dissabte, de setembre 08, 2007



Diumenge, 9 de setembre

Manuel Vicent: "Espejos"


Faith Ringgold/woman looking in a  mirror El río en el que nadie se baña dos veces, según Heráclito, está formado por todos los espejos en los que uno se ha mirado a lo largo de la vida. La conciencia se inicia en el instante en que el niño se reconoce a sí mismo por primera vez en el espejo familiar del cuarto de baño. Llega un momento en que ante su propia imagen el niño piensa que ese que aparece allí dentro es él y no otro, esos son sus ojos, su nariz, su boca, su diente partido. Frente a ese espejo se establecen a continuación unos ritos inolvidables: su madre le lava la cara y le peina, unas veces a gritos, otras con lisonjas y allí se reflejan las primeras lágrimas, las primeras risas. En el azogue del espejo familiar la imagen del niño quedará guardada para siempre en brazos de Narciso. La edad consiste en ir dejando atrás aquel primer espejo. Un día el chico se afeitará la pelusilla del bigote y la niña se pintará por primera vez los labios con carmín, pero puede que sea ya en otro cuarto de baño. Si hubieran sido fieles al primer espejo no se habrían dado cuenta de que tenían ya quince años. El río de Heráclito discurre sobre nuestra piel, nos atraviesa por dentro y uno sólo comienza a envejecer cuando abandona aquel espejo que era un amante verdadero. Cada vez que vuelvas a mirarte en él después de una larga ausencia entenderás que el tiempo sólo es un cambio de apariencia. Se trata de una experiencia muy común. Al llegar el mes de agosto te vas de vacaciones a la casa de la playa, entras en el cuarto de baño, abres la ventana y te miras en el espejo donde había quedado congelado tu rostro desde el verano pasado. No estaban allí todavía algunas arrugas ni las ojeras que has cosechado a lo largo del año. Se hace evidente que has engordado. La expresión de los ojos tampoco es la misma. Pese a todo, durante el verano irás asimilando esta nueva imagen hasta aceptarla e incluso asimilarla con agrado, pero al volver a la ciudad, cuando apenas ha pasado un mes, en el cuarto de baño de casa te esperará la imagen que dejaste allí antes de salir de viaje. También algo habrá cambiado esta vez. El bronceado alegrará la palidez con que te recordabas, pero sin duda en la nueva imagen se reflejara una nueva erosión, el rastro de una aventura, la señal de una caída. Uno va envejeciendo en los sucesivos espejos como si se reflejara en río de azogue que nos atraviesa. Pese a todo existe un primer espejo que guarda tu imagen de niño ante el que tu madre te fregaba la cara con un estropajo. Ése es el que te amará siempre y te será fiel hasta la muerte.

Manuel Vicent/El País/09-09-2007

Enllaços: Faith ringgold

divendres, de juny 22, 2007

Divendres, 22 de juny

Operación Uñas

Sergi Pàmies

ungles pintades Por la peculiaridad de su clima, de sus habitantes y de los turistas que la visitan, Barcelona se está convirtiendo en la capital europea de la chancleta. La llamen hawaiana o brasileña, lleve adheridos complementos de bisutería o no, tenga suela de goma o de cuero barnizado, los pies que nos rodean visten cada vez más esas formas primarias de calzado. Emparentadas con esta tendencia, y a un nivel superior en el escalafón pedestre, están las sandalias y sus múltiples variantes.

El otro día, en las oficinas de una agencia de seguros, me atendió una mujer tan cuarentona como yo, impecablemente vestida, que llevaba unas elegantes sandalias, no sé si de inspiración romana o egipcia. El caso es que dejaban al descubierto los dedos de sus pies y, de paso, unas uñas pintadas de un modo tan imperfecto que me impidieron concentrarme en las primas, los plazos y las tarifas (eran como esos cuadernos infantiles de coloración que no respetan el contorno indicado). A mi pesar, estuve todo el rato preguntándome si aquellas uñas perjudicaban la credibilidad de la profesional del seguro de vida (un eufemismo, ya que de lo que se trata es de cobrar en caso de muerte).

Al salir de las oficinas, comprobé que la uña defectuosamente pintada es una plaga. Confluyen en esta tendencia dos modas simultáneas: la de la sandalia-chancleta y la de pintarse las uñas. Hay quien sostiene que pintarse las uñas es un elemento más del embellecimiento artificial, pero recuerdo que cuando era pequeño y me las pintaba con rotulador azul, mis superiores (académicos o familiares) consideraban, con razón, que era una guarrada. Deduzco, pues, que existe una superioridad moral del esmalte sobre el rotulador y de la uña femenina sobre la masculina, algo que, en manos de un abogado marrullero, podría suponer un caso de discriminación de género. Pero volvamos a las uñas de los pies.

El hecho de descubrirlas siguiendo los gregarios dictados de la moda ha dejado a la intemperie toda clase de aberraciones y, por supuesto, muchos ejemplos de normalidad e incluso de belleza. No seré yo quien critique la perfección de algunos pies, pero la pregunta que me sugiere esta moda que inicia su esplendor con la llegada oficial del verano es: ¿todas las uñas son dignas de ser mostradas? No es un debate transcendente, lo sé, pero no deja de resultar inquietante que se muestren algunas placas córneas dignas del paleolítico y que cualquier arqueológo podría confundir con una valiosa pezuña cuaternaria. Si se suben a un metro o a un autobús y, para matar el tiempo, deciden mirar los pies de los que les rodean, descubrirán que no todos los dedos son iguales. Algunos no tienen ningún reparo en mostrar estructuras fosilizadas. Nada de perfección pedicura: uñas salvajes, córneas preparadas para matar y arañar, diseñadas como armas blancas o de destrucción masiva.

En cuanto a la pintura, son la prueba que confirma el apretado horario de algunas mujeres. En principio, se las pintan sin pensar en su próximo deterioro y no calculan que, al cabo de cierto tiempo, los contornos se desdibujan y la superficie pintada compite con la despintada. Ustedes me dirán: qué ganas de fijarse en detalles menores. Es cierto. Pero del mismo modo que cuando alguien se pinta los labios más allá de los labios y se embadurna parte del careto crea en su entorno cierta incomodidad (por no hablar de compasión), la uña pintada desatendida contradice el propósito de embellecimiento de su propia razón de ser. Consecuencia: lo que debería ser un elemento de belleza se convierte en detalle de fealdad. La estación que inauguramos ayer propicia estos excesos. Habrá otros, es cierto, y cada uno cometerá pecados de orden estético más o menos imperdonables (yo mismo tendré serias dificultades para contener mi tendencia al desprendimiento de barriga). Pero ya que este proceso de chancletización de la ciudad parece inevitable, podríamos iniciar una campaña de movilización.

Hace unos días, releía un divertido artículo de Félix de Azúa (que aparece en la reeditada La invención de Caín) en el que, para criticar el maltrato al que se somete a muchos perros en las grandes ciudades, escribió en tono gamberro: "¿Por qué no hacer de Barcelona la primera ciudad europea, si no mundial, libre de perros?". Está claro que su propuesta fracasó y que los perros barceloneses no sólo siguen viviendo con más o menos incomodidades, sino que algunos humanos han preferido pasarse al bando canino e imitan su comportamiento cívico con notable éxito. Si Barcelona sólo ha conseguido ser antitaurina y, al mismo, propiciar fenómenos mediáticos como el regreso a los ruedos de José Tomás, deberíamos atrevernos a impulsar una normativa antichancleta para evitar algunos espectáculos degradantes. Y, en caso de que la moción fracase, sólo cabe desear que las uñas pintadas tengan en cuenta la importancia de un buen mantenimiento de chapa y pintura.

El Pais/22-6-07

diumenge, de juny 10, 2007



Diumenge, 10 de juny

De Palmeres i Ginjolers

Enrique Vila-Matas: "El fin de Barcelona"

Ginjoler 1. La vida fabrica coincidencias extrañas. A la misma temprana hora en que estaba preocupado por el posible derribo de la fabulosa palmera de la calle de Cardener que tengo delante de casa, Isabel Núñez lo estaba por el tan temido derrocamiento del maravilloso azufaifo de la calle de Arimón donde vive. Historias mínimas y paralelas, leves malestares graves. Calculo que hace unos 30 años que no veo a Isabel Núñez, pero el caso es que, a la hora temprana en que yo miraba con angustia la palmera, ella me estaba escribiendo un e-mail para hablarme de su pequeño drama grave: "Pretendo salvar un árbol de la calle Arimón esquina Berlinès. Han tirado una casa bonita (otra) y resulta que el árbol es un azufaifo (ginjoler), especie en peligro de extinción, protegida aquí y en Europa, árbol chino que vino a España por el sur, con los árabes. Algunos vecinos ilustres me apoyan, Parcs i Jardins nos da la razón, el técnico municipal nos dice que no les dará la licencia de construir si no cambian el proyecto y le dejan una esquinita al árbol, que hasta ahora daba sombra a la acera y la llenaba de flores pegajosas y de esa especie de dulces cerezas rojas gigantes".

Más coincidencias: antes de irme a vivir a esa casa frente a la palmera de la calle de Cardener, pasé una larga temporada en un piso en la calle de Arimón, aunque no me acuerdo del árbol chino, como tampoco del alcalde Hereu, que nació en esa calle. En el blog de una amiga de Isabel Núñez(www.objet-a.blogspot.com) he encontrado información sobre el azufaifo: "Este árbol (Zizyphus jujuba), ginjoler en catalán, originario de China, llegó probablemente a Andalucía a través de la cultura árabe. Pekín está lleno de ellos, es muy común en los patios de los hutones, las casas tradicionales. En España había muchos en Granada. En Barcelona hay uno en la calle de Arimón".

Poco después de recibir el e-mail de Isabel, leía (con asombro ante el encadenamiento de casualidades) una carta de la señora López González a La Vanguardia: "En la calle Cardener-Torrent de les Flors del barrio de Gràcia están derribando casitas, una de ellas no catalogada pero hermosa. Desde que empezaron los derribos, hay varios operarios con martillos neumáticos trabajando todos a la vez, sin casco, ni protección para los oídos, ni máscara para el polvo contaminante. No sabemos si se lo quitan o no disponen de ello. Y se han declarado ya dos incendios. Lo vemos desde nuestras casas, donde el ruido penetra. El distrito de Gràcia ha dado el permiso para el derribo, según la Guardia Urbana, a la que hemos acudido varios vecinos. En Urbanisme y en el distrito no hay ningún proyecto presentado, según nos informan. Los responsables, según la prensa, son Akasvayu, que compró todas las fincas, y Construcciones Pedralbes, y ahora Derribos Ureña".

No hablaba la señora López González de la palmera, pero la causa de su alarma era la misma que la mía y la de tantos vecinos de Cardener y Torrent de les Flors. Historias mínimas y paralelas, leves malestares graves. Ese mismo día en que apareció la carta publicada, redoblaron infernalmente en las obras de Cardener el salvaje ruido, como si quisieran vengarse de todo el vecindario. Y hasta hubo un momento en que pensamos que como castigo derribarían de un solo machetazo la esbelta palmera. Barbarie, a pleno sol del día, en Gràcia. Sus verdes ediles antisistema callan y otorgan. En Sant Gervasi, los mismos vientos. ¿Qué será del azufaifo? Pensando en ese árbol chino, me acordé de mi hermana Teresa, que el día anterior me había hablado con tristeza del cedro y otros árboles del jardín (calle de Martí, entre las de Secretari Coloma y Alegre de Dalt) bárbaramente derribados en una sola mañana, bruscamente desaparecidos -ante la mirada traumatizada de sus alumnos- de la agradable vista de la ventana del taller donde imparte lecciones de pintura china. En este caso no era un azufaifo, sino un cedro, pero el hecho es que la serenidad de su taller chino se vio brutalmente alterada por la fulgurante, mercantil y brutal supresión del jardín.

Sé que el fin del azufaifo, el cedro y la palmera no es el fin del mundo, pero con pequeños malestares graves se va forjando un gran malestar grave y gestando ese rumor que muchos ya hemos escuchado y que habla de que, con la ciudad vendida a la especulación inmobiliaria y a un turismo indiscriminado y regalada la industria cultural a Madrid, estamos ante el fin de Barcelona. Ya no es sólo la barbarie que en una sola mañana a mí me ha alcanzado por tres ángulos distintos (una prueba de que el promedio de salvajadas tiene que ser grande), sino también esa incomodidad creciente de notar que la ciudad ya no es nuestra, que es un gran parque temático para extranjeros y que en realidad con tanta estupidez ya se ha producido -en los próximos años simplemente se confirmará- el fin de Barcelona. En cierta ocasión, le pregunté a Pep Guardiola si un futbolista, en el momento mismo de realizar la última gran jugada de su vida, podía llegar a intuir que con aquella gran jugada había llegado el fin de su carrera. ¿Sabe ya Barcelona que su gran carrera hacia la nada ha llegado a su final?

2. De tontería en tontería. El artista HA Schult ha instalado en la plaza Reial de Barcelona su última performance: 300 estatuas humanas hechas a tamaño real y material reciclado para concienciar a los consumidores de la cantidad de basura que se genera a diario. Vi ayer a muchos turistas posando para mentecatas fotografías junto a las estatuas basura, confundiéndose con ellas. Nítido el mensaje que esa atroz imagen transmitía. No se puede resumir mejor el fin de Barcelona, y creo que es mejor no negar la realidad de ese final, es decir, recordar lo que ya Hannah Arendt decía: "Comprender qué quiere decir atrocidad y no negar su existencia".

El Pais/Catalunya/10-6-2007

Enllaços:
amics dels arbres
Ginjoler, El gingoler del carrer Arimon, Jujube/ginjoler/azufaifa
El objeto a
Blog d'Isabel Nuñez

diumenge, d’abril 01, 2007



Diumenge, 1 d'abril

Decir que no a todo

Javier Marías

say no to everything Continuamente se nos bombardea con las supuestas ventajas y simplificaciones de las nuevas tecnologías, que suelen resumirse en la siguiente frase: "Ahora podrá usted hacer esto y aquello y lo otro desde casa", como si no moverse y llevar una vida cada vez más sedentaria fuera algo beneficioso y, sobre todo, como si hacer algo sin desplazamiento equivaliera a no hacerlo, lo cual, claro está, es falso. Por el contrario, yo lo único que percibo es un crecimiento infinito de la burocracia, en todos los ámbitos. Nos vemos obligados a hacer mil gestiones y a cumplir con mil requisitos para cualquier nadería, como lo es a estas alturas comprarse o mantener un coche; no digamos para asuntos de mayor complicación, como adquirir o alquilar una casa, ejercer cualquier profesión o montar un negocio. Con las declaraciones de Hacienda, se nos fuerza a llevar cuenta exacta de lo que ganamos y gastamos, libros de contabilidad, directamente, y a almacenar infinidad de papeles y datos, durante cinco años que siempre son renovados, uno a uno. Cuando se muere alguien los trámites son interminables, y si deja herencia no digamos. El Estado actual es una obsesiva máquina de registrar: exige justificantes, comprobantes, actas, partidas, permisos, licencias, constancias para cada paso que damos o no damos. Los profesores universitarios que conozco, en cuatro países diferentes, se ven todos abocados a descuidar sus clases, son lo de menos, para atender casi exclusivamente a agobiantes tareas administrativas. Muchos profesionales liberales han de dedicar varios días al mes a preparar y emitir complicadísimas facturas si quieren cobrar por sus trabajos. Y no sé si de verdad se podrán hacer tantas cosas desde casa, pero las colas en las ventanillas y mostradores son cada día más lentas; yo no veo que los ordenadores sean muy rápidos en manos de funcionarios o de agentes de viaje, aunque no dudo que en otras podrían serlo.

Yo encuentro disuasorio este mundo legalista y reglamentista, que además es contagioso. No es sólo el Estado el que hoy pide toda clase de documentos y avales al que se mueve, sino también la esfera privada. Hace ya trece años que decidí no aceptar nada que tuviera el más mínimo carácter estatal: invitaciones del Ministerio de Cultura o de cualquier otro, de los Institutos Cervantes, las Universidades, Televisión Española, los institutos de enseñanza pública, a congresos o viajes patrocinados o sufragados por las Embajadas. La razón no fue sólo evitarme el papeleo consiguiente, hubo otras de mayor peso, pero sin duda contribuyó no poco. Así que resolví limitarme a lo privado en todas mis actividades. Sin embargo, el contagio ya se ha producido, y cada día tengo más claro que la única forma de vivir tranquilo y dedicarse uno a sus cosas, sin pérdidas gratuitas de tiempo, es decir que no a todo.

Porque en cuanto uno dice que sí a algo, comienzan los trámites y las obligaciones "secundarias". Valga un caso reciente como ejemplo: durante dos años, una adinerada institución me insistió en que participara en un ciclo de charlas literarias. Ocupado como estaba con la escritura de una novela larguísima que espero acabar de aquí a un mes, finalmente, fui declinando la invitación amable. Hasta que, previendo que en otoño estaré más liberado, acepté hace poco, y me comprometí a intervenir en dos sesiones del mes de noviembre. Ha bastado que dijera que sí para que la institución en cuestión haya empezado a darme la lata y a pedirme cosas absurdas por adelantado, interrumpiendo así mi inconclusa novela. "Envíenos un curriculum vitae" (algo que mal que bien se encuentra en la solapa de cualquier libro mío). "Mándenos una foto" (se pueden conseguir demasiadas en un montón de sitios, empezando por las susodichas solapas). "En septiembre querremos los títulos de sus charlas y un resumen de las mismas" (como si fuera a pensar lo que voy a decir dos meses antes de que me toque). "Díganos su número de cuenta bancaria, con veinte dígitos" (pese a que no se me pagaría la irrisoria suma hasta después de haber cumplido). "Para colgar en nuestra web y publicar en nuestro boletín, envíenos todo eso a la mayor brevedad". Parece como si hoy, más que la intervención propiamente dicha de alguien, lo que interesase fuera anunciarla en las malditas webs y en los condenados boletines y programas, y que, por así decir, todo tenga lugar no en la realidad y cuando debe, sino por adelantado y virtualmente. Les contesté diciéndoles que tenían muy extrañas pretensiones; que yo acudiría a las charlas cuando me tocase y que eso era todo. Pese a los antiguos ruegos, la respuesta fue borde: "De su carta deducimos su imposibilidad de participar, a causa del formato de nuestro ciclo". Yo no había dicho tanto. Era, como mínimo, una deducción precipitada. Pero miel sobre hojuelas. Ya digo, no hay como decir que sí a algo para que a uno ya no lo dejen tranquilo. Nuestra sociedad invita a paralizarse, a no tener iniciativa, a no hacer ni aceptar nada, a estarse quieto. Si uno tiene algún proyecto o quehacer por cuenta propia, claro está. En ese caso, no me cabe duda, no hay como decir que no a todo para poder dedicarse a lo que le interesa de veras y lograr, tal vez, alguna cosa de provecho.

El País Semanal/1-4-07

diumenge, de març 25, 2007



Diumenge, 25 de març

Armario

Manuel Vicent

 Por fin llegó el día en que, al abrir un armario, le cayó el cadáver encima. Al parecer no se trataba de un fiambre humano, como en las novelas de misterio, sino de un montón de objetos olvidados que, de pronto, se derrumbaron y estuvieron a punto de aplastarle. Así comenzó para este hombre la revelación. En ese momento se dio cuenta de que vivía rodeado de cosas inútiles que no le interesaban absolutamente nada. Tenía montones de libros apilados en las sillas que nunca leería; cajas llenas de revistas, catálogos y recortes de periódicos bajo las camas, trajes apolillados en los arcones, que ya no se podía abrochar; zapatos viejos en las cajoneras, docenas de envases de medicinas caducadas; sobres de bancos, facturas, cartas y recibos; aparatos ortopédicos de algún antepasado muerto, la bicicleta estática que no usaba, trastos y cacharros por todas partes, antiguos regalos de boda y recuerdos de viajes. La sensación de estar rodeado de elementos estúpidos que coartaban su espacio y amenazan con ahogarle se convirtió en una psicosis angustiosa al transferirla igualmente a personas, ideas y fantasmas, que penetraban diariamente en su vida por todas las ventanas con la intención de estrangularle. Aquel día decidió hacer limpieza. Convencido de que nada hay más profundo que el vacío ni más bello que una pared blanca comenzó a regalar muebles, a vaciar armarios, a meter los cachivaches más insospechados en bolsas de basura y a tirarlo todo en el contenedor de la esquina. Fue un trabajo heroico que duró varias jornadas, en las que no se permitió ninguna duda, ninguna nostalgia. En la casa sólo quedaron una cama, una mesa, cuatro sillas, muy pocos libros, unos cubiertos y algunos platos, una botella de whisky, jabón y cepillo de dientes, sales de baño, cinco cuadros muy escogidos y el equipo de música, que ahora hacía sonar un concierto de Mozart para clarinete y orquesta cuyas notas reverberan con una nitidez extraordinaria por primera vez en un espacio desnudo. Al experimentar en su interior la poderosa carga que liberaba el vacío, mientras sonaba Mozart, se juró llevar esa ardua conquista también a su vida. En adelante ningún odio ni resentimiento ensuciarían su cerebro, no dejaría que ningún idiota le robara un segundo de su tiempo, ninguna comida basura entraría en su cuerpo como tampoco ninguna noticia estúpida alimentaría su espíritu. Era consciente de que sólo así, al abrir el armario, no le volvería a caer su propio cadáver encima.

El País/25-3-07

diumenge, de març 04, 2007



Diumenge, 4 de març

El estado de las cosas

Enrique Vila-Matas

 brúixola1.He oído decir que la única manera de cuidar el ánimo es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro. Pero yo en este momento estoy solo, y atardece; veo desde mi ventana el último reflejo del sol en la pared de la casa de enfrente. Aunque mantengo templada la cuerda de mi espíritu, lo cierto es que tanto el momento del día como ese último reflejo no me parecen el contexto más adecuado para apuntar hacia nada. Por si fuera poco, me viene a la memoria Sed de mal, con Marlene Dietrich, ojos muy fríos e impávida, espetándole rotunda a Orson Welles después de echarle las cartas: "No tienes futuro".

Y es más, me llega de golpe la impresión, a modo de súbito destello, de que cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien: todos somos vulnerables, nos sentimos solos, tenemos muchos miedos y necesitamos mucho afecto. Eso aumenta mi impresión de angustia, aunque paradójicamente la impresión misma termina por revelarse muy feliz y oportuna cuando descubro que le hace sombra a todo, hasta a la pared de la casa de enfrente y al último reflejo del sol, y de paso incluso a cualquier idea de futuro.

2 Irrumpe el sol a primera hora de esta mañana, último miércoles de este extraño febrero primaveral. No sé por qué me gusta leer a ciertos autores cuando comentan los libros de los otros. Acostumbro a hacerlo orientado en casa en dirección al sol, cuyos rayos me obligan a hacer un esfuerzo añadido para leer, aunque es un esfuerzo -no me gusta que leer me resulte siempre tan fácil- que acabo agradeciendo. Esta mañana, por ejemplo, acabo de encontrarme con un Julien Gracq fascinado ante unas líneas en las que Proust describe los pasos de Gilberte por los Campos Elíseos. El gran lector que es Gracq se detiene feliz en ese punto en el que Proust habla de la nieve sobre la balaustrada del balcón donde el sol que emerge deja hilos de oro y reflejos negros.

"Es perfecto", comenta Gracq, "no hay nada que añadir: he aquí una cuenta saldada en toda regla con la creación, y Dios pagado con una moneda que tintinea con tanta solidez como una moneda de oro sobre la mesa del cajero". Lo que a mí me parece que en realidad es perfecto es el comentario de Gracq. Se me ha quedado su moneda tintineando en la memoria. Y, quién sabe, tal vez también sea perfecta la mañana. Breve arrebato de alegría y de fiesta leve, gracias tan sólo a unos pocos destellos de sol y lectura. Como si hubiera iniciado una segunda vida.

3 Dejo el televisor funcionando y regreso horas después, al atardecer, y no me sorprende lo más mínimo que pongan todavía lo mismo.

4 Siento algo parecido a haber perdido peso durante la noche y al mismo tiempo haber aumentado discretamente mi euforia, sólo de dormir y soñar. Buen despertar de este primer día de marzo, cumpleaños de mi padre. Reaparición del optimismo intermitente. El día está cargado de citas. Primero, con los padres. Después, con algunos amigos. Siempre he llegado tarde a todo. Lo digo porque no ha sido hasta hace poco que he aprendido por fin a valorar en su justa -grandiosa- medida, la suerte inmensa, el lujo vital que representa la existencia de unos contados, muy escogidos íntimos; haber conservado en el tiempo un círculo privilegiado de seres queridos. Mejor que cualquier libro, la conversación con los padres, con la amiga y el amigo. Pensar que están todavía ahí y que todo es terriblemente vulnerable y que conviene estar alerta. Los amigos son una segunda existencia.

Ese es el estado de las cosas cuando al mediodía doy una vuelta por el barrio antes de acudir a las citas. Jamás me había encontrado ante una jornada con tantas altas perspectivas. Y mientras paseo, me deslumbra, y hasta llega a herirme, un furtivo destello de sol, demasiado perfecto. Lo saludo como si también fuera un amigo. O una madre. O una segunda vida.

5 "Un optimista es el que sabe de sobras que la televisión está podrida, mientras que un pesimista es el que lo descubre cada día" (Peter Ustinov).

6 La semana pasada en Madrid, viendo con Paula la asombrosa exposición de M. C. Escher, me acordé de que Relatividad, con sus escaleras entrecruzadas, era uno de los grabados preferidos de Roberto Bolaño, tan amante como Escher del arte de lo imposible. No sabía yo nada de la biografía de este obsesivo y geométrico artista holandés, en cuyo mundo sólo hay construcciones mentales. Recuerdo que me llamó la atención que la arquitectura renacentista de Roma, ciudad donde Escher vivió una larga temporada, no le dijera mucho. Es más, sólo le interesaba cuando tenía iluminación nocturna. Quiero suponer que Escher no tenía muchas relaciones con el sol, tan sólo con sus destellos, siempre y cuando, claro, le llegaran con vigor eléctrico.

7 Por la noche, en casa, no me sorprende nada ver que siguen y siguen poniendo en la televisión lo mismo. Queriendo ser indulgente con ellos, diré que continúan hablando en todos sus programas de la teoría del error inicial, siguen diciendo que en toda vida hay un error preliminar, aparentemente trivial, un falso razonamiento que engendra a su vez otros errores. Ese es el estado de las cosas, para qué negarlo. Trato de hallar en mi vida ese fallo primero, ese error inicial que desencadenó tantos equívocos. Busco encontrar ese error en lo primero que creí entender y que debió de ser la historia del pecado original. Pero no, pronto veo que no es necesario que me remonte tan lejos. En realidad, el famoso y bíblico pecado original no fue otro que encender el televisor. Aun así, deseos de seguir adelante. Deseos de ser piel roja y de continuar estudiando a Escher y de buscar destellos geométricos y de cruzarme emocionadamente con los seres queridos y ser optimista siempre. Faltaría más.

El País/4-3-07

diumenge, de febrer 25, 2007



Diumenge, 25 de desembre

Sons amb sentit

Manuel Vicent. Sonidos

sounds El latido del corazón de la madre que oye del feto es semejante al zumbido rítmico que le llega al vecino de la primera planta desde la discoteca situada en el sótano. Ese sonido sincopado que nos martilleó antes de nacer y que ya hizo vibrar nuestras mucosas más íntimas lo reencontramos visceralmente a lo largo de la vida en el compás de ciertas melodías. Cuando pasa un coche vomitando por las ventanillas unas descargas salvajes de música bakaladera, pienso que el interior del vehículo es una placenta y que el tipo al volante se cree aún en el vientre de su madre. Han desaparecido los sonidos medievales: el yunque del herrero, el grito del buhonero, la trompetilla del pregonero, el rebuzno del asno en la soledad de la era a las tres de la tarde. En medio de aquel silencio compacto, que reinaba antes de que se inventaran los motores de explosión, de pronto, las campanas, los cohetes, el jolgorio de la multitud, las cornetas y tambores tenían un sentido orgiástico. Servían para que la gente, después de un largo periodo de tedio, reventara por dentro el día de fiesta. Hoy aquellos sonidos ya no son reconocibles. Se los han engullido los tubos de escape, las sirenas de las ambulancias, las taladradoras y el estruendo insoportable del tráfico. No obstante, quedan todavía algunos sonidos antiguos muy misteriosos. Ninguno tan aterrador como aquel cántico guerrero que oí una noche desde el exterior del campo de refugiados hutus en Tanzania. De pronto, en la cerrada oscuridad comenzaron a verse enormes fogatas en el campamento y en medio del resplandor de las llamas un coro de miles de voces se apoderó de todo el espacio de Benako. Aquel himno de guerra tenía un ritmo entreverado de rock y tam-tam cuyo eco se multiplicaba en el fondo de los valles. Los refugiados hutus parecían dispuestos a saltar todas las vallas para volver a Ruanda con la intención de vengar su suerte con una nueva fiesta de sangre. Después, no lejos de allí, en las reservas de Serengeti y Masai Mara en mitad de la noche también oí el fragor de las fieras que cazaban y se apareaban. Toda la sabana hervía de aullidos desgarrados, de los cuales unos eran de agonía y otros de máximo placer, mientras el sonido de un mosquito cruzaba una y otra vez la habitación buscando el modo de atravesar la mosquitera. Bastaba su hilo vibrátil para que el sueño se convirtiera en la pesadilla de un bombardeo. Oh, tiempos aquellos en que el rebuzno de un asno se oía a un kilómetro de distancia y se engullía todo el silencio.

El País/25-2-07

dijous, de febrer 22, 2007



Dijous, 22 de febrer

"Somos una sociedad muy insolente"


 C. Geli 22/02/2007. Salvador Giner recibió ayer el Premio Nacional de Sociología

Pregunta. No regresó a Barcelona hasta 1990. ¿Qué le llamó más la atención al volver?

Respuesta. La transformación de España de un país semirural ha urbanizado en tan poco tiempo. Lo que en el norte de Europa se tardó 120 años, aquí se hizo en 30. Todo el mundo habla de la transición política, pero la cultural ha sido la más extraordinaria. España era un país que quemaba iglesias y los católicos mataban masones. Pues 40 años después, las iglesias están vacías. Se ha sustituido quemar las iglesias por la indiferencia a ellas. Un salto brutal. En cambio, el salto étnico-cultural ha sido pequeño: el catalanismo, el andalucismo... se han reafirmado. Las identidades colectivas hispánicas se han intensificado. Quizá sea fruto de un proceso compensatorio de pérdida de esa personalidad.

P. También se ha perdido solidaridad y ciertas convenciones sociales. Tanto, que usted ha escrito hasta un manual de civismo con Victoria Camps. ¿Qué pasa?

R. A mí ha interesado mucho siempre el altruismo cívico, de qué manera los ciudadanos se organizan para los otros... Lo que ocurre es que no estamos bien educados. Vienen inmigrantes en masa, hay muchos españoles que han crecido con el televisivo Gran Hermano como referente, que no saben qué son, aparte de mileuristas. Hay una descomposición social gravísima. No tienen referentes. Se da en las sociedades occidentales un alto grado de falta de orientación, a lo que nos ha llevado el capitalismo concurrencial, una máquina de crear frustrados. Y si no tienes una religión, cualquiera, te vuelves agresivo. A esta gente la frustras y mañana muerden.

P. ¿Por eso los padres y los alumnos pegan a los profesores?

R. Se piensa que la escuela es un lugar para aparcar el niño y que allí ya le enseñarán lo que no les enseñan los padres. Se le pide mucho a la escuela y nosotros no le damos lo que necesita. Si queremos una sociedad moderna necesitamos capital social y capital humano. Y eso se consigue con grandes escuelas. Además, antes había un respeto por el que sabía más que tú que se ha perdido. Somos una sociedad muy insolente. Hemos dado tantas cosas a nuestros niños que ahora les damos hasta insolencia. Insolencia y caos. Hay un problema de anomía o falta de ley. No tenemos creencias: somos indiferentes a la iglesia y al partido comunista, por simplificar así las ideologías. Estamos perdiendo referentes. Se disgregan los valores.

P. ¿En esa disgregación se incluye la corrupción urbanística?

R. Corrupción ha habido siempre, pero ahora es hiperbólico. La clase política nos ha traicionado de la manera más vil: han destrozado el país. Fíjese: Marina d'Or, Benidorm... No hay coraje moral de legislar según qué. Tenemos unos políticos que no nos los merecemos.

P. Pero estos políticos salen de esta sociedad...

R. Sí, es una sociedad en descomposición moral. ¿Qué no lo ve cada día? ¿Y las mujeres maltratadas? ¿No es evidente que hay una descomposición moral en España? A esta sociedad le falta tensión moral. Y patriotismo.

P. ¿Patriotismo?

R. Tanto en España como en Cataluña hay nacionalismo, pero no patriotismo. El que quiere a su país no destroza su paisaje o tira papeles al suelo. Eso es virtud patriótica. La media cívica española está muy por debajo de Holanda e Inglaterra. Eso es mesurable.

P. ¿Nos pueden sacar de eso la sociedad de la información?

R. No creo en ella. Es una inflación de información por unos medios tecnológicos que lo facilitan. De eso, se venda como se venda, no puede venir nada bueno.

El País/22-2-2007

diumenge, de febrer 04, 2007



Dilluns, 5 de febrer

Desastre de cajón de desastres

Maruja Torres


drawer De la no confesada decisión de aplazar y de la pereza que provoca poner en orden en nuestras cosas aparentemente secundarías viven los cajones menos frecuentados de nuestras vidas, aquellas plazas huecas que acogen lo que nos negamos a clasificar; lo que no queremos afrontar; recordatorios de las citas a las que no acudiremos y también reminiscencias de encuentros que no resultaron tan bien como preveíamos, que incluso resultaron fatales, humillantes, vergonzosos.

A la izquierda de mi mesa, de cualquier mesa en cualquier lugar del mundo –sea un escritorio o uno de esos muebles como espejo de habitaciones de hotel o apartamentos alquilados, que solo sirven para albergar cajones, pese a haber sido diseñados para que las damas recompongan su aspecto-, hay siempre un cajón hondo, el predilecto para estos casos, en el que arrojo cuanto va segregando mi paso por la ciudad. Un botón de un tejano que se descosió y que me resisto a coser porque no sé en dónde he puesto el hilo y las agujas que sí, estoy segura, traje conmigo, y que también se encuentra en este cajón, solo que no lo sé y no me apetece meter la mano a fondo.

Cuando me preparo para abandonar un lugar por otro, un paisaje por otro, me es ineludible vaciar el contenedor en desorden en que se ha convertido lo que al principio era sólo una boca cuadrada y vacía, una especie de mandíbula abierta sin carácter. Sí, sí. Vayan metiéndole cositas al coleto y verán que pronto ese agujero se hace con algunos secretos de sus vidas. Es pavoroso. Lo pongo boca abajo –algunos no se dejan, y entonces extraigo el contenido a puñados, sin mirar-lo, temeroso de lo que pueda contarme- sobre la cama recién hecha y vuelco sobre la pulcra superficie todo lo que he ido amagando: en la esperanza de que los peores recuerdos hayan caducado ya, supongo. Mas ahí están. Nada dura más que un abandono mal curado.

Folletos de pequeños aparatos, grabadoras, teléfonos; y de grandes aparatos – nevera, televisor- que he escondido ahí debajo para no tener que aprenderme las instrucciones. Nunca lo hice y por ello nunca obtengo el rendimiento, aunque confieso que a veces, en el vater, lamento no haber traído conmigo literatura: los folletos podrían servir.

Pero esa factura por la compra de libros que debo conservar para la declaración de la renta de autónomos despierta memorias de la persona que me los recomendó. Cuando lo hizo creía que nos volveríamos a ver; tuvo que partir al día siguiente, reclamado por una urgencia de su trabajo, hemos perdido el contacto, yo he leído los libros y no los hemos podido comentar. Queda sin pronunciar, pues, el esmerado discurso dedicado al análisis literario de las mencionadas obras, en un intento de impresionar: bueno, te encoges de hombros, al menos las leíste, eso no te lo quita nadie, chica, la cultura no ocupa lugar.

¿Y eso qué es? La tarjeta de un proveedor de lo último en carbón para narguiles, el carbón de coco, definitivamente más adecuado para el medio ambiente y más económico. Te la dieron, la tarjeta, una noche loca en que las olas del Mediterráneo restallaban en las farolas del paseo. Era luna llena.

¿Y esto? Esto es un boleto de loto que alguien a quien improvisadamente invitaste a comer te regaló, aleccionándote: “La loto es nuestra última esperanza”, sin escucharte cuando tú le decías que también en España existe el cupón de la ONCE. Finalmente te presta atención, pero cómo explicarle a alguien lo que es la ONCE.

Y esos pequeños plásticos con los que se sujetan los cables de los aparatos pequeños. Siempre los necesito, pero siempre olvido que los dejé agonizar en el cajón de las tonterías perdidas, desastre de cajón que aunque hoy vacíe y clasifique, aunque hoy rescate la paja de la paja, como si dijéramos, reproduciré en el próximo lugar al que llegue, aunque sea mi hogar nuclear; mi patria chica de cajón, mi cajón madre.

Todos necesitamos creer que podemos arrumbar lo que nos perturba. Por suerte, de vez en cuando existe la llamada del deber, y ponemos orden. En el cajón dichoso y en nosotros.

El País/PS/4-2-2007

dijous, de desembre 21, 2006



Divendres, 22 de desembre


Siente un autónomo a su mesa

Empar Moliner


diner Las fechas previas a la Navidad, entre los días 16 y 22, el trabajador autónomo sufre más que nunca los rigores de no estar asalariado. Y no sólo porque no tiene lote, con sus botellas de licor de kiwi y sus aceitunas, ni paga extra, ni lotería comprada por el jefe, sino porque no tiene cenas de empresa. Ustedes no saben lo hermoso que es tener una cena de empresa de la que despotricar, de la que hacer chistes tipo El Club de la Comedia. Es como estar solo en fin de año. Si estás solo, no puedes despotricar como si te toca pasar el fin de año en familia. No puedes decir que pasas de salir y que te quedarás en casita, porque tú no te diviertes cuando toca, sino cuando quieres. Eso se dice cuando se ama, porque cuando se ama ver el discurso del Rey es gracioso, pero no deprimente. El autónomo no tiene amigo invisible con objetos picantes comprados en una sex shop, ni posibilidad de ligoteo con el del departamento de ventas que se ha sentado a su lado. Ni de coger el tradicional pedo. Nada.

Por eso, esta Navidad, fecha propensa a no tomarse tan a pitorreo los libros de Paulo Coelho, lo hago. Llamo a El Mussol, restaurante que estos días está repleto de cenas de empresa, y pido mesa para una. No voy a quedarme sin la tradición. No voy a dejar de coger el pedo de antes de Navidad sólo porque sea una triste autónoma, con mis liquidaciones trimestrales, mis tiquets de restaurante guardados en el cajón de las cosas desgravables y mi soledad laboral.

En el Mussol de la calle de Casp comprenden muy bien mi pesar y me dan una mesa. Les cuesta, porque estos días lo tienen lleno de grupos y más grupos. Llego a las nueve y espero a que el maître venga a sentarme. Delante de mí, una chica pregunta si han llegado ya los de Coinsa. (Será una empresa). Le dicen que sí, que a la derecha tienen la mesa. Yo, en cambio, le digo a la señorita que ya he llegado yo. La única persona de mi mesa. Me acompaña al rincón y me desea una feliz Navidad.

A mi alrededor, no hay un solo comensal que no pertenezca a un grupo de empresa. Sé reconocerlos a la legua. La diferencia de edad y de vestuario hace que adivines quién es quién. La secretaria, la contable, los dos dueños, el repartidor... Gente que nunca compartiría una cena. Tal vez alguno de ellos adivinará mi condición de autónoma y me sentará a su mesa, como a los pobres por Navidad. A mi derecha, hay una mesa para seis, y a medida que van llegando los comensales dejan un paquetito en una bolsa grande. El amigo invisible... Qué nostalgia ajena siento. La que parece la secretaria, una chica de uñas rojas como si acabara de arrancarle el corazón a un pollo, dice: "Espero que todos hayáis cumplido lo de no pasarse de 30 euros. Que luego hay unas diferencias increíbles...". El que parece uno de los jefes asiente con la cabeza al tiempo que añade: "Lo mío es una tontería. No me acordaba". Y dirigiéndose a la presunta secretaria, añade: "Por poco te mando a ti a comprarlo, Paula". Y ella se ríe y hace un gesto con las manos como de querer estrangularlo.

El camarero ya les toma nota. De primero tienen el clásico, ya mítico, picoteo. Adivino que han pedido el menú caro, el de 32 euros, porque yo he pedido el barato, el de 28 con 55, y no tenemos lo mismo. Ellos comerán tabla de quesos, tabla de embutidos ibéricos, tabla de patés artesanos de pato, variado de verduras a la brasa y pan con tomate. Yo, en cambio, un plato que se anuncia como "escalivada de la masía", además de verduras a la brasa, champiñones de Osona a la brasa y tabla de embutidos de "ca la petita". De segundo, en cambio, ellos y yo tenemos lo mismo: el no menos clásico entrecot con patatas y champiñones. Claro que, la segunda opción de ellos es magret de pato y la mía cordero. En cambio, no comprendo por qué razón ellos de postre tienen helado de turrón y en cambio yo, que tengo el menú barato, puedo pedir postres a la carta.

Con emoción asisto a un momento privilegiado. En la mesa del fondo alguien pide silencio golpeando la copa con el tenedor. Habla la jefa. Pero no la oigo, porque el amable maître, al verme tan sola, me da conversación. Me cuenta que las reservas de grupos muchas veces fallan y que para curarse en salud les piden una paga y señal. "Los compañeros del otro Mussol me han comentado que les acaban de anular una mesa de 70. Imagínese...". También me cuenta que los de la mesa larga son de una emisora de radio y que el menú lo paga la empresa. "Si paga la empresa están mucho más relajados", me explica. Y añade: "Emborracharse no se emborrachan, pero sí que puede pasar que alguno no se acuerde de que está casado...".

Pasan las horas, llegan los postres y asisto a otro momento privilegiado de las cenas de empresa. Me refiero, claro está, a la transformación de las copas. Las copas que contenían vino, ahora contienen vino, pan, agua, aceite y vinagre. Esto me hace sentir una nostalgia empresarial como nunca había sentido. Ser asalariado, según como, tiene sus ventajas. Ahora me haré el amigo invisible. Y, luego, con las copas, me meteré mano, a ver si me dejo. Si en el Mussol no tienen sitio, iré a La Rueda, que también es muy tradicional. O al Vinya Roel. La cuestión es celebrar con tus seres queridos que llega la Navidad, aunque tus seres queridos seas tú mismo, triste autónomo.

El País/21-12-06

diumenge, de novembre 26, 2006



Diumenge, 26 de novembre

Ladrón de autobús

Enrique Vila-Matas


otto Dix/Bildnis Frau Martha Dix, 1923 1. "La vida es una sorpresa, de modo que también puede serlo la muerte".

(Oído en un autobús de la línea 24 el 15 de noviembre de 2006)

2. A veces tengo la impresión de que, en el autobús de la línea 24, el que va en Barcelona por el paseo de Gràcia, Lesseps, parque Güell y el Carmel, algunos pasajeros ponen a buen recaudo sus conversaciones cuando me ven. No en balde llevo tiempo ejerciendo de espía casual de los diálogos casuales que se oyen en ese autobús que tantas veces me rescata del centro de la ciudad y me lleva a casa. No es que esté siempre por la labor de escuchar, de espiar. He pasado por periodos de abstinencia, de extrema discreción. Pero siempre acabo cayendo en la tentación y escucho algo. El 24 es mi universidad. Y no es ningún secreto que tengo una gran carpeta en casa, un archivo de frases y conversaciones escuchadas a través del tiempo en la línea 24. Podría escribir una novela infinita como aquella que quería hacer Joe Gould sobre Nueva York. He robado o registrado todo tipo de frases sueltas, conversaciones extrañas, disparatadas situaciones.

3. Un ladrón del tres al cuarto me roba protagonismo desde hace tiempo. Le llaman directamente el "lladre del 24". En cuanto sube al autobús, con su chaqueta en el brazo, preparado para desvalijar a alguien, los pasajeros que le conocen advierten espontáneamente a gritos a los incautos.: "¡Cuidado con los bolsos!", "ha pujat el lladre del 24!". La escena es siempre conmovedora y tiene grandeza y hasta algo de épica popular, recuerda a M, el vampiro de Dusseldorf, aquella película de Fritz Lang en la que la gente se moviliza para estrechar el cerco de un delincuente. Al forajido habitual le han detenido unas 500 veces seguidas, pero siempre le sueltan y regresa al 24, donde es terriblemente famoso y aseguran que hasta feliz. No parece interesarle una línea distinta ni otro autobús. Le debe de encantar repetirse.

4. Algunas frases antológicas oídas y consecuentemente anotadas en el autobús de la línea 24 a través del tiempo:

"Tiene siempre los pies en las nubes" (2 de junio 2003).

"En la vida hay que saber soportar las injusticias, hasta el momento en que puedes cometerlas tú mismo" (7 de enero de 2006).

"En el aeropuerto hay mucha policía para la inspección de la pasta dentífrica" (el otro día, sin ir más lejos, el 2 de noviembre de 2006).

"Vamos servidos de huesos" (el mismo 2 de noviembre).

"Le regalé unas magnolias y no me lo perdonó nunca" (14 de diciembre 2005).

5. Ayer iba yo de pie y con el autobús a rebosar (en medio mismo del populus, como lo llamaba alguien). Iba apoyado distraídamente en una de las barras de la plataforma central del 24 (no confundir con el B-24, en el que realiza sus largos viajes mi amigo Pérez Andújar) cuando oí que a mi lado una mujer hablaba por su móvil y decía: "Voy a bajarme ahora, en Fontana. Tengo 48 años, pero no sé si los aparento. No soy guapa ni fea. No ha de ser difícil que des conmigo".

Iba junto a mí, al lado mismo, pero de espaldas, de modo que no le podía ver la cara, a menos que diera dos pasos (imposibles) para ponerme delante de ella o hiciera un gesto con la cabeza muy forzado que habría quedado, en el autobús tan concurrido a aquella hora (como sardinas en lata íbamos), muy poco natural.

Aquel "no soy ni guapa ni fea" me llegó al alma. Era una frase que había oído mil veces, pero que ahora escuchaba con intensidad desacostumbrada. ¿Se puede realmente ser algo intermedio? ¿Qué podía haber ocurrido en la vida de aquella mujer para que se valorara tan poco a sí misma y no tuviera problema en formularlo en voz alta? Tal vez era muy fea y entonces la frase tenía más sentido, porque prefería negar que era horrenda. ¿O simplemente le gustaba ser una mujer común, del montón, humilde, sencilla, de las que no llaman la atención? ¿Le gustaba ser modesta?

Junto a las preguntas, la curiosidad por verle la cara. Si no era horrendamente fea, tenía que ser guapa o tener una vaga tendencia a serlo. Me quedé plantado allí (no tenía, por otra parte, otro remedio que estar así, plantado) en medio de la plataforma del autobús, aguardando a que ladeara la cara o hiciera cualquier movimiento y pudiera ver su rostro. Pero no se movía, o no la dejaban moverse. Vista de espaldas, era bajita, vestía de forma muy corriente, llevaba una bolsa de El Corte Inglés que habría resultado un dato para identificarla más útil que aquel "no soy ni guapa ni fea". Por un momento, pensé en seguirla cuando se bajara en Fontana y ver con quién se encontraba, entrar de lleno en el comienzo de una novela real. Pero seguirla me pareció una excentricidad y, además, corría el riesgo de adentrarme en una aventura ni guapa ni fea y encima llegar tarde a casa.

Esperé pacientemente para verle la cara. Cuando el autobús se detuvo en Fontana, la mujer se giró bruscamente hacia mí sin mirarme para nada (debí de resultarle a ella también ni feo ni guapo) y fue hacia la salida. La vi en un perfecto primer plano. Un rostro de ojos verdes, muy bello, castigado por la tristeza y la modestia, y diría que por la desesperación. De pronto, nuevamente la tentación de descender del autobús tras ella. Bajó en Fontana y me quedé temiendo que en la calle su belleza se actualizara a cada instante, según el aspecto del rostro de los otros.

6. Al llegar a casa retomé Al dictado de la locura, el libro de Gérard de Nerval que estaba leyendo: "Yo no he visto jamás a mi madre. Sus retratos se perdieron o fueron robados. Sé solamente que se parecía a un grabado de la época, un grabado de la escuela de Fragonard y que podía titularse La Modestia".

"Ya va terminando noviembre", recordé que también había oído en la línea 24 y que, además, era viernes día 24 y que todo eso aún no lo había anotado.


Dietario voluble/El País/Catalunya/26-11-06

diumenge, de novembre 05, 2006



Diumenge, 5 de novembre

Infame

Manuel Vicent

infàmia Enmascarado detrás de unas gafas oscuras, con el ala del sombrero en las cejas y las solapas de la chupa levantadas hasta media mejilla he visitado el complejo inmobiliario, que responde con el nombre de Marina d'Or, en Oropesa del Mar. Si tienes un mínimo aprecio por la estética, es mejor que te sorprendan en un antro de perdición que te reconozcan en un lugar como ése. En Marina d'Or hay una avenida principal iluminada con arcos de bombillas como en la feria de abril de Sevilla, un jardín con esculturas romanas de yeso alternando con otras modernas de metacrilato, farolas barrocas y de diseño, bancos de azulejos adoptando formas imposibles de animales, todo amalgamado por el horror al vacío. En una carpa, bajo un espectáculo de agua, luz y sonido, se muestran las maquetas de lo que será este inmenso alarde de la especulación para atraer a los incautos. En ese mundo de ilusión se levantará una Venecia de cartonpiedra con canales llenos de góndolas, avenidas de París con una torre Eiffel de cemento pintado, un simulacro de cabañas del Caribe con estanques para remar entre cocodrilos de plástico, unos Alpes repletos de nieve sintética con pistas de esquí, y no sé si montarán también las cataratas del Niágara sin una sola gota de agua. La línea del mar ya está tapada por varias murallas de apartamentos desolados puestos a disposición de una clase media cuyo buen gusto ha sido ofendido y degradado. En el vestíbulo de algunos hoteles valencianos he visto rincones decorados con el escudo de una gran águila bicéfala cuyas alas se abren sobre un tresillo estilo Luis XV, flanqueado por una columna corintia que tiene plantado en el capitel un chino de alabrastro fosforescente bajo un centollo pegado a la pared a modo de lámpara. Creía que la locura hortera se había detenido ahí, pero el listón ha sido sobrepasado en el hall de hotel de cinco estrellas de Marina d'Or. Allí, por unas enormes columnas con taraceas de falso mármol y de acero dorado, la mirada asciende hasta el techo, donde te encuentras con los frescos de la Capilla Sixtina. En uno de los paneles está pintado el mismísimo Jehová en el momento de unir su dedo creador con el dedo de Adán. Se trata de una pintura simbólica, porque ese dedo no pertenece a Jehová, sino al político infame que ha engendrado a un tiburón inmobiliario con carta blanca para violar la belleza de este paraje, uno más entre los depredadores con tres filas de dientes que siguen tapando con un muro lo poco que queda del litoral mediterráneo.

El Pais/5-11-06

dissabte, d’octubre 28, 2006



Dissabte, 28 d'octubre


Mi noviazgo

Antonio Lobo Antunes

melancolia Los sábados por la tarde vamos al hospital a visitar a mi hermana. Está siempre sola bajo un árbol, apoyada en el tronco, de pie, con los ojos cerrados. Le llevamos fruta, galletas, zumos, le extendemos las bolsas y ella no hace ni un gesto para cogerlas. Durante años trabajó en una tienda, después hubo algo entre ella y el dueño de la tienda, creo que un embarazo y tal, mi padre la acompañó a la partera para resolver el asunto y al volver a casa, con mi hermana andando despacito, se apoyó en el tronco más próximo a nuestra planta baja, cerró los ojos y así sigue hasta hoy. Como soy once años menor que ella no me acuerdo de haber oído nunca su voz. Mi madre asegura que cantaba como las artistas de la radio pero no puedo confirmarlo porque no la oigo decir ni pío. La oigo respirar sobre mi cabeza y nada más. Y si la llamo

-Hermana

sigue indiferente, con la sombra de las hojas moviéndosele en la cara. Acabamos entregándole la fruta, las galletas y los zumos a un empleado que promete guardar todo en la despensa de la enfermería. Para mí que es él quien se come nuestros regalos porque lo veo más gordo cada vez que vamos de visita. Mi padre aún intenta

-Elsa

vuelve a intentar

-Elsa

y nanay de la China, mi hermana quieta y cantidad de gatos vagabundos en el patio y locos pidiéndonos cigarrillos. Un negro enorme acuclillado sobre una baldosa, con zapatillas. El médico nos recibió una vez, en una sala casi sin muebles, mi madre le informó enseguida

-Podría haber sido una artista si hubiera querido

y el médico nos despachó anunciando

-Vamos a ver, vamos a ver.

Hasta ahora no hemos visto nada. Al cabo de una hora se la llevan adentro de un brazo y mis padres y yo nos quedamos ahí un rato, como tontos, hasta que decidimos marcharnos. Hay ocasiones en que me parece oír una voz que canta pero seguramente es idea mía. El portero no nos devuelve las buenas tardes, metido en una jaula de cristal con el periódico. El dueño de la tienda contrató a otra dependienta. Es un señor gordo, de bigote, a punto de estallar ceñido a la corbata. Mi madre escupe al suelo, de lejos, si llega a cruzarse con él. El dueño de la tienda ni se fija.

A no ser los sábados, no pienso en mi hermana. Están el colegio, los amigos, una chica que me escribe cartitas. No es muy guapa, pero es mejor que nada. Las cartitas tienen versos sacados del libro de lectura. A lápiz. A menudo cambia una frase por otra. Qué más da: al fin y al cabo son cartas. La pena es que después vienen los sábados de nuevo y mi hermana en su tronco con una especie de camisón y el pelo despeinado que le tapa la cara. No me acerco mucho, tengo miedo a que me agarre de un brazo y me pegue su enfermedad. Compramos la fruta y las otras cosas en un local que está a veinte metros del portón. Mi padre se queda fuera esperando, en la acera. Hay momentos en que se me pasa por la cabeza que al salir nos encontraremos con él apoyado en un tronco. Hay momentos en que se me pasa por la cabeza que uno de estos meses toda mi familia estará apoyada en un tronco, con los ojos cerrados, y yo sin saber qué hacer en la casa desierta. Una vez que se acabe lo que hay en el armario, ¿qué voy a cenar? Supongo que acabaré alimentándome de las flores del papel de la pared. No sé si me apetece que mi hermana mejore. Me quedé con su habitación (antes yo dormía en la sala), los trastos pintados de blanco, la muñeca abriendo los brazos sobre la colcha, fotografías de compañeras, riéndose en la playa, con bañador, que dejan en mal sitio a la chica que me escribe cartitas, unos actores de cine recortados de revistas y sujetos con chinchetas al armario de la ropa. Debajo de uno de ellos, con mayúscula, Elsa Robert Redford. Mayúsculas escritas con pintalabios y después de las mayúsculas los labios pintados de mi hermana.

El dueño de la tienda no está representado. Me gustan las cortinas casi transparentes, con volantitos, y cómo las traspasa el sol. Y encontré su diario en un cajón, un libro con cubierta de nácar y un cierre de metal. De vez en cuando leo una página al azar. Robert Redford aparece siempre, rodeado de corazones entusiastas. Y en la cómoda cepillitos, perfumes, tubos de pintura para las mejillas. Un trébol de cuatro hojas de esmalte. Un deshollinador de porcelana, con escoba, frac y chistera. Un collarcito que no vale un pimiento.

A mí me resulta difícil asociar todo esto a mi hermana en el hospital. En una de las últimas visitas abrió un ojo y volvió a cerrarlo. Mi madre habló del ojo con el médico, esperanzada, y el médico revolviendo papeles

-Vamos a ver, vamos a ver

sin prestarle ninguna atención, me pareció. Mi madre tosió armándose de valor, se atrevió

-¿Cree que mi hija va a mejorar, doctor?

y el médico se alzó por encima de los papeles para mirarla molesto, en silencio. Volvió a inclinare buscando no sé qué en las carpetas y, mientras buscaba, le aclaró

-Vamos a ver, vamos a ver

olvidado de nosotros. No le puedo contar esto a nadie, pero no me importa que ella no mejore: ocurre que ya he elegido a una de las compañeras de las fotografías, la mayor de todas, con sombrero y gafas oscuras, en mi opinión mucho más interesante que Robert Redford, escribí con el pintalabios, con mayúscula, Carlos a la de gafas oscuras y me paso siglos pasmado ante ella. A veces le digo

-Hola

y hasta hoy no me ha respondido. Es una cuestión de tiempo. Trabaja también en la tienda y en cuanto ella

-Hola, Carlos

me resuelvo, voy derechito al mostrador sin hacer caso al dueño que intenta contenerme

-¿Qué es esto?

y nos casamos. Tengo casi trece años, dentro de poco me crecerá la barba y cabemos perfectamente los dos en la cama con la muñeca en medio. Sólo espero que a Robert Redford no se le ocurra arruinarme la vida: no soportaría una pintada tal como Suzy Robert Redford.

Traducción de Mario Merlino.

Babelia/ El Pais 28-10-06

diumenge, d’octubre 08, 2006



Diumenge, 8 d'octubre

El cazador

Manuel Vicent

fletxesPasaron los años. El ingreso en el bachillerato, el pantalón largo, la universidad, el primer amor, el trabajo, la boda, los hijos, la muerte de un familiar, el éxito de la empresa y así sucesivamente hasta llegar a una edad en que el hombre volvió la vista atrás para analizar las cosas que había vivido y comprobó que su biografía no era sino una crónica de sucesos sujeta a una serie de fechas, que se habían transformado en un collar de perro en torno a su garganta. Un día supo que todo podía cambiar. Hasta entonces su vida se había contado por años, pero hubo un momento en que los años abandonaron el calendario para convertirse sólo en tiempo y su vida se abrió en varios brazos como un río cuando discurre mansamente por una tierra muelle, sin accidentes, hasta dar en el mar. El tiempo no son los años, pensó. El tiempo es un estado de ánimo, una conciencia de las cosas, un arte de vivir y de cazar. Esos humedales, ligeramente putrefactos, del final de un río son los más fecundos de todo su curso y allí se posan muchas aves azules, aunque tambien hay serpientes y caimanes en las ciénagas. El hombre se propuso erigir su vida en ese lugar entre la belleza y la muerte. Se sacudió el dogal que le apretaba el cuello hasta convertirlo en un círculo de hierro en torno a su persona donde a duras penas podía entrar un idiota, un pelmazo, un predicador desgañitado, un político imbécil o cualquier aguacil que se acercara dando órdenes perentorias. Para que los años se convirtieran sólo en tiempo necesitaba un arco con algunas flechas y sentirse libre. El paisaje de la desembocadura de un río lo forma siempre una línea difusa de agua blanda cuya bruma absorbe la franja rosada del horizonte. Así era también su memoria y dentro de ella se posaban muchas aves en sus migraciones. Decidió comenzar la cacería con el arco sin ninguna ansiedad. Puesto que su calendario no tenía fechas, su vida era ya una aventura personal y tumbado a la sombra de un árbol esperó. No tenía prisa. Finalmente tensó el arco y disparó tres flechas hacia lo alto sin apuntar a ninguna pieza determinada. Después se bajó el ala del sombrero hasta las cejas y mordiendo una brizna sintió que el tiempo discurría como un río por su conciencia y cuando el sol ya caía, vió que la primera flecha traía engarzado un pato salvaje, otra había cazado una garza de labios pintados de rojo y la tercera bajaba una carta con una cita de amor para una fecha indefinida. El tiempo consiste en que eso pueda suceder sin que el corazón se altere, pensó.

El Pais/8-10-06

dilluns, d’octubre 02, 2006



Dimecres, 4 d'octubre

La inteligencia instintiva

Álex Rovira Celma

broc petit Desde principios de los años noventa y a raíz del éxito del libro de Daniel Goleman Inteligencia emocional han sido editados numerosos textos que, con mayor o menor rigor, han tratado de aproximarse a otras dimensiones de la inteligencia.

Pero poco o nada se ha escrito sobre lo que podríamos denominar la inteligencia instintiva, entendiendo el instinto como lo define el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: “Conjunto de pautas de reacción que, en los animales, contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie”. O también en su otra y muy interesante definición: “Móvil atribuido a un acto, sentimiento, etcétera, que obedece a una razón profunda, sin que se percate de ello quien lo realiza o lo siente”. Este concepto me hace pensar en el tipo de inteligencia que quienes amamos a los animales y disfrutamos de su compañía hemos podido observar. Mi interés por este tema se inició hace unos cuantos años y a raíz de una circunstancia inesperada y sumamente trágica. Un buen amigo falleció en un accidente de automóvil. Tenía un bellísimo perro pastor alemán al que estaba muy unido. Según sus padres, en el mismo instante en que su hijo murió, Top, su perro, comenzó a aullar, llorar y gemir de una manera desgarrada y manifestó una especie de crisis de ansiedad. Tras unos minutos de desasosiego, Top quedó en una especie de estado aletargado que remitió progresivamente. La madre de mi amigo, al observar la reacción del animal, llegó a intuir que quizá algo grave había sucedido con alguno de sus hijos. Algo extraño, inquietante, se movió también en su interior. Una sensación de vacío y de tristeza que no podía explicar. Lamentablemente acertó. Al cabo de escasos minutos, el teléfono sonaba anunciando la tragedia. El caso es que entre el hogar de mi amigo y el lugar en el que tuvo el accidente había nada menos que cuatrocientos kilómetros de distancia.

Cuando escuché este relato quedé sumamente impactado y empecé a investigar si había otros casos similares. Hablé con veterinarios, biólogos y con personas que estaban en contacto frecuente con animales, y empecé a recopilar casos de situaciones parecidas. Finalmente, di con la pista de un libro fascinante del doctor Rupert Sheldrake, que estudió ciencias naturales en Cambridge y filosofía en Harvard, además de obtener un doctorado en bioquímica por Cambridge y ser miembro de la Royal Society y del prestigioso Clare College. El título del libro era Dogs that know when their owners are coming home (Perros que saben que sus dueños están camino de casa). En él, Sheldrake recopila centenares de casos de animales que manifestaban este tipo de inteligencia instintiva o desarrolladas capacidades preceptuales que los llevaban a sentir, aparentemente, la muerte de un ser amado en la distancia, el regreso de su dueño tras una ausencia, el aviso de un movimiento sísmico o incluso encontrar el camino del regreso a su hogar tras haber sido abandonados o llevados a cientos de kilómetros de distancia sin pista alguna sobre el camino, entre muchos otros comportamientos más que curiosos que no tienen explicación aparente ni por el sentido común ni por los criterios de análisis científico disponibles hoy.

La ciencia no para de aportar explicaciones fascinantes sobre el mundo, pero quedan aún muchas respuestas que desconocemos. Se trata de un territorio apasionante a explorar con rigor y con los mejores métodos, ya que detrás de estas aparentes anécdotas quizá se ocultan unas habilidades que tenemos también como animales humanos que somos, y que aún no han sido analizadas con rigor. Como todo investigador de lo insólito, se podría tratar a Sheldrake de seudo-científico o de soñador. Poco importa. La lectura de sus libros resulta sumamente estimulante y trata de poner en orden algunas intuiciones y conceptos que nadie se atreve a abordar porque los paradigmas científicos no encuentran respuestas convincentes.

Pero no sólo en el mundo de los mamíferos se dan hechos de difícil explicación atribuibles a eso que me gusta llamar la inteligencia instintiva. Entre los insectos, por ejemplo, abundan circunstancias curiosísimas, como lo que sucede cuando una hormiga reina es separada de su colonia: las trabajadoras siguen produciendo de acuerdo con un plan que regula sus movimientos. Sin embargo, si se mata a la reina, el trabajo de toda la colonia se detiene inmediatamente. La reina parece transmitir instrucciones y normas de funcionamiento a sus súbditos a distancia. Puede estar ella tan lejos como quiera para lograr una óptima transmisión y recepción, pero lo importante es que permanezca viva. Lo mismo parece suceder con la abeja reina y el resto de miembros de la colmena.

Queda mucho por investigar, todo son preguntas y hay pocas respuestas convincentes. Pero no cabe duda de que Descartes se equivocó cuando dijo que los animales no tenían alma. La tienen, no lo dudo, incluso algunos parecen tener un alma más tierna y sensible que algunos humanos. Esa alma, esa psique nos mantiene en relación, como siguiendo un orden oculto, un “campo mórfico”, en palabras del doctor Sheldrake; un código no consciente que transmite una especie de inteligencia instintiva que tal vez estamos olvidando y que algunos animales nos vienen a recordar, de vez en cuando, quizá para nuestro bien.

El Pais/1-10-2006

Enllaços:
Rupert Sheldrake

diumenge, de setembre 10, 2006



Diumenge, 10 de setembre

Nadar

Manuel Vicent

nedar Estar con el agua al cuello es un ideal de vida siempre que uno sepa nadar. Con el agua al cuello se puede practicar el elegante estilo mariposa o chapotear alegremente como una foca feliz. Todo son ventajas. Cuando el nadador se agota, hace pie, descansa, recupera el aliento y a continuación puede seguir braceando con el ritmo que él mismo se imponga. En el mar como en la vida, lo peor es que el agua o el éxito te cubra por completo. En este caso para mantenerse a flote uno está obligado a bregar continuamente, con la amenaza de que si paras, te hundes. El artista que ocupa las cabeceras de cartel, el escritor que más libros vende, el empresario que más negocios levanta, la figura de radio o de televisión con mayor índice de audiencia, el financiero que más bancos se traga, estos héroes en cuyo espejo la sociedad se mira, saben que, al levantarse cada mañana, les espera el abismo lleno de predadores al pie de la cama y que no serán nada si ellos no desarrollan también unos dientes de tiburón. Salen de casa, los recibe el mecánico en el portal, suben al coche blindado y comienzan a nadar en el asfalto, en el despacho, en el plató. De pronto sienten un tirón. Alguien les ha arreado un bocado desde abajo. No obstante, siguen nadando como si nada hubiera pasado, pero son conscientes de que acaban de perder una pierna. Poco después notan otra dentellada en un costado. Mientras bracean con furia sin perder el ánimo, se palpan las costillas y antes de que encuentren el hueco que ha dejado la herida, comienzan a oler a sangre. Entonces deciden contraatacar. Cuando uno permanece en la superficie del éxito teniendo bajo el cuerpo cien brazas de profundidad, hay que morder para seguir arriba y al mismo tiempo nadar para no ahogarse. Mitad gloria, mitad agonía, mitad euforia, mitad depresión, ésas son las dos caras del éxito. El público contempla a estos triunfadores en las recepciones oficiales o en las tribunas donde se reparten medallas y en apariencia los ve enteros, pero debajo de su rostro sonriente y de su traje oscuro apenas les queda nada. Vienen de una guerra muy carnívora. Todos son héroes mutilados. Tampoco sirve vivir con agua a la rodilla, porque uno se debate contra las rocas del fondo y acaba desollado. Cada uno tiene su propia orilla marcada. A ella hay que llegar sin que el esfuerzo te haga zozobrar antes de alcanzarla. El ideal es estar siempre con el agua al cuello. Con ese nivel nadie se ahoga; en cambio te permite cierta emoción al desafiar las olas que te manda el azar.

El País/10-9-05

dissabte, de maig 06, 2006



Dissabte, 6 de maig

Ignacio Vidal-Folch ens obre les portes del seu museu secret de Barcelona, ens posa unes ales i ens fa volar de franc (i sense que ens fem mal).

"Vuelo sin motor"

panamarenkoIluminada por la luz de caramelo que arroja el enorme rosetón, la iglesia del Pi es una instalación artística a la mayor gloria de san José Oriol (1650-1702), cuyos pasos por la nave gótica podemos seguir casi al detalle con sólo consultar el mapa que cuelga, como utilísimo manual de instrucciones, a la puerta de una de las capillas, según se entra a mano izquierda: en tal punto del ábside solía arrodillarse a rezar; en esta grada del presbiterio tuvo varios éxtasis místicos; en este confesionario absolvía los pecados más imperdonables de los feligreses; aquí predicaba; en esta capilla de la Sangre, lateral y escondida, sobre cuyo altar el Cristo parece crucificado en un cielo de seda roja como en un delirio de David Lynch, recibía a los enfermos y los iba curando milagrosamente (pero si consideraba que no se lo merecían aún, les imponía oraciones y penitencias, "regrese usted dentro de una semana y entonces ya veremos"). Y en fin, aquí, bajo esta losa rinconera y enmarcada entre cuatro cirios encendidos, está también su tumba.

San José Oriol es el santo barcelonés por excelencia, pues nació en la calle d'en Cuc, hoy Virgen del Pilar, esquina a Sant Pere més Baix, vivió en el barrio de la Ribera, se educó en los Estudios Generales (equivalentes a la Universidad) en la Rambla de los Estudios, y se alojó casi toda su vida en el callejón de la Flor, de la calle de Canuda. Su vida y milagros están bien documentados en su proceso de canonización, de donde proceden algunos datos del ensayo biográfico de Tomás Vergés, titulado con el apodo popular del santo: El doctor Pan y Agua (editorial La Hormiga de Oro). Es que un día, estando a la mesa y a punto de servirse de la fuente de comida, José Oriol sintió paralizado el brazo, lo entendió como una señal divina, y en adelante ayunó con el mayor rigor. Sólo en días de fiesta excepcional alegraba la monótona dieta de pan y agua con algunas hierbas recogidas en las laderas de Montjuïc.

José Oriol disfrutaba de varios dones o poderes, entre ellos el de profetizar, y el de la ultraagilidad, que le permitía cruzar el Besòs sin mojarse, y desplazarse desde Santa Coloma de Gramenet o Sant Adrià de Besòs al barrio de Gràcia en tiempo récord para celebrar la misa en los Josepets y, pocos minutos después de haber pronunciado el Ite misa est, se encontraba ya en la iglesia del Pi, extrañamente fresco y descansado. En el Pi prodigaba el ya mencionado y mayor de sus dones, el de curar a los enfermos. A las tres de la tarde, después de rezar el oficio divino, iba haciendo pasar a la mentada capilla de la Sangre a los cojos y a los ciegos, los paralíticos y sordos, les bendecía con agua bendita y les aliviaba de sus males, con la condición de que tuvieran fe.


Panamarenko Podía volar. "Se le observaron también momentos de levitación, sobre todo cuando estaba rezando y la fuerza del amor de Dios lo levantaba del suelo", escribe Vergés. En esto, san José Oriol no era tan excepcional, pues cerca de 200 santos han tenido el mismo poder, entre ellos el protojesuita y mártir san Francisco Javier, y santa Teresa de Ávila, que levitaba durante sus éxtasis místicos aterrorizando a sus compañeras de convento, que temían que aquello llegase a oídos de la Inquisición y se tomase por cosa de brujería; o el florentino san Felipe Neri, quien sentía a Dios en el pecho como una bola de fuego candente, aunque quizá no fuese sino un tumor lo que tenía; o, en fin, José de Copertino, sobre el que se extiende el encantador Blaise Cendrars en ese libro singular, mezcla de historia de la aviación y de recuento de santos voladores, que es Le lotissement du ciel. Al igual que Felipe Neri, José de Copertino era un estudiante pésimo, incapaz de concentrarse, pero aprobó brillantemente los exámenes para ordenarse presbítero tras encomendarse al amparo de la Santísima Virgen. A los lectores que estén preparando exámenes de fin de curso les agradará saber que pueden recabar su amparo rezándole así: "Amable protector mío, a menudo el estudio me cuesta y me resulta difícil, duro y aburrido. Te ruego que me ayudes. Te prometo esforzarme más y llevar una vida más digna de tu santidad". Si además el estudiante contribuye, empollando de veras, el éxito está asegurado.

Copertino pegaba buenos sustos a la gente cuando se lo encontraban pegado al techo de cualquier habitación, donde podía permanecer además durante largos minutos. Como él, y como José Oriol, y como los demás santos que tienen acreditado ese don, quién no querría a veces salir volando sin avisar. Es uno de nuestros anhelos atávicos, según nos recuerdan tantos relatos y tantas obras de arte, como la rara película Brewster McCloud(El volar es para los pájaros, Robert Altman, 1970) o los ingenios elegantes de Panamarenko, inspirados en los de Leonardo da Vinci , pero con una importante diferencia, según declaró una vez el artista belga: "Los míos sí vuelan". Luego, viendo la expresión escéptica de la audiencia, matizó: "...Aunque no al cien por ciento".

Hace unos años se exhibieron en el barcelonés pabellón de Mies van der Rohe y en el palacio de Cristal de Madrid algunos aerodinámicos ingenios voladores, alas articuladas, propulsores de hélice, alas delta, globos y dirigibles, artefactos evocativos y tentadores, que Panamarenko se ha pasado la vida diseñando en la casa que compartía con su madre y con gran número de loros y grandes cacatúas del trópico, hasta que la edad y, sobre todo, el tránsito de la querida madre le han desanimado. Dicen que ha abandonado la práctica del arte, y se ha mudado de casa, y tiene una mujer joven, que restringe el vuelo de las cacatúas a un solo salón de la nueva casa y que preferiría liberarlas.

museosecreto@hotmail.com
CRÓNICA: BARCELONA MUSEO SECRETO/ El Pais/ 6-5-06

Enllaços als protagonistes

Sant Josep Oriol
Leonardo da Vinci
Copertino
panamarenko
retrospectiva de panamarenko

divendres, de maig 05, 2006

Divendres, 5 de maig

"Autobiography". Charles Darwin


 collecting shells  "I was born at Shrewsbury on February 12th, 1809, and my earliest recollection goes back only to when I was a few months over four years old, when we went to near Abergele for sea-bathing, and I recollect some events and places there with some little distinctness.

My mother died in July 1817, when I was a little over eight years old, and it is odd that I can remember hardly anything about her except her deathbed, her black velvet gown, and her curiously constructed work-table. In the spring of this same year I was sent to a day-school in Shrewsbury, where I stayed a year. I have been told that I was much slower in learning than my younger sister Catherine, and I believe that I was in many ways a naughty boy.

By the time I went to this day-school my taste for natural history, and more especially for collecting, was well developed. I tried to make out the names of plants, and collected all sorts of things, shells, seals, franks, coins, and minerals. The passion for collecting which leads a man to be a systematic naturalist, a virtuoso, or a miser, was very strong in me, and was clearly innate, as none of my sisters or brother ever had this taste."




Darwin, el cazador

Martí Dominguez

Una traducción muy floja para una obra necesaria en la historia de la evolución

Autobiography Ya lo advirtió Eugeni D´Ors: "Darwin, un caso de vocación malograda de sportsman y de cazador". Y es cierto, Charles Darwin podría haber sido cualquier otra cosa: médico, cura o incluso cazador. "¿No debemos precisamente los más importantes productos de la historia del espíritu al hecho de un cruce o de una indecisión entre caminos profesionales?", arguye D´Ors. En la vida de Darwin se cruzó el botánico Henslow, que lo animó a que se embarcara en el Beagle y realizara una exploración alrededor del mundo. A partir de aquel momento, Darwin pasó de coleccionar escarabajos a estudiarlos, de contemplar el paisaje a intentar comprenderlo, y su curiosidad científica creció en tan poco tiempo que a los pocos meses de embarcarse "ya no le interesaba la caza".

Esta sorprendente metamorfosis darwiniana la explica el propio autor del Origen de las especies en esta singular y deliciosa autobiografía. Presuntamente Darwin la dejó escrita para uso de sus hijos (una especie de alegato biográfico con el que justifica sus decisiones, algunas tan polémicas como la de la evolución): "He intentado componer el relato de mí mismo como si estuviera muerto en otro mundo y observara mi vida en retrospectiva. Tampoco me ha resultado difícil, pues mi vida está prácticamente terminada. No me he tomado ninguna molestia en lo que a mi estilo literario se refiere".

Y es cierto, estilísticamente es su libro más sencillo. Darwin es un gran divulgador y sus obras han sido a menudo tomadas como modelos retóricos por su inmensa capacidad de persuasión. Este libro, por tanto, es un simple y cariñoso resumen de su vida, escrito al primer toque y sin repasar demasiado. No obstante, en el caso de la edición que nos ocupa, a la actitud despreocupada de Darwin se suma una pésima traducción. Si al estilo deliberadamente suelto -ya advierte Darwin que es para uso doméstico- se le añade la flojedad del traductor, el resultado es sencillamente catastrófico. Y, de este modo, nos encontramos con frases pedestres, con repeticiones innecesarias (que no aparecen en el original) e incluso con... ¡párrafos mutilados! El lector no sabe a qué achacar tanta tosquedad porque, más que un científico que ha cambiado el mundo, topamos con alguien que a duras penas sabe escribir, con ripios como éste: "Qué bien recuerdo cuando maté mi primera agachadiza que la emoción que sentí era tan grande que me temblaban las manos y tuve grandes dificultades para recargar la escopeta".

En fin, es triste que no se tomen a Darwin más en serio. Que no haya más ediciones de sus obras, con mejores estudios y con traductores más expertos. La mayor parte de sus libros permanecen inéditos en español (sus trabajos tan bellos sobre orquídeas, plantas carnívoras, anélidos, corales y las variaciones de los animales domésticos). Y esta Autobiografía contiene pasajes muy interesantes, totalmente inesperados, como aquella advertencia paterna, ante sus malos resultados escolares: "No te importa otra cosa que no sea la caza, los perros y matar ratas, y serás una desgracia para ti y para toda tu familia". Pobre Darwin, cuánta paciencia.

"To my deep mortification my father once said to me, "You care for nothing but shooting, dogs, and rat- catching, and you will be a disgrace to yourself and all your family." But my father, who was the kindest man I ever knew and whose memory I love with all my heart, must have been angry and somewhat unjust when he used such words"

La Vanguardia/5-5-2006

Charles Darwin Autobiografía Traducción de Isabel Murillo. Belacqua. 175 pgs.15 euros


Enllaços a les obres de Charles Darwin

Autobiography
"The life and letters of Charles Darvin" (autobiografia)
editada pel seu fill Francis Darwin

teh writings of Darwin on the web
Correspondencia
S.J.G "The unofficial Archive"
e.texts

diumenge, d’abril 30, 2006



Dimecres, 3 de maig

El amor

Enrique Vila-Matas

Love is blind 1 El amor es ciego, pero el matrimonio le devuelve la vista" (Lichtenberg).

2 Una encuesta ha revelado que la palabra amor es la más apreciada por los españoles. Creo que anda en lo cierto quien ha sugerido que la encuesta miente y en realidad la palabra preferida y más en boca de todos los españoles es dinero. Dinero, ésa es la palabra. ¿Acaso oímos hablar del amor por ahí, por nuestras plazas y calles? ¡Pero si ni siquiera ya es posible preguntarse de qué hablamos cuando hablamos del amor!

3 Pregón nocturno de Antonio Tabucchi en el Ayuntamiento de Barcelona. El alcalde Clos le llama "Tabuxi" repetidas veces y el escritor italiano, que contiene algún que otro bostezo, queda sorprendido cuando se entera de que su anfitrión es anestesista. "¿Anestesia el amor?", parece estar preguntándose Tabucchi. Al día siguiente, almorzamos en el restaurante Principal de la calle de Provença, que se convierte de pronto en sede central de un nuevo movimiento literario. Tanto Tabucchi como yo pensamos que la nueva narrativa camina hacia el postre moderno que sirven en este local. La postremodernidad es un club que sólo tiene por ahora dos socios. Pensamos impedir el paso a ciertos descerebrados que dan lecciones en sus rancios blogs sobre lo posmoderno. "Estos retrasados sólo podrán entrar en el club a título póstrumo", sentencia Tabucchi, el presidente.

4 "No hay relación sexual", dijo Lacan en su momento, y causó sorpresa en el mundo civilizado (en España no hubo tal extrañeza porque ni se enteraron, es decir, siguieron follando). Pero el mundo civilizado se escandalizó. En realidad lo que quiso decir Lacan no fue que el amor no existe (y mucho menos que una consumación sexual feliz es imposible, como interpretaron algunos progres de la época), sino algo mucho más simple y radical: que no hay ciencia del amor ni fórmulas para él. ¿Por qué? Porque el sexo coloca a la razón en conflicto consigo misma, es el lugar donde la razón trastabilla.

5 El amor es una invención de Occidente. Léase a Denis de Rougemont. O bien al maestro Proust, casi siempre infalible cuando habla del amor: "Amamos a partir de una sonrisa, una mirada, un hombro. Con eso basta; entonces, en las largas horas de esperanza o de tristeza, fabricamos una persona, componemos un carácter".

6 Me acuerdo de que Stendhal en su brillante libro Del amor agota todo lo que puede decirse, de forma razonable, sobre el tema. Allí creo recordar que es donde dice que el primer amor de un joven que está entrando en el mundo es normalmente un amor ambicioso y que raramente se inclina por una jovencita dulce, amable, inocente; sólo muchos años después cambia de gustos y comienza a reparar en las virtudes de la dulzura, la amabilidad y la inocencia.

Stendhal se enamoró en Italia y dicen que en realidad se enamoró de Italia. Su coup de foudre adoptó el rostro de una actriz que cantaba en Ivrea El matrimonio secreto, de Cimarosa. Recuerdo que la actriz tenía un diente delantero roto. Pero, por supuesto, eso no tuvo la menor importancia para el repentino enamorado. Y es que el coup de foudre nunca repara en nimiedades de este estilo.

Y en fin. Recuerdo que Werther -el romántico personaje de Goethe- se enamora de Carlota, apenas entrevista por una puerta mientras corta rodajas de pan para sus hermanitos, y esta primera visión, aunque trivial, va a conducir a Werther a la más fuerte de las pasiones y al suicidio.

Mi conclusión provisional: el amor se instaura sin razón aparente.

7 Amor catalán en Sant Jordi por los best sellers. Satisfacción general de mis paisanos. "Ya nos hemos normalizado", oí decir el domingo pasado. De la mano de algo que leí del argentino César Aira, paso a limpio mis pensamientos. Veamos. El best seller salió de la idea anglosajona de crear un entretenimiento masivo que usara como soporte la literatura. Dice Aira: "Es algo así como literatura destinada a gente que no lee ni quiere leer literatura, y a la que no hay que reprocharle nada, por supuesto; sería como reprocharle su inhibición a gente que no quiere practicar caza submarina".

El best seller es material de lectura para gente que, si no existiera ese material, no leería nada. De ahí lo injustificado de aquellos que viven alarmados pensando que declina el lector literario. Creer que alguien pueda dejar de leer a Franz Kafka para leer a Isabel Allende es una ingenuidad.

El libro literario siempre es parte de una biblioteca. Aislado, vale muy poco. "El símbolo genuino del aficionado a la literatura", dice Aira, "no es el libro, sino la biblioteca. Y eso se debe a que la literatura hace sistema". Me acuerdo de que hace muchos años leí ¡Mira los arlequines!, de Nabokov, y me gustó tanto que empecé a buscar los libros de este autor publicados en España, y también recuerdo que esos libros me hicieron pasar a leer a autores que Nabokov apreciaba y fui nadando en círculos concéntricos que terminaron abarcando la literatura entera. "En cambio", dice Aira, "si uno lee un best seller, por ejemplo una novela sobre el contrabando de material radiactivo en el Báltico, y le gusta, aunque sea el libro que más le ha gustado en su vida, es muy improbable que uno sienta deseos de leer otra novela sobre contrabando de material radiactivo en el Báltico, ni siquiera otra novela que pase en el Báltico".

En el fondo, el problema no es que sea horrible que el libro literario sea minoritario, sino todo lo contrario: el problema es que esa clase de libro quiera dejar de ser minoritario.

8 Cuando voy por la Rue Vaneau de París y paso por delante del antiguo domicilio de Julien Green me acuerdo siempre de algo que escribió sobre el amor: "Para quien no anda preparado para ser visitado por él, el Amor es una molestia considerable".

Dietario voluble- Enrique Vila-Matas El Pais/ 30-4-06 >