titulada Corazón de las tinieblas, en la que un idealista un tanto débil es empujado hacia la locura por el horror de la selva tropical y la soledad entre salvajes". Lo conjeturó con indudable acierto Russell, que consideraba que esa narración era la que expresaba de manera más completa la filosofía de la vida de Conrad -la vida tomada como una navegación río Congo abajo-, una filosofía que consideraba el mundo civilizado como un peligroso paseo sobre una tenue corteza de lava apenas enfriada que en cualquier instante podía romperse y hacer que el incauto se hundiese en un abismo de fuego. Esa conciencia de las diversas formas de apasionada demencia a que se sienten inclinados los hombres era la que le daba a Conrad, según su amigo Russell, una creencia tan profunda en la importancia de la disciplina.

Últimamente, por cierto, dedico tiempo al estudio del diverso sentido de la disciplina que tienen personas -próximas o lejanas- que me interesan. En el caso de Conrad puedo decir que en materia de disciplina no fue precisamente moderno, pues ni consideraba que había que apartarla por innecesaria (las horribles versiones progres surgidas de Rousseau) ni que hubiera que pensarla como esencialmente impuesta desde afuera (el no menos horrible autoritarismo).

Conrad se adhería a la tradición más antigua, según la cual la disciplina debe proceder de dentro. Es una fuerza mental, que emite nuestro propio genio del lugar, el genius loci, nosotros mismos. El hombre no se libera dando libertad a sus impulsos y mostrándose casual e incontrolado, sino sometiendo la fuerza de su naturaleza a una idea del espíritu y a un proyecto dominante, a un férreo código mental que sepa cancelar su libertad más salvaje y situarle en la corriente, río abajo, de una vida disciplinada y, a ser posible, gracias a los designios interiores del genio del lugar, moderadamente sublime.

El País/18-11-07

Enllaços:Joseph Conrad (1857-1924). Wikipedia
Books on-line
The Joseph Conrad Society
The Josep Conrad Foundation

dissabte, de setembre 08, 2007



Diumenge, 9 de setembre

Manuel Vicent: "Espejos"


Faith Ringgold/woman looking in a  mirror El río en el que nadie se baña dos veces, según Heráclito, está formado por todos los espejos en los que uno se ha mirado a lo largo de la vida. La conciencia se inicia en el instante en que el niño se reconoce a sí mismo por primera vez en el espejo familiar del cuarto de baño. Llega un momento en que ante su propia imagen el niño piensa que ese que aparece allí dentro es él y no otro, esos son sus ojos, su nariz, su boca, su diente partido. Frente a ese espejo se establecen a continuación unos ritos inolvidables: su madre le lava la cara y le peina, unas veces a gritos, otras con lisonjas y allí se reflejan las primeras lágrimas, las primeras risas. En el azogue del espejo familiar la imagen del niño quedará guardada para siempre en brazos de Narciso. La edad consiste en ir dejando atrás aquel primer espejo. Un día el chico se afeitará la pelusilla del bigote y la niña se pintará por primera vez los labios con carmín, pero puede que sea ya en otro cuarto de baño. Si hubieran sido fieles al primer espejo no se habrían dado cuenta de que tenían ya quince años. El río de Heráclito discurre sobre nuestra piel, nos atraviesa por dentro y uno sólo comienza a envejecer cuando abandona aquel espejo que era un amante verdadero. Cada vez que vuelvas a mirarte en él después de una larga ausencia entenderás que el tiempo sólo es un cambio de apariencia. Se trata de una experiencia muy común. Al llegar el mes de agosto te vas de vacaciones a la casa de la playa, entras en el cuarto de baño, abres la ventana y te miras en el espejo donde había quedado congelado tu rostro desde el verano pasado. No estaban allí todavía algunas arrugas ni las ojeras que has cosechado a lo largo del año. Se hace evidente que has engordado. La expresión de los ojos tampoco es la misma. Pese a todo, durante el verano irás asimilando esta nueva imagen hasta aceptarla e incluso asimilarla con agrado, pero al volver a la ciudad, cuando apenas ha pasado un mes, en el cuarto de baño de casa te esperará la imagen que dejaste allí antes de salir de viaje. También algo habrá cambiado esta vez. El bronceado alegrará la palidez con que te recordabas, pero sin duda en la nueva imagen se reflejara una nueva erosión, el rastro de una aventura, la señal de una caída. Uno va envejeciendo en los sucesivos espejos como si se reflejara en río de azogue que nos atraviesa. Pese a todo existe un primer espejo que guarda tu imagen de niño ante el que tu madre te fregaba la cara con un estropajo. Ése es el que te amará siempre y te será fiel hasta la muerte.

Manuel Vicent/El País/09-09-2007

Enllaços: Faith ringgold

divendres, de juny 22, 2007

Divendres, 22 de juny

Operación Uñas

Sergi Pàmies

ungles pintades Por la peculiaridad de su clima, de sus habitantes y de los turistas que la visitan, Barcelona se está convirtiendo en la capital europea de la chancleta. La llamen hawaiana o brasileña, lleve adheridos complementos de bisutería o no, tenga suela de goma o de cuero barnizado, los pies que nos rodean visten cada vez más esas formas primarias de calzado. Emparentadas con esta tendencia, y a un nivel superior en el escalafón pedestre, están las sandalias y sus múltiples variantes.

El otro día, en las oficinas de una agencia de seguros, me atendió una mujer tan cuarentona como yo, impecablemente vestida, que llevaba unas elegantes sandalias, no sé si de inspiración romana o egipcia. El caso es que dejaban al descubierto los dedos de sus pies y, de paso, unas uñas pintadas de un modo tan imperfecto que me impidieron concentrarme en las primas, los plazos y las tarifas (eran como esos cuadernos infantiles de coloración que no respetan el contorno indicado). A mi pesar, estuve todo el rato preguntándome si aquellas uñas perjudicaban la credibilidad de la profesional del seguro de vida (un eufemismo, ya que de lo que se trata es de cobrar en caso de muerte).

Al salir de las oficinas, comprobé que la uña defectuosamente pintada es una plaga. Confluyen en esta tendencia dos modas simultáneas: la de la sandalia-chancleta y la de pintarse las uñas. Hay quien sostiene que pintarse las uñas es un elemento más del embellecimiento artificial, pero recuerdo que cuando era pequeño y me las pintaba con rotulador azul, mis superiores (académicos o familiares) consideraban, con razón, que era una guarrada. Deduzco, pues, que existe una superioridad moral del esmalte sobre el rotulador y de la uña femenina sobre la masculina, algo que, en manos de un abogado marrullero, podría suponer un caso de discriminación de género. Pero volvamos a las uñas de los pies.

El hecho de descubrirlas siguiendo los gregarios dictados de la moda ha dejado a la intemperie toda clase de aberraciones y, por supuesto, muchos ejemplos de normalidad e incluso de belleza. No seré yo quien critique la perfección de algunos pies, pero la pregunta que me sugiere esta moda que inicia su esplendor con la llegada oficial del verano es: ¿todas las uñas son dignas de ser mostradas? No es un debate transcendente, lo sé, pero no deja de resultar inquietante que se muestren algunas placas córneas dignas del paleolítico y que cualquier arqueológo podría confundir con una valiosa pezuña cuaternaria. Si se suben a un metro o a un autobús y, para matar el tiempo, deciden mirar los pies de los que les rodean, descubrirán que no todos los dedos son iguales. Algunos no tienen ningún reparo en mostrar estructuras fosilizadas. Nada de perfección pedicura: uñas salvajes, córneas preparadas para matar y arañar, diseñadas como armas blancas o de destrucción masiva.

En cuanto a la pintura, son la prueba que confirma el apretado horario de algunas mujeres. En principio, se las pintan sin pensar en su próximo deterioro y no calculan que, al cabo de cierto tiempo, los contornos se desdibujan y la superficie pintada compite con la despintada. Ustedes me dirán: qué ganas de fijarse en detalles menores. Es cierto. Pero del mismo modo que cuando alguien se pinta los labios más allá de los labios y se embadurna parte del careto crea en su entorno cierta incomodidad (por no hablar de compasión), la uña pintada desatendida contradice el propósito de embellecimiento de su propia razón de ser. Consecuencia: lo que debería ser un elemento de belleza se convierte en detalle de fealdad. La estación que inauguramos ayer propicia estos excesos. Habrá otros, es cierto, y cada uno cometerá pecados de orden estético más o menos imperdonables (yo mismo tendré serias dificultades para contener mi tendencia al desprendimiento de barriga). Pero ya que este proceso de chancletización de la ciudad parece inevitable, podríamos iniciar una campaña de movilización.

Hace unos días, releía un divertido artículo de Félix de Azúa (que aparece en la reeditada La invención de Caín) en el que, para criticar el maltrato al que se somete a muchos perros en las grandes ciudades, escribió en tono gamberro: "¿Por qué no hacer de Barcelona la primera ciudad europea, si no mundial, libre de perros?". Está claro que su propuesta fracasó y que los perros barceloneses no sólo siguen viviendo con más o menos incomodidades, sino que algunos humanos han preferido pasarse al bando canino e imitan su comportamiento cívico con notable éxito. Si Barcelona sólo ha conseguido ser antitaurina y, al mismo, propiciar fenómenos mediáticos como el regreso a los ruedos de José Tomás, deberíamos atrevernos a impulsar una normativa antichancleta para evitar algunos espectáculos degradantes. Y, en caso de que la moción fracase, sólo cabe desear que las uñas pintadas tengan en cuenta la importancia de un buen mantenimiento de chapa y pintura.

El Pais/22-6-07

diumenge, de juny 10, 2007



Diumenge, 10 de juny

De Palmeres i Ginjolers

Enrique Vila-Matas: "El fin de Barcelona"

Ginjoler 1. La vida fabrica coincidencias extrañas. A la misma temprana hora en que estaba preocupado por el posible derribo de la fabulosa palmera de la calle de Cardener que tengo delante de casa, Isabel Núñez lo estaba por el tan temido derrocamiento del maravilloso azufaifo de la calle de Arimón donde vive. Historias mínimas y paralelas, leves malestares graves. Calculo que hace unos 30 años que no veo a Isabel Núñez, pero el caso es que, a la hora temprana en que yo miraba con angustia la palmera, ella me estaba escribiendo un e-mail para hablarme de su pequeño drama grave: "Pretendo salvar un árbol de la calle Arimón esquina Berlinès. Han tirado una casa bonita (otra) y resulta que el árbol es un azufaifo (ginjoler), especie en peligro de extinción, protegida aquí y en Europa, árbol chino que vino a España por el sur, con los árabes. Algunos vecinos ilustres me apoyan, Parcs i Jardins nos da la razón, el técnico municipal nos dice que no les dará la licencia de construir si no cambian el proyecto y le dejan una esquinita al árbol, que hasta ahora daba sombra a la acera y la llenaba de flores pegajosas y de esa especie de dulces cerezas rojas gigantes".

Más coincidencias: antes de irme a vivir a esa casa frente a la palmera de la calle de Cardener, pasé una larga temporada en un piso en la calle de Arimón, aunque no me acuerdo del árbol chino, como tampoco del alcalde Hereu, que nació en esa calle. En el blog de una amiga de Isabel Núñez(www.objet-a.blogspot.com) he encontrado información sobre el azufaifo: "Este árbol (Zizyphus jujuba), ginjoler en catalán, originario de China, llegó probablemente a Andalucía a través de la cultura árabe. Pekín está lleno de ellos, es muy común en los patios de los hutones, las casas tradicionales. En España había muchos en Granada. En Barcelona hay uno en la calle de Arimón".

Poco después de recibir el e-mail de Isabel, leía (con asombro ante el encadenamiento de casualidades) una carta de la señora López González a La Vanguardia: "En la calle Cardener-Torrent de les Flors del barrio de Gràcia están derribando casitas, una de ellas no catalogada pero hermosa. Desde que empezaron los derribos, hay varios operarios con martillos neumáticos trabajando todos a la vez, sin casco, ni protección para los oídos, ni máscara para el polvo contaminante. No sabemos si se lo quitan o no disponen de ello. Y se han declarado ya dos incendios. Lo vemos desde nuestras casas, donde el ruido penetra. El distrito de Gràcia ha dado el permiso para el derribo, según la Guardia Urbana, a la que hemos acudido varios vecinos. En Urbanisme y en el distrito no hay ningún proyecto presentado, según nos informan. Los responsables, según la prensa, son Akasvayu, que compró todas las fincas, y Construcciones Pedralbes, y ahora Derribos Ureña".

No hablaba la señora López González de la palmera, pero la causa de su alarma era la misma que la mía y la de tantos vecinos de Cardener y Torrent de les Flors. Historias mínimas y paralelas, leves malestares graves. Ese mismo día en que apareció la carta publicada, redoblaron infernalmente en las obras de Cardener el salvaje ruido, como si quisieran vengarse de todo el vecindario. Y hasta hubo un momento en que pensamos que como castigo derribarían de un solo machetazo la esbelta palmera. Barbarie, a pleno sol del día, en Gràcia. Sus verdes ediles antisistema callan y otorgan. En Sant Gervasi, los mismos vientos. ¿Qué será del azufaifo? Pensando en ese árbol chino, me acordé de mi hermana Teresa, que el día anterior me había hablado con tristeza del cedro y otros árboles del jardín (calle de Martí, entre las de Secretari Coloma y Alegre de Dalt) bárbaramente derribados en una sola mañana, bruscamente desaparecidos -ante la mirada traumatizada de sus alumnos- de la agradable vista de la ventana del taller donde imparte lecciones de pintura china. En este caso no era un azufaifo, sino un cedro, pero el hecho es que la serenidad de su taller chino se vio brutalmente alterada por la fulgurante, mercantil y brutal supresión del jardín.

Sé que el fin del azufaifo, el cedro y la palmera no es el fin del mundo, pero con pequeños malestares graves se va forjando un gran malestar grave y gestando ese rumor que muchos ya hemos escuchado y que habla de que, con la ciudad vendida a la especulación inmobiliaria y a un turismo indiscriminado y regalada la industria cultural a Madrid, estamos ante el fin de Barcelona. Ya no es sólo la barbarie que en una sola mañana a mí me ha alcanzado por tres ángulos distintos (una prueba de que el promedio de salvajadas tiene que ser grande), sino también esa incomodidad creciente de notar que la ciudad ya no es nuestra, que es un gran parque temático para extranjeros y que en realidad con tanta estupidez ya se ha producido -en los próximos años simplemente se confirmará- el fin de Barcelona. En cierta ocasión, le pregunté a Pep Guardiola si un futbolista, en el momento mismo de realizar la última gran jugada de su vida, podía llegar a intuir que con aquella gran jugada había llegado el fin de su carrera. ¿Sabe ya Barcelona que su gran carrera hacia la nada ha llegado a su final?

2. De tontería en tontería. El artista HA Schult ha instalado en la plaza Reial de Barcelona su última performance: 300 estatuas humanas hechas a tamaño real y material reciclado para concienciar a los consumidores de la cantidad de basura que se genera a diario. Vi ayer a muchos turistas posando para mentecatas fotografías junto a las estatuas basura, confundiéndose con ellas. Nítido el mensaje que esa atroz imagen transmitía. No se puede resumir mejor el fin de Barcelona, y creo que es mejor no negar la realidad de ese final, es decir, recordar lo que ya Hannah Arendt decía: "Comprender qué quiere decir atrocidad y no negar su existencia".

El Pais/Catalunya/10-6-2007

Enllaços:
amics dels arbres
Ginjoler, El gingoler del carrer Arimon, Jujube/ginjoler/azufaifa
El objeto a
Blog d'Isabel Nuñez

diumenge, d’abril 01, 2007



Diumenge, 1 d'abril

Decir que no a todo

Javier Marías

say no to everything Continuamente se nos bombardea con las supuestas ventajas y simplificaciones de las nuevas tecnologías, que suelen resumirse en la siguiente frase: "Ahora podrá usted hacer esto y aquello y lo otro desde casa", como si no moverse y llevar una vida cada vez más sedentaria fuera algo beneficioso y, sobre todo, como si hacer algo sin desplazamiento equivaliera a no hacerlo, lo cual, claro está, es falso. Por el contrario, yo lo único que percibo es un crecimiento infinito de la burocracia, en todos los ámbitos. Nos vemos obligados a hacer mil gestiones y a cumplir con mil requisitos para cualquier nadería, como lo es a estas alturas comprarse o mantener un coche; no digamos para asuntos de mayor complicación, como adquirir o alquilar una casa, ejercer cualquier profesión o montar un negocio. Con las declaraciones de Hacienda, se nos fuerza a llevar cuenta exacta de lo que ganamos y gastamos, libros de contabilidad, directamente, y a almacenar infinidad de papeles y datos, durante cinco años que siempre son renovados, uno a uno. Cuando se muere alguien los trámites son interminables, y si deja herencia no digamos. El Estado actual es una obsesiva máquina de registrar: exige justificantes, comprobantes, actas, partidas, permisos, licencias, constancias para cada paso que damos o no damos. Los profesores universitarios que conozco, en cuatro países diferentes, se ven todos abocados a descuidar sus clases, son lo de menos, para atender casi exclusivamente a agobiantes tareas administrativas. Muchos profesionales liberales han de dedicar varios días al mes a preparar y emitir complicadísimas facturas si quieren cobrar por sus trabajos. Y no sé si de verdad se podrán hacer tantas cosas desde casa, pero las colas en las ventanillas y mostradores son cada día más lentas; yo no veo que los ordenadores sean muy rápidos en manos de funcionarios o de agentes de viaje, aunque no dudo que en otras podrían serlo.

Yo encuentro disuasorio este mundo legalista y reglamentista, que además es contagioso. No es sólo el Estado el que hoy pide toda clase de documentos y avales al que se mueve, sino también la esfera privada. Hace ya trece años que decidí no aceptar nada que tuviera el más mínimo carácter estatal: invitaciones del Ministerio de Cultura o de cualquier otro, de los Institutos Cervantes, las Universidades, Televisión Española, los institutos de enseñanza pública, a congresos o viajes patrocinados o sufragados por las Embajadas. La razón no fue sólo evitarme el papeleo consiguiente, hubo otras de mayor peso, pero sin duda contribuyó no poco. Así que resolví limitarme a lo privado en todas mis actividades. Sin embargo, el contagio ya se ha producido, y cada día tengo más claro que la única forma de vivir tranquilo y dedicarse uno a sus cosas, sin pérdidas gratuitas de tiempo, es decir que no a todo.

Porque en cuanto uno dice que sí a algo, comienzan los trámites y las obligaciones "secundarias". Valga un caso reciente como ejemplo: durante dos años, una adinerada institución me insistió en que participara en un ciclo de charlas literarias. Ocupado como estaba con la escritura de una novela larguísima que espero acabar de aquí a un mes, finalmente, fui declinando la invitación amable. Hasta que, previendo que en otoño estaré más liberado, acepté hace poco, y me comprometí a intervenir en dos sesiones del mes de noviembre. Ha bastado que dijera que sí para que la institución en cuestión haya empezado a darme la lata y a pedirme cosas absurdas por adelantado, interrumpiendo así mi inconclusa novela. "Envíenos un curriculum vitae" (algo que mal que bien se encuentra en la solapa de cualquier libro mío). "Mándenos una foto" (se pueden conseguir demasiadas en un montón de sitios, empezando por las susodichas solapas). "En septiembre querremos los títulos de sus charlas y un resumen de las mismas" (como si fuera a pensar lo que voy a decir dos meses antes de que me toque). "Díganos su número de cuenta bancaria, con veinte dígitos" (pese a que no se me pagaría la irrisoria suma hasta después de haber cumplido). "Para colgar en nuestra web y publicar en nuestro boletín, envíenos todo eso a la mayor brevedad". Parece como si hoy, más que la intervención propiamente dicha de alguien, lo que interesase fuera anunciarla en las malditas webs y en los condenados boletines y programas, y que, por así decir, todo tenga lugar no en la realidad y cuando debe, sino por adelantado y virtualmente. Les contesté diciéndoles que tenían muy extrañas pretensiones; que yo acudiría a las charlas cuando me tocase y que eso era todo. Pese a los antiguos ruegos, la respuesta fue borde: "De su carta deducimos su imposibilidad de participar, a causa del formato de nuestro ciclo". Yo no había dicho tanto. Era, como mínimo, una deducción precipitada. Pero miel sobre hojuelas. Ya digo, no hay como decir que sí a algo para que a uno ya no lo dejen tranquilo. Nuestra sociedad invita a paralizarse, a no tener iniciativa, a no hacer ni aceptar nada, a estarse quieto. Si uno tiene algún proyecto o quehacer por cuenta propia, claro está. En ese caso, no me cabe duda, no hay como decir que no a todo para poder dedicarse a lo que le interesa de veras y lograr, tal vez, alguna cosa de provecho.

El País Semanal/1-4-07

diumenge, de març 25, 2007



Diumenge, 25 de març

Armario

Manuel Vicent

 Por fin llegó el día en que, al abrir un armario, le cayó el cadáver encima. Al parecer no se trataba de un fiambre humano, como en las novelas de misterio, sino de un montón de objetos olvidados que, de pronto, se derrumbaron y estuvieron a punto de aplastarle. Así comenzó para este hombre la revelación. En ese momento se dio cuenta de que vivía rodeado de cosas inútiles que no le interesaban absolutamente nada. Tenía montones de libros apilados en las sillas que nunca leería; cajas llenas de revistas, catálogos y recortes de periódicos bajo las camas, trajes apolillados en los arcones, que ya no se podía abrochar; zapatos viejos en las cajoneras, docenas de envases de medicinas caducadas; sobres de bancos, facturas, cartas y recibos; aparatos ortopédicos de algún antepasado muerto, la bicicleta estática que no usaba, trastos y cacharros por todas partes, antiguos regalos de boda y recuerdos de viajes. La sensación de estar rodeado de elementos estúpidos que coartaban su espacio y amenazan con ahogarle se convirtió en una psicosis angustiosa al transferirla igualmente a personas, ideas y fantasmas, que penetraban diariamente en su vida por todas las ventanas con la intención de estrangularle. Aquel día decidió hacer limpieza. Convencido de que nada hay más profundo que el vacío ni más bello que una pared blanca comenzó a regalar muebles, a vaciar armarios, a meter los cachivaches más insospechados en bolsas de basura y a tirarlo todo en el contenedor de la esquina. Fue un trabajo heroico que duró varias jornadas, en las que no se permitió ninguna duda, ninguna nostalgia. En la casa sólo quedaron una cama, una mesa, cuatro sillas, muy pocos libros, unos cubiertos y algunos platos, una botella de whisky, jabón y cepillo de dientes, sales de baño, cinco cuadros muy escogidos y el equipo de música, que ahora hacía sonar un concierto de Mozart para clarinete y orquesta cuyas notas reverberan con una nitidez extraordinaria por primera vez en un espacio desnudo. Al experimentar en su interior la poderosa carga que liberaba el vacío, mientras sonaba Mozart, se juró llevar esa ardua conquista también a su vida. En adelante ningún odio ni resentimiento ensuciarían su cerebro, no dejaría que ningún idiota le robara un segundo de su tiempo, ninguna comida basura entraría en su cuerpo como tampoco ninguna noticia estúpida alimentaría su espíritu. Era consciente de que sólo así, al abrir el armario, no le volvería a caer su propio cadáver encima.

El País/25-3-07

diumenge, de març 04, 2007



Diumenge, 4 de març

El estado de las cosas

Enrique Vila-Matas

 brúixola1.He oído decir que la única manera de cuidar el ánimo es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro. Pero yo en este momento estoy solo, y atardece; veo desde mi ventana el último reflejo del sol en la pared de la casa de enfrente. Aunque mantengo templada la cuerda de mi espíritu, lo cierto es que tanto el momento del día como ese último reflejo no me parecen el contexto más adecuado para apuntar hacia nada. Por si fuera poco, me viene a la memoria Sed de mal, con Marlene Dietrich, ojos muy fríos e impávida, espetándole rotunda a Orson Welles después de echarle las cartas: "No tienes futuro".

Y es más, me llega de golpe la impresión, a modo de súbito destello, de que cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien: todos somos vulnerables, nos sentimos solos, tenemos muchos miedos y necesitamos mucho afecto. Eso aumenta mi impresión de angustia, aunque paradójicamente la impresión misma termina por revelarse muy feliz y oportuna cuando descubro que le hace sombra a todo, hasta a la pared de la casa de enfrente y al último reflejo del sol, y de paso incluso a cualquier idea de futuro.

2 Irrumpe el sol a primera hora de esta mañana, último miércoles de este extraño febrero primaveral. No sé por qué me gusta leer a ciertos autores cuando comentan los libros de los otros. Acostumbro a hacerlo orientado en casa en dirección al sol, cuyos rayos me obligan a hacer un esfuerzo añadido para leer, aunque es un esfuerzo -no me gusta que leer me resulte siempre tan fácil- que acabo agradeciendo. Esta mañana, por ejemplo, acabo de encontrarme con un Julien Gracq fascinado ante unas líneas en las que Proust describe los pasos de Gilberte por los Campos Elíseos. El gran lector que es Gracq se detiene feliz en ese punto en el que Proust habla de la nieve sobre la balaustrada del balcón donde el sol que emerge deja hilos de oro y reflejos negros.

"Es perfecto", comenta Gracq, "no hay nada que añadir: he aquí una cuenta saldada en toda regla con la creación, y Dios pagado con una moneda que tintinea con tanta solidez como una moneda de oro sobre la mesa del cajero". Lo que a mí me parece que en realidad es perfecto es el comentario de Gracq. Se me ha quedado su moneda tintineando en la memoria. Y, quién sabe, tal vez también sea perfecta la mañana. Breve arrebato de alegría y de fiesta leve, gracias tan sólo a unos pocos destellos de sol y lectura. Como si hubiera iniciado una segunda vida.

3 Dejo el televisor funcionando y regreso horas después, al atardecer, y no me sorprende lo más mínimo que pongan todavía lo mismo.

4 Siento algo parecido a haber perdido peso durante la noche y al mismo tiempo haber aumentado discretamente mi euforia, sólo de dormir y soñar. Buen despertar de este primer día de marzo, cumpleaños de mi padre. Reaparición del optimismo intermitente. El día está cargado de citas. Primero, con los padres. Después, con algunos amigos. Siempre he llegado tarde a todo. Lo digo porque no ha sido hasta hace poco que he aprendido por fin a valorar en su justa -grandiosa- medida, la suerte inmensa, el lujo vital que representa la existencia de unos contados, muy escogidos íntimos; haber conservado en el tiempo un círculo privilegiado de seres queridos. Mejor que cualquier libro, la conversación con los padres, con la amiga y el amigo. Pensar que están todavía ahí y que todo es terriblemente vulnerable y que conviene estar alerta. Los amigos son una segunda existencia.

Ese es el estado de las cosas cuando al mediodía doy una vuelta por el barrio antes de acudir a las citas. Jamás me había encontrado ante una jornada con tantas altas perspectivas. Y mientras paseo, me deslumbra, y hasta llega a herirme, un furtivo destello de sol, demasiado perfecto. Lo saludo como si también fuera un amigo. O una madre. O una segunda vida.

5 "Un optimista es el que sabe de sobras que la televisión está podrida, mientras que un pesimista es el que lo descubre cada día" (Peter Ustinov).

6 La semana pasada en Madrid, viendo con Paula la asombrosa exposición de M. C. Escher, me acordé de que Relatividad, con sus escaleras entrecruzadas, era uno de los grabados preferidos de Roberto Bolaño, tan amante como Escher del arte de lo imposible. No sabía yo nada de la biografía de este obsesivo y geométrico artista holandés, en cuyo mundo sólo hay construcciones mentales. Recuerdo que me llamó la atención que la arquitectura renacentista de Roma, ciudad donde Escher vivió una larga temporada, no le dijera mucho. Es más, sólo le interesaba cuando tenía iluminación nocturna. Quiero suponer que Escher no tenía muchas relaciones con el sol, tan sólo con sus destellos, siempre y cuando, claro, le llegaran con vigor eléctrico.

7 Por la noche, en casa, no me sorprende nada ver que siguen y siguen poniendo en la televisión lo mismo. Queriendo ser indulgente con ellos, diré que continúan hablando en todos sus programas de la teoría del error inicial, siguen diciendo que en toda vida hay un error preliminar, aparentemente trivial, un falso razonamiento que engendra a su vez otros errores. Ese es el estado de las cosas, para qué negarlo. Trato de hallar en mi vida ese fallo primero, ese error inicial que desencadenó tantos equívocos. Busco encontrar ese error en lo primero que creí entender y que debió de ser la historia del pecado original. Pero no, pronto veo que no es necesario que me remonte tan lejos. En realidad, el famoso y bíblico pecado original no fue otro que encender el televisor. Aun así, deseos de seguir adelante. Deseos de ser piel roja y de continuar estudiando a Escher y de buscar destellos geométricos y de cruzarme emocionadamente con los seres queridos y ser optimista siempre. Faltaría más.

El País/4-3-07

diumenge, de febrer 25, 2007



Diumenge, 25 de desembre

Sons amb sentit

Manuel Vicent. Sonidos

sounds El latido del corazón de la madre que oye del feto es semejante al zumbido rítmico que le llega al vecino de la primera planta desde la discoteca situada en el sótano. Ese sonido sincopado que nos martilleó antes de nacer y que ya hizo vibrar nuestras mucosas más íntimas lo reencontramos visceralmente a lo largo de la vida en el compás de ciertas melodías. Cuando pasa un coche vomitando por las ventanillas unas descargas salvajes de música bakaladera, pienso que el interior del vehículo es una placenta y que el tipo al volante se cree aún en el vientre de su madre. Han desaparecido los sonidos medievales: el yunque del herrero, el grito del buhonero, la trompetilla del pregonero, el rebuzno del asno en la soledad de la era a las tres de la tarde. En medio de aquel silencio compacto, que reinaba antes de que se inventaran los motores de explosión, de pronto, las campanas, los cohetes, el jolgorio de la multitud, las cornetas y tambores tenían un sentido orgiástico. Servían para que la gente, después de un largo periodo de tedio, reventara por dentro el día de fiesta. Hoy aquellos sonidos ya no son reconocibles. Se los han engullido los tubos de escape, las sirenas de las ambulancias, las taladradoras y el estruendo insoportable del tráfico. No obstante, quedan todavía algunos sonidos antiguos muy misteriosos. Ninguno tan aterrador como aquel cántico guerrero que oí una noche desde el exterior del campo de refugiados hutus en Tanzania. De pronto, en la cerrada oscuridad comenzaron a verse enormes fogatas en el campamento y en medio del resplandor de las llamas un coro de miles de voces se apoderó de todo el espacio de Benako. Aquel himno de guerra tenía un ritmo entreverado de rock y tam-tam cuyo eco se multiplicaba en el fondo de los valles. Los refugiados hutus parecían dispuestos a saltar todas las vallas para volver a Ruanda con la intención de vengar su suerte con una nueva fiesta de sangre. Después, no lejos de allí, en las reservas de Serengeti y Masai Mara en mitad de la noche también oí el fragor de las fieras que cazaban y se apareaban. Toda la sabana hervía de aullidos desgarrados, de los cuales unos eran de agonía y otros de máximo placer, mientras el sonido de un mosquito cruzaba una y otra vez la habitación buscando el modo de atravesar la mosquitera. Bastaba su hilo vibrátil para que el sueño se convirtiera en la pesadilla de un bombardeo. Oh, tiempos aquellos en que el rebuzno de un asno se oía a un kilómetro de distancia y se engullía todo el silencio.

El País/25-2-07

dijous, de febrer 22, 2007



Dijous, 22 de febrer

"Somos una sociedad muy insolente"


 C. Geli 22/02/2007. Salvador Giner recibió ayer el Premio Nacional de Sociología

Pregunta. No regresó a Barcelona hasta 1990. ¿Qué le llamó más la atención al volver?

Respuesta. La transformación de España de un país semirural ha urbanizado en tan poco tiempo. Lo que en el norte de Europa se tardó 120 años, aquí se hizo en 30. Todo el mundo habla de la transición política, pero la cultural ha sido la más extraordinaria. España era un país que quemaba iglesias y los católicos mataban masones. Pues 40 años después, las iglesias están vacías. Se ha sustituido quemar las iglesias por la indiferencia a ellas. Un salto brutal. En cambio, el salto étnico-cultural ha sido pequeño: el catalanismo, el andalucismo... se han reafirmado. Las identidades colectivas hispánicas se han intensificado. Quizá sea fruto de un proceso compensatorio de pérdida de esa personalidad.

P. También se ha perdido solidaridad y ciertas convenciones sociales. Tanto, que usted ha escrito hasta un manual de civismo con Victoria Camps. ¿Qué pasa?

R. A mí ha interesado mucho siempre el altruismo cívico, de qué manera los ciudadanos se organizan para los otros... Lo que ocurre es que no estamos bien educados. Vienen inmigrantes en masa, hay muchos españoles que han crecido con el televisivo Gran Hermano como referente, que no saben qué son, aparte de mileuristas. Hay una descomposición social gravísima. No tienen referentes. Se da en las sociedades occidentales un alto grado de falta de orientación, a lo que nos ha llevado el capitalismo concurrencial, una máquina de crear frustrados. Y si no tienes una religión, cualquiera, te vuelves agresivo. A esta gente la frustras y mañana muerden.

P. ¿Por eso los padres y los alumnos pegan a los profesores?

R. Se piensa que la escuela es un lugar para aparcar el niño y que allí ya le enseñarán lo que no les enseñan los padres. Se le pide mucho a la escuela y nosotros no le damos lo que necesita. Si queremos una sociedad moderna necesitamos capital social y capital humano. Y eso se consigue con grandes escuelas. Además, antes había un respeto por el que sabía más que tú que se ha perdido. Somos una sociedad muy insolente. Hemos dado tantas cosas a nuestros niños que ahora les damos hasta insolencia. Insolencia y caos. Hay un problema de anomía o falta de ley. No tenemos creencias: somos indiferentes a la iglesia y al partido comunista, por simplificar así las ideologías. Estamos perdiendo referentes. Se disgregan los valores.

P. ¿En esa disgregación se incluye la corrupción urbanística?

R. Corrupción ha habido siempre, pero ahora es hiperbólico. La clase política nos ha traicionado de la manera más vil: han destrozado el país. Fíjese: Marina d'Or, Benidorm... No hay coraje moral de legislar según qué. Tenemos unos políticos que no nos los merecemos.

P. Pero estos políticos salen de esta sociedad...

R. Sí, es una sociedad en descomposición moral. ¿Qué no lo ve cada día? ¿Y las mujeres maltratadas? ¿No es evidente que hay una descomposición moral en España? A esta sociedad le falta tensión moral. Y patriotismo.

P. ¿Patriotismo?

R. Tanto en España como en Cataluña hay nacionalismo, pero no patriotismo. El que quiere a su país no destroza su paisaje o tira papeles al suelo. Eso es virtud patriótica. La media cívica española está muy por debajo de Holanda e Inglaterra. Eso es mesurable.

P. ¿Nos pueden sacar de eso la sociedad de la información?

R. No creo en ella. Es una inflación de información por unos medios tecnológicos que lo facilitan. De eso, se venda como se venda, no puede venir nada bueno.

El País/22-2-2007

diumenge, de febrer 04, 2007



Dilluns, 5 de febrer

Desastre de cajón de desastres

Maruja Torres


drawer De la no confesada decisión de aplazar y de la pereza que provoca poner en orden en nuestras cosas aparentemente secundarías viven los cajones menos frecuentados de nuestras vidas, aquellas plazas huecas que acogen lo que nos negamos a clasificar; lo que no queremos afrontar; recordatorios de las citas a las que no acudiremos y también reminiscencias de encuentros que no resultaron tan bien como preveíamos, que incluso resultaron fatales, humillantes, vergonzosos.

A la izquierda de mi mesa, de cualquier mesa en cualquier lugar del mundo –sea un escritorio o uno de esos muebles como espejo de habitaciones de hotel o apartamentos alquilados, que solo sirven para albergar cajones, pese a haber sido diseñados para que las damas recompongan su aspecto-, hay siempre un cajón hondo, el predilecto para estos casos, en el que arrojo cuanto va segregando mi paso por la ciudad. Un botón de un tejano que se descosió y que me resisto a coser porque no sé en dónde he puesto el hilo y las agujas que sí, estoy segura, traje conmigo, y que también se encuentra en este cajón, solo que no lo sé y no me apetece meter la mano a fondo.

Cuando me preparo para abandonar un lugar por otro, un paisaje por otro, me es ineludible vaciar el contenedor en desorden en que se ha convertido lo que al principio era sólo una boca cuadrada y vacía, una especie de mandíbula abierta sin carácter. Sí, sí. Vayan metiéndole cositas al coleto y verán que pronto ese agujero se hace con algunos secretos de sus vidas. Es pavoroso. Lo pongo boca abajo –algunos no se dejan, y entonces extraigo el contenido a puñados, sin mirar-lo, temeroso de lo que pueda contarme- sobre la cama recién hecha y vuelco sobre la pulcra superficie todo lo que he ido amagando: en la esperanza de que los peores recuerdos hayan caducado ya, supongo. Mas ahí están. Nada dura más que un abandono mal curado.

Folletos de pequeños aparatos, grabadoras, teléfonos; y de grandes aparatos – nevera, televisor- que he escondido ahí debajo para no tener que aprenderme las instrucciones. Nunca lo hice y por ello nunca obtengo el rendimiento, aunque confieso que a veces, en el vater, lamento no haber traído conmigo literatura: los folletos podrían servir.

Pero esa factura por la compra de libros que debo conservar para la declaración de la renta de autónomos despierta memorias de la persona que me los recomendó. Cuando lo hizo creía que nos volveríamos a ver; tuvo que partir al día siguiente, reclamado por una urgencia de su trabajo, hemos perdido el contacto, yo he leído los libros y no los hemos podido comentar. Queda sin pronunciar, pues, el esmerado discurso dedicado al análisis literario de las mencionadas obras, en un intento de impresionar: bueno, te encoges de hombros, al menos las leíste, eso no te lo quita nadie, chica, la cultura no ocupa lugar.

¿Y eso qué es? La tarjeta de un proveedor de lo último en carbón para narguiles, el carbón de coco, definitivamente más adecuado para el medio ambiente y más económico. Te la dieron, la tarjeta, una noche loca en que las olas del Mediterráneo restallaban en las farolas del paseo. Era luna llena.

¿Y esto? Esto es un boleto de loto que alguien a quien improvisadamente invitaste a comer te regaló, aleccionándote: “La loto es nuestra última esperanza”, sin escucharte cuando tú le decías que también en España existe el cupón de la ONCE. Finalmente te presta atención, pero cómo explicarle a alguien lo que es la ONCE.

Y esos pequeños plásticos con los que se sujetan los cables de los aparatos pequeños. Siempre los necesito, pero siempre olvido que los dejé agonizar en el cajón de las tonterías perdidas, desastre de cajón que aunque hoy vacíe y clasifique, aunque hoy rescate la paja de la paja, como si dijéramos, reproduciré en el próximo lugar al que llegue, aunque sea mi hogar nuclear; mi patria chica de cajón, mi cajón madre.

Todos necesitamos creer que podemos arrumbar lo que nos perturba. Por suerte, de vez en cuando existe la llamada del deber, y ponemos orden. En el cajón dichoso y en nosotros.

El País/PS/4-2-2007

dijous, de desembre 21, 2006



Divendres, 22 de desembre


Siente un autónomo a su mesa

Empar Moliner


diner Las fechas previas a la Navidad, entre los días 16 y 22, el trabajador autónomo sufre más que nunca los rigores de no estar asalariado. Y no sólo porque no tiene lote, con sus botellas de licor de kiwi y sus aceitunas, ni paga extra, ni lotería comprada por el jefe, sino porque no tiene cenas de empresa. Ustedes no saben lo hermoso que es tener una cena de empresa de la que despotricar, de la que hacer chistes tipo El Club de la Comedia. Es como estar solo en fin de año. Si estás solo, no puedes despotricar como si te toca pasar el fin de año en familia. No puedes decir que pasas de salir y que te quedarás en casita, porque tú no te diviertes cuando toca, sino cuando quieres. Eso se dice cuando se ama, porque cuando se ama ver el discurso del Rey es gracioso, pero no deprimente. El autónomo no tiene amigo invisible con objetos picantes comprados en una sex shop, ni posibilidad de ligoteo con el del departamento de ventas que se ha sentado a su lado. Ni de coger el tradicional pedo. Nada.

Por eso, esta Navidad, fecha propensa a no tomarse tan a pitorreo los libros de Paulo Coelho, lo hago. Llamo a El Mussol, restaurante que estos días está repleto de cenas de empresa, y pido mesa para una. No voy a quedarme sin la tradición. No voy a dejar de coger el pedo de antes de Navidad sólo porque sea una triste autónoma, con mis liquidaciones trimestrales, mis tiquets de restaurante guardados en el cajón de las cosas desgravables y mi soledad laboral.

En el Mussol de la calle de Casp comprenden muy bien mi pesar y me dan una mesa. Les cuesta, porque estos días lo tienen lleno de grupos y más grupos. Llego a las nueve y espero a que el maître venga a sentarme. Delante de mí, una chica pregunta si han llegado ya los de Coinsa. (Será una empresa). Le dicen que sí, que a la derecha tienen la mesa. Yo, en cambio, le digo a la señorita que ya he llegado yo. La única persona de mi mesa. Me acompaña al rincón y me desea una feliz Navidad.

A mi alrededor, no hay un solo comensal que no pertenezca a un grupo de empresa. Sé reconocerlos a la legua. La diferencia de edad y de vestuario hace que adivines quién es quién. La secretaria, la contable, los dos dueños, el repartidor... Gente que nunca compartiría una cena. Tal vez alguno de ellos adivinará mi condición de autónoma y me sentará a su mesa, como a los pobres por Navidad. A mi derecha, hay una mesa para seis, y a medida que van llegando los comensales dejan un paquetito en una bolsa grande. El amigo invisible... Qué nostalgia ajena siento. La que parece la secretaria, una chica de uñas rojas como si acabara de arrancarle el corazón a un pollo, dice: "Espero que todos hayáis cumplido lo de no pasarse de 30 euros. Que luego hay unas diferencias increíbles...". El que parece uno de los jefes asiente con la cabeza al tiempo que añade: "Lo mío es una tontería. No me acordaba". Y dirigiéndose a la presunta secretaria, añade: "Por poco te mando a ti a comprarlo, Paula". Y ella se ríe y hace un gesto con las manos como de querer estrangularlo.

El camarero ya les toma nota. De primero tienen el clásico, ya mítico, picoteo. Adivino que han pedido el menú caro, el de 32 euros, porque yo he pedido el barato, el de 28 con 55, y no tenemos lo mismo. Ellos comerán tabla de quesos, tabla de embutidos ibéricos, tabla de patés artesanos de pato, variado de verduras a la brasa y pan con tomate. Yo, en cambio, un plato que se anuncia como "escalivada de la masía", además de verduras a la brasa, champiñones de Osona a la brasa y tabla de embutidos de "ca la petita". De segundo, en cambio, ellos y yo tenemos lo mismo: el no menos clásico entrecot con patatas y champiñones. Claro que, la segunda opción de ellos es magret de pato y la mía cordero. En cambio, no comprendo por qué razón ellos de postre tienen helado de turrón y en cambio yo, que tengo el menú barato, puedo pedir postres a la carta.

Con emoción asisto a un momento privilegiado. En la mesa del fondo alguien pide silencio golpeando la copa con el tenedor. Habla la jefa. Pero no la oigo, porque el amable maître, al verme tan sola, me da conversación. Me cuenta que las reservas de grupos muchas veces fallan y que para curarse en salud les piden una paga y señal. "Los compañeros del otro Mussol me han comentado que les acaban de anular una mesa de 70. Imagínese...". También me cuenta que los de la mesa larga son de una emisora de radio y que el menú lo paga la empresa. "Si paga la empresa están mucho más relajados", me explica. Y añade: "Emborracharse no se emborrachan, pero sí que puede pasar que alguno no se acuerde de que está casado...".

Pasan las horas, llegan los postres y asisto a otro momento privilegiado de las cenas de empresa. Me refiero, claro está, a la transformación de las copas. Las copas que contenían vino, ahora contienen vino, pan, agua, aceite y vinagre. Esto me hace sentir una nostalgia empresarial como nunca había sentido. Ser asalariado, según como, tiene sus ventajas. Ahora me haré el amigo invisible. Y, luego, con las copas, me meteré mano, a ver si me dejo. Si en el Mussol no tienen sitio, iré a La Rueda, que también es muy tradicional. O al Vinya Roel. La cuestión es celebrar con tus seres queridos que llega la Navidad, aunque tus seres queridos seas tú mismo, triste autónomo.

El País/21-12-06

diumenge, de novembre 26, 2006



Diumenge, 26 de novembre

Ladrón de autobús

Enrique Vila-Matas


otto Dix/Bildnis Frau Martha Dix, 1923 1. "La vida es una sorpresa, de modo que también puede serlo la muerte".

(Oído en un autobús de la línea 24 el 15 de noviembre de 2006)

2. A veces tengo la impresión de que, en el autobús de la línea 24, el que va en Barcelona por el paseo de Gràcia, Lesseps, parque Güell y el Carmel, algunos pasajeros ponen a buen recaudo sus conversaciones cuando me ven. No en balde llevo tiempo ejerciendo de espía casual de los diálogos casuales que se oyen en ese autobús que tantas veces me rescata del centro de la ciudad y me lleva a casa. No es que esté siempre por la labor de escuchar, de espiar. He pasado por periodos de abstinencia, de extrema discreción. Pero siempre acabo cayendo en la tentación y escucho algo. El 24 es mi universidad. Y no es ningún secreto que tengo una gran carpeta en casa, un archivo de frases y conversaciones escuchadas a través del tiempo en la línea 24. Podría escribir una novela infinita como aquella que quería hacer Joe Gould sobre Nueva York. He robado o registrado todo tipo de frases sueltas, conversaciones extrañas, disparatadas situaciones.

3. Un ladrón del tres al cuarto me roba protagonismo desde hace tiempo. Le llaman directamente el "lladre del 24". En cuanto sube al autobús, con su chaqueta en el brazo, preparado para desvalijar a alguien, los pasajeros que le conocen advierten espontáneamente a gritos a los incautos.: "¡Cuidado con los bolsos!", "ha pujat el lladre del 24!". La escena es siempre conmovedora y tiene grandeza y hasta algo de épica popular, recuerda a M, el vampiro de Dusseldorf, aquella película de Fritz Lang en la que la gente se moviliza para estrechar el cerco de un delincuente. Al forajido habitual le han detenido unas 500 veces seguidas, pero siempre le sueltan y regresa al 24, donde es terriblemente famoso y aseguran que hasta feliz. No parece interesarle una línea distinta ni otro autobús. Le debe de encantar repetirse.

4. Algunas frases antológicas oídas y consecuentemente anotadas en el autobús de la línea 24 a través del tiempo:

"Tiene siempre los pies en las nubes" (2 de junio 2003).

"En la vida hay que saber soportar las injusticias, hasta el momento en que puedes cometerlas tú mismo" (7 de enero de 2006).

"En el aeropuerto hay mucha policía para la inspección de la pasta dentífrica" (el otro día, sin ir más lejos, el 2 de noviembre de 2006).

"Vamos servidos de huesos" (el mismo 2 de noviembre).

"Le regalé unas magnolias y no me lo perdonó nunca" (14 de diciembre 2005).

5. Ayer iba yo de pie y con el autobús a rebosar (en medio mismo del populus, como lo llamaba alguien). Iba apoyado distraídamente en una de las barras de la plataforma central del 24 (no confundir con el B-24, en el que realiza sus largos viajes mi amigo Pérez Andújar) cuando oí que a mi lado una mujer hablaba por su móvil y decía: "Voy a bajarme ahora, en Fontana. Tengo 48 años, pero no sé si los aparento. No soy guapa ni fea. No ha de ser difícil que des conmigo".

Iba junto a mí, al lado mismo, pero de espaldas, de modo que no le podía ver la cara, a menos que diera dos pasos (imposibles) para ponerme delante de ella o hiciera un gesto con la cabeza muy forzado que habría quedado, en el autobús tan concurrido a aquella hora (como sardinas en lata íbamos), muy poco natural.

Aquel "no soy ni guapa ni fea" me llegó al alma. Era una frase que había oído mil veces, pero que ahora escuchaba con intensidad desacostumbrada. ¿Se puede realmente ser algo intermedio? ¿Qué podía haber ocurrido en la vida de aquella mujer para que se valorara tan poco a sí misma y no tuviera problema en formularlo en voz alta? Tal vez era muy fea y entonces la frase tenía más sentido, porque prefería negar que era horrenda. ¿O simplemente le gustaba ser una mujer común, del montón, humilde, sencilla, de las que no llaman la atención? ¿Le gustaba ser modesta?

Junto a las preguntas, la curiosidad por verle la cara. Si no era horrendamente fea, tenía que ser guapa o tener una vaga tendencia a serlo. Me quedé plantado allí (no tenía, por otra parte, otro remedio que estar así, plantado) en medio de la plataforma del autobús, aguardando a que ladeara la cara o hiciera cualquier movimiento y pudiera ver su rostro. Pero no se movía, o no la dejaban moverse. Vista de espaldas, era bajita, vestía de forma muy corriente, llevaba una bolsa de El Corte Inglés que habría resultado un dato para identificarla más útil que aquel "no soy ni guapa ni fea". Por un momento, pensé en seguirla cuando se bajara en Fontana y ver con quién se encontraba, entrar de lleno en el comienzo de una novela real. Pero seguirla me pareció una excentricidad y, además, corría el riesgo de adentrarme en una aventura ni guapa ni fea y encima llegar tarde a casa.

Esperé pacientemente para verle la cara. Cuando el autobús se detuvo en Fontana, la mujer se giró bruscamente hacia mí sin mirarme para nada (debí de resultarle a ella también ni feo ni guapo) y fue hacia la salida. La vi en un perfecto primer plano. Un rostro de ojos verdes, muy bello, castigado por la tristeza y la modestia, y diría que por la desesperación. De pronto, nuevamente la tentación de descender del autobús tras ella. Bajó en Fontana y me quedé temiendo que en la calle su belleza se actualizara a cada instante, según el aspecto del rostro de los otros.

6. Al llegar a casa retomé Al dictado de la locura, el libro de Gérard de Nerval que estaba leyendo: "Yo no he visto jamás a mi madre. Sus retratos se perdieron o fueron robados. Sé solamente que se parecía a un grabado de la época, un grabado de la escuela de Fragonard y que podía titularse La Modestia".

"Ya va terminando noviembre", recordé que también había oído en la línea 24 y que, además, era viernes día 24 y que todo eso aún no lo había anotado.


Dietario voluble/El País/Catalunya/26-11-06

diumenge, de novembre 05, 2006



Diumenge, 5 de novembre

Infame

Manuel Vicent

infàmia Enmascarado detrás de unas gafas oscuras, con el ala del sombrero en las cejas y las solapas de la chupa levantadas hasta media mejilla he visitado el complejo inmobiliario, que responde con el nombre de Marina d'Or, en Oropesa del Mar. Si tienes un mínimo aprecio por la estética, es mejor que te sorprendan en un antro de perdición que te reconozcan en un lugar como ése. En Marina d'Or hay una avenida principal iluminada con arcos de bombillas como en la feria de abril de Sevilla, un jardín con esculturas romanas de yeso alternando con otras modernas de metacrilato, farolas barrocas y de diseño, bancos de azulejos adoptando formas imposibles de animales, todo amalgamado por el horror al vacío. En una carpa, bajo un espectáculo de agua, luz y sonido, se muestran las maquetas de lo que será este inmenso alarde de la especulación para atraer a los incautos. En ese mundo de ilusión se levantará una Venecia de cartonpiedra con canales llenos de góndolas, avenidas de París con una torre Eiffel de cemento pintado, un simulacro de cabañas del Caribe con estanques para remar entre cocodrilos de plástico, unos Alpes repletos de nieve sintética con pistas de esquí, y no sé si montarán también las cataratas del Niágara sin una sola gota de agua. La línea del mar ya está tapada por varias murallas de apartamentos desolados puestos a disposición de una clase media cuyo buen gusto ha sido ofendido y degradado. En el vestíbulo de algunos hoteles valencianos he visto rincones decorados con el escudo de una gran águila bicéfala cuyas alas se abren sobre un tresillo estilo Luis XV, flanqueado por una columna corintia que tiene plantado en el capitel un chino de alabrastro fosforescente bajo un centollo pegado a la pared a modo de lámpara. Creía que la locura hortera se había detenido ahí, pero el listón ha sido sobrepasado en el hall de hotel de cinco estrellas de Marina d'Or. Allí, por unas enormes columnas con taraceas de falso mármol y de acero dorado, la mirada asciende hasta el techo, donde te encuentras con los frescos de la Capilla Sixtina. En uno de los paneles está pintado el mismísimo Jehová en el momento de unir su dedo creador con el dedo de Adán. Se trata de una pintura simbólica, porque ese dedo no pertenece a Jehová, sino al político infame que ha engendrado a un tiburón inmobiliario con carta blanca para violar la belleza de este paraje, uno más entre los depredadores con tres filas de dientes que siguen tapando con un muro lo poco que queda del litoral mediterráneo.

El Pais/5-11-06

dissabte, d’octubre 28, 2006



Dissabte, 28 d'octubre


Mi noviazgo

Antonio Lobo Antunes

melancolia Los sábados por la tarde vamos al hospital a visitar a mi hermana. Está siempre sola bajo un árbol, apoyada en el tronco, de pie, con los ojos cerrados. Le llevamos fruta, galletas, zumos, le extendemos las bolsas y ella no hace ni un gesto para cogerlas. Durante años trabajó en una tienda, después hubo algo entre ella y el dueño de la tienda, creo que un embarazo y tal, mi padre la acompañó a la partera para resolver el asunto y al volver a casa, con mi hermana andando despacito, se apoyó en el tronco más próximo a nuestra planta baja, cerró los ojos y así sigue hasta hoy. Como soy once años menor que ella no me acuerdo de haber oído nunca su voz. Mi madre asegura que cantaba como las artistas de la radio pero no puedo confirmarlo porque no la oigo decir ni pío. La oigo respirar sobre mi cabeza y nada más. Y si la llamo

-Hermana

sigue indiferente, con la sombra de las hojas moviéndosele en la cara. Acabamos entregándole la fruta, las galletas y los zumos a un empleado que promete guardar todo en la despensa de la enfermería. Para mí que es él quien se come nuestros regalos porque lo veo más gordo cada vez que vamos de visita. Mi padre aún intenta

-Elsa

vuelve a intentar

-Elsa

y nanay de la China, mi hermana quieta y cantidad de gatos vagabundos en el patio y locos pidiéndonos cigarrillos. Un negro enorme acuclillado sobre una baldosa, con zapatillas. El médico nos recibió una vez, en una sala casi sin muebles, mi madre le informó enseguida

-Podría haber sido una artista si hubiera querido

y el médico nos despachó anunciando

-Vamos a ver, vamos a ver.

Hasta ahora no hemos visto nada. Al cabo de una hora se la llevan adentro de un brazo y mis padres y yo nos quedamos ahí un rato, como tontos, hasta que decidimos marcharnos. Hay ocasiones en que me parece oír una voz que canta pero seguramente es idea mía. El portero no nos devuelve las buenas tardes, metido en una jaula de cristal con el periódico. El dueño de la tienda contrató a otra dependienta. Es un señor gordo, de bigote, a punto de estallar ceñido a la corbata. Mi madre escupe al suelo, de lejos, si llega a cruzarse con él. El dueño de la tienda ni se fija.

A no ser los sábados, no pienso en mi hermana. Están el colegio, los amigos, una chica que me escribe cartitas. No es muy guapa, pero es mejor que nada. Las cartitas tienen versos sacados del libro de lectura. A lápiz. A menudo cambia una frase por otra. Qué más da: al fin y al cabo son cartas. La pena es que después vienen los sábados de nuevo y mi hermana en su tronco con una especie de camisón y el pelo despeinado que le tapa la cara. No me acerco mucho, tengo miedo a que me agarre de un brazo y me pegue su enfermedad. Compramos la fruta y las otras cosas en un local que está a veinte metros del portón. Mi padre se queda fuera esperando, en la acera. Hay momentos en que se me pasa por la cabeza que al salir nos encontraremos con él apoyado en un tronco. Hay momentos en que se me pasa por la cabeza que uno de estos meses toda mi familia estará apoyada en un tronco, con los ojos cerrados, y yo sin saber qué hacer en la casa desierta. Una vez que se acabe lo que hay en el armario, ¿qué voy a cenar? Supongo que acabaré alimentándome de las flores del papel de la pared. No sé si me apetece que mi hermana mejore. Me quedé con su habitación (antes yo dormía en la sala), los trastos pintados de blanco, la muñeca abriendo los brazos sobre la colcha, fotografías de compañeras, riéndose en la playa, con bañador, que dejan en mal sitio a la chica que me escribe cartitas, unos actores de cine recortados de revistas y sujetos con chinchetas al armario de la ropa. Debajo de uno de ellos, con mayúscula, Elsa Robert Redford. Mayúsculas escritas con pintalabios y después de las mayúsculas los labios pintados de mi hermana.

El dueño de la tienda no está representado. Me gustan las cortinas casi transparentes, con volantitos, y cómo las traspasa el sol. Y encontré su diario en un cajón, un libro con cubierta de nácar y un cierre de metal. De vez en cuando leo una página al azar. Robert Redford aparece siempre, rodeado de corazones entusiastas. Y en la cómoda cepillitos, perfumes, tubos de pintura para las mejillas. Un trébol de cuatro hojas de esmalte. Un deshollinador de porcelana, con escoba, frac y chistera. Un collarcito que no vale un pimiento.

A mí me resulta difícil asociar todo esto a mi hermana en el hospital. En una de las últimas visitas abrió un ojo y volvió a cerrarlo. Mi madre habló del ojo con el médico, esperanzada, y el médico revolviendo papeles

-Vamos a ver, vamos a ver

sin prestarle ninguna atención, me pareció. Mi madre tosió armándose de valor, se atrevió

-¿Cree que mi hija va a mejorar, doctor?

y el médico se alzó por encima de los papeles para mirarla molesto, en silencio. Volvió a inclinare buscando no sé qué en las carpetas y, mientras buscaba, le aclaró

-Vamos a ver, vamos a ver

olvidado de nosotros. No le puedo contar esto a nadie, pero no me importa que ella no mejore: ocurre que ya he elegido a una de las compañeras de las fotografías, la mayor de todas, con sombrero y gafas oscuras, en mi opinión mucho más interesante que Robert Redford, escribí con el pintalabios, con mayúscula, Carlos a la de gafas oscuras y me paso siglos pasmado ante ella. A veces le digo

-Hola

y hasta hoy no me ha respondido. Es una cuestión de tiempo. Trabaja también en la tienda y en cuanto ella

-Hola, Carlos

me resuelvo, voy derechito al mostrador sin hacer caso al dueño que intenta contenerme

-¿Qué es esto?

y nos casamos. Tengo casi trece años, dentro de poco me crecerá la barba y cabemos perfectamente los dos en la cama con la muñeca en medio. Sólo espero que a Robert Redford no se le ocurra arruinarme la vida: no soportaría una pintada tal como Suzy Robert Redford.

Traducción de Mario Merlino.

Babelia/ El Pais 28-10-06

diumenge, d’octubre 08, 2006



Diumenge, 8 d'octubre

El cazador

Manuel Vicent

fletxesPasaron los años. El ingreso en el bachillerato, el pantalón largo, la universidad, el primer amor, el trabajo, la boda, los hijos, la muerte de un familiar, el éxito de la empresa y así sucesivamente hasta llegar a una edad en que el hombre volvió la vista atrás para analizar las cosas que había vivido y comprobó que su biografía no era sino una crónica de sucesos sujeta a una serie de fechas, que se habían transformado en un collar de perro en torno a su garganta. Un día supo que todo podía cambiar. Hasta entonces su vida se había contado por años, pero hubo un momento en que los años abandonaron el calendario para convertirse sólo en tiempo y su vida se abrió en varios brazos como un río cuando discurre mansamente por una tierra muelle, sin accidentes, hasta dar en el mar. El tiempo no son los años, pensó. El tiempo es un estado de ánimo, una conciencia de las cosas, un arte de vivir y de cazar. Esos humedales, ligeramente putrefactos, del final de un río son los más fecundos de todo su curso y allí se posan muchas aves azules, aunque tambien hay serpientes y caimanes en las ciénagas. El hombre se propuso erigir su vida en ese lugar entre la belleza y la muerte. Se sacudió el dogal que le apretaba el cuello hasta convertirlo en un círculo de hierro en torno a su persona donde a duras penas podía entrar un idiota, un pelmazo, un predicador desgañitado, un político imbécil o cualquier aguacil que se acercara dando órdenes perentorias. Para que los años se convirtieran sólo en tiempo necesitaba un arco con algunas flechas y sentirse libre. El paisaje de la desembocadura de un río lo forma siempre una línea difusa de agua blanda cuya bruma absorbe la franja rosada del horizonte. Así era también su memoria y dentro de ella se posaban muchas aves en sus migraciones. Decidió comenzar la cacería con el arco sin ninguna ansiedad. Puesto que su calendario no tenía fechas, su vida era ya una aventura personal y tumbado a la sombra de un árbol esperó. No tenía prisa. Finalmente tensó el arco y disparó tres flechas hacia lo alto sin apuntar a ninguna pieza determinada. Después se bajó el ala del sombrero hasta las cejas y mordiendo una brizna sintió que el tiempo discurría como un río por su conciencia y cuando el sol ya caía, vió que la primera flecha traía engarzado un pato salvaje, otra había cazado una garza de labios pintados de rojo y la tercera bajaba una carta con una cita de amor para una fecha indefinida. El tiempo consiste en que eso pueda suceder sin que el corazón se altere, pensó.

El Pais/8-10-06

dilluns, d’octubre 02, 2006



Dimecres, 4 d'octubre

La inteligencia instintiva

Álex Rovira Celma

broc petit Desde principios de los años noventa y a raíz del éxito del libro de Daniel Goleman Inteligencia emocional han sido editados numerosos textos que, con mayor o menor rigor, han tratado de aproximarse a otras dimensiones de la inteligencia.

Pero poco o nada se ha escrito sobre lo que podríamos denominar la inteligencia instintiva, entendiendo el instinto como lo define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: “Conjunto de pautas de reacción que, en los animales, contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie”. O también en su otra y muy interesante definición: “Móvil atribuido a un acto, sentimiento, etcétera, que obedece a una razón profunda, sin que se percate de ello quien lo realiza o lo siente”. Este concepto me hace pensar en el tipo de inteligencia que quienes amamos a los animales y disfrutamos de su compañía hemos podido observar. Mi interés por este tema se inició hace unos cuantos años y a raíz de una circunstancia inesperada y sumamente trágica. Un buen amigo falleció en un accidente de automóvil. Tenía un bellísimo perro pastor alemán al que estaba muy unido. Según sus padres, en el mismo instante en que su hijo murió, Top, su perro, comenzó a aullar, llorar y gemir de una manera desgarrada y manifestó una especie de crisis de ansiedad. Tras unos minutos de desasosiego, Top quedó en una especie de estado aletargado que remitió progresivamente. La madre de mi amigo, al observar la reacción del animal, llegó a intuir que quizá algo grave había sucedido con alguno de sus hijos. Algo extraño, inquietante, se movió también en su interior. Una sensación de vacío y de tristeza que no podía explicar. Lamentablemente acertó. Al cabo de escasos minutos, el teléfono sonaba anunciando la tragedia. El caso es que entre el hogar de mi amigo y el lugar en el que tuvo el accidente había nada menos que cuatrocientos kilómetros de distancia.

Cuando escuché este relato quedé sumamente impactado y empecé a investigar si había otros casos similares. Hablé con veterinarios, biólogos y con personas que estaban en contacto frecuente con animales, y empecé a recopilar casos de situaciones parecidas. Finalmente, di con la pista de un libro fascinante del doctor Rupert Sheldrake, que estudió ciencias naturales en Cambridge y filosofía en Harvard, además de obtener un doctorado en bioquímica por Cambridge y ser miembro de la Royal Society y del prestigioso Clare College. El título del libro era Dogs that know when their owners are coming home (Perros que saben que sus dueños están camino de casa). En él, Sheldrake recopila centenares de casos de animales que manifestaban este tipo de inteligencia instintiva o desarrolladas capacidades preceptuales que los llevaban a sentir, aparentemente, la muerte de un ser amado en la distancia, el regreso de su dueño tras una ausencia, el aviso de un movimiento sísmico o incluso encontrar el camino del regreso a su hogar tras haber sido abandonados o llevados a cientos de kilómetros de distancia sin pista alguna sobre el camino, entre muchos otros comportamientos más que curiosos que no tienen explicación aparente ni por el sentido común ni por los criterios de análisis científico disponibles hoy.

La ciencia no para de aportar explicaciones fascinantes sobre el mundo, pero quedan aún muchas respuestas que desconocemos. Se trata de un territorio apasionante a explorar con rigor y con los mejores métodos, ya que detrás de estas aparentes anécdotas quizá se ocultan unas habilidades que tenemos también como animales humanos que somos, y que aún no han sido analizadas con rigor. Como todo investigador de lo insólito, se podría tratar a Sheldrake de seudo-científico o de soñador. Poco importa. La lectura de sus libros resulta sumamente estimulante y trata de poner en orden algunas intuiciones y conceptos que nadie se atreve a abordar porque los paradigmas científicos no encuentran respuestas convincentes.

Pero no sólo en el mundo de los mamíferos se dan hechos de difícil explicación atribuibles a eso que me gusta llamar la inteligencia instintiva. Entre los insectos, por ejemplo, abundan circunstancias curiosísimas, como lo que sucede cuando una hormiga reina es separada de su colonia: las trabajadoras siguen produciendo de acuerdo con un plan que regula sus movimientos. Sin embargo, si se mata a la reina, el trabajo de toda la colonia se detiene inmediatamente. La reina parece transmitir instrucciones y normas de funcionamiento a sus súbditos a distancia. Puede estar ella tan lejos como quiera para lograr una óptima transmisión y recepción, pero lo importante es que permanezca viva. Lo mismo parece suceder con la abeja reina y el resto de miembros de la colmena.

Queda mucho por investigar, todo son preguntas y hay pocas respuestas convincentes. Pero no cabe duda de que Descartes se equivocó cuando dijo que los animales no tenían alma. La tienen, no lo dudo, incluso algunos parecen tener un alma más tierna y sensible que algunos humanos. Esa alma, esa psique nos mantiene en relación, como siguiendo un orden oculto, un “campo mórfico”, en palabras del doctor Sheldrake; un código no consciente que transmite una especie de inteligencia instintiva que tal vez estamos olvidando y que algunos animales nos vienen a recordar, de vez en cuando, quizá para nuestro bien.

El Pais/1-10-2006

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Rupert Sheldrake