dissabte, de maig 06, 2006



Dissabte, 6 de maig

Ignacio Vidal-Folch ens obre les portes del seu museu secret de Barcelona, ens posa unes ales i ens fa volar de franc (i sense que ens fem mal).

"Vuelo sin motor"

panamarenkoIluminada por la luz de caramelo que arroja el enorme rosetón, la iglesia del Pi es una instalación artística a la mayor gloria de san José Oriol (1650-1702), cuyos pasos por la nave gótica podemos seguir casi al detalle con sólo consultar el mapa que cuelga, como utilísimo manual de instrucciones, a la puerta de una de las capillas, según se entra a mano izquierda: en tal punto del ábside solía arrodillarse a rezar; en esta grada del presbiterio tuvo varios éxtasis místicos; en este confesionario absolvía los pecados más imperdonables de los feligreses; aquí predicaba; en esta capilla de la Sangre, lateral y escondida, sobre cuyo altar el Cristo parece crucificado en un cielo de seda roja como en un delirio de David Lynch, recibía a los enfermos y los iba curando milagrosamente (pero si consideraba que no se lo merecían aún, les imponía oraciones y penitencias, "regrese usted dentro de una semana y entonces ya veremos"). Y en fin, aquí, bajo esta losa rinconera y enmarcada entre cuatro cirios encendidos, está también su tumba.

San José Oriol es el santo barcelonés por excelencia, pues nació en la calle d'en Cuc, hoy Virgen del Pilar, esquina a Sant Pere més Baix, vivió en el barrio de la Ribera, se educó en los Estudios Generales (equivalentes a la Universidad) en la Rambla de los Estudios, y se alojó casi toda su vida en el callejón de la Flor, de la calle de Canuda. Su vida y milagros están bien documentados en su proceso de canonización, de donde proceden algunos datos del ensayo biográfico de Tomás Vergés, titulado con el apodo popular del santo: El doctor Pan y Agua (editorial La Hormiga de Oro). Es que un día, estando a la mesa y a punto de servirse de la fuente de comida, José Oriol sintió paralizado el brazo, lo entendió como una señal divina, y en adelante ayunó con el mayor rigor. Sólo en días de fiesta excepcional alegraba la monótona dieta de pan y agua con algunas hierbas recogidas en las laderas de Montjuïc.

José Oriol disfrutaba de varios dones o poderes, entre ellos el de profetizar, y el de la ultraagilidad, que le permitía cruzar el Besòs sin mojarse, y desplazarse desde Santa Coloma de Gramenet o Sant Adrià de Besòs al barrio de Gràcia en tiempo récord para celebrar la misa en los Josepets y, pocos minutos después de haber pronunciado el Ite misa est, se encontraba ya en la iglesia del Pi, extrañamente fresco y descansado. En el Pi prodigaba el ya mencionado y mayor de sus dones, el de curar a los enfermos. A las tres de la tarde, después de rezar el oficio divino, iba haciendo pasar a la mentada capilla de la Sangre a los cojos y a los ciegos, los paralíticos y sordos, les bendecía con agua bendita y les aliviaba de sus males, con la condición de que tuvieran fe.


Panamarenko Podía volar. "Se le observaron también momentos de levitación, sobre todo cuando estaba rezando y la fuerza del amor de Dios lo levantaba del suelo", escribe Vergés. En esto, san José Oriol no era tan excepcional, pues cerca de 200 santos han tenido el mismo poder, entre ellos el protojesuita y mártir san Francisco Javier, y santa Teresa de Ávila, que levitaba durante sus éxtasis místicos aterrorizando a sus compañeras de convento, que temían que aquello llegase a oídos de la Inquisición y se tomase por cosa de brujería; o el florentino san Felipe Neri, quien sentía a Dios en el pecho como una bola de fuego candente, aunque quizá no fuese sino un tumor lo que tenía; o, en fin, José de Copertino, sobre el que se extiende el encantador Blaise Cendrars en ese libro singular, mezcla de historia de la aviación y de recuento de santos voladores, que es Le lotissement du ciel. Al igual que Felipe Neri, José de Copertino era un estudiante pésimo, incapaz de concentrarse, pero aprobó brillantemente los exámenes para ordenarse presbítero tras encomendarse al amparo de la Santísima Virgen. A los lectores que estén preparando exámenes de fin de curso les agradará saber que pueden recabar su amparo rezándole así: "Amable protector mío, a menudo el estudio me cuesta y me resulta difícil, duro y aburrido. Te ruego que me ayudes. Te prometo esforzarme más y llevar una vida más digna de tu santidad". Si además el estudiante contribuye, empollando de veras, el éxito está asegurado.

Copertino pegaba buenos sustos a la gente cuando se lo encontraban pegado al techo de cualquier habitación, donde podía permanecer además durante largos minutos. Como él, y como José Oriol, y como los demás santos que tienen acreditado ese don, quién no querría a veces salir volando sin avisar. Es uno de nuestros anhelos atávicos, según nos recuerdan tantos relatos y tantas obras de arte, como la rara película Brewster McCloud(El volar es para los pájaros, Robert Altman, 1970) o los ingenios elegantes de Panamarenko, inspirados en los de Leonardo da Vinci , pero con una importante diferencia, según declaró una vez el artista belga: "Los míos sí vuelan". Luego, viendo la expresión escéptica de la audiencia, matizó: "...Aunque no al cien por ciento".

Hace unos años se exhibieron en el barcelonés pabellón de Mies van der Rohe y en el palacio de Cristal de Madrid algunos aerodinámicos ingenios voladores, alas articuladas, propulsores de hélice, alas delta, globos y dirigibles, artefactos evocativos y tentadores, que Panamarenko se ha pasado la vida diseñando en la casa que compartía con su madre y con gran número de loros y grandes cacatúas del trópico, hasta que la edad y, sobre todo, el tránsito de la querida madre le han desanimado. Dicen que ha abandonado la práctica del arte, y se ha mudado de casa, y tiene una mujer joven, que restringe el vuelo de las cacatúas a un solo salón de la nueva casa y que preferiría liberarlas.

museosecreto@hotmail.com
CRÓNICA: BARCELONA MUSEO SECRETO/ El Pais/ 6-5-06

Enllaços als protagonistes

Sant Josep Oriol
Leonardo da Vinci
Copertino
panamarenko
retrospectiva de panamarenko

divendres, de maig 05, 2006

Divendres, 5 de maig

"Autobiography". Charles Darwin


 collecting shells  "I was born at Shrewsbury on February 12th, 1809, and my earliest recollection goes back only to when I was a few months over four years old, when we went to near Abergele for sea-bathing, and I recollect some events and places there with some little distinctness.

My mother died in July 1817, when I was a little over eight years old, and it is odd that I can remember hardly anything about her except her deathbed, her black velvet gown, and her curiously constructed work-table. In the spring of this same year I was sent to a day-school in Shrewsbury, where I stayed a year. I have been told that I was much slower in learning than my younger sister Catherine, and I believe that I was in many ways a naughty boy.

By the time I went to this day-school my taste for natural history, and more especially for collecting, was well developed. I tried to make out the names of plants, and collected all sorts of things, shells, seals, franks, coins, and minerals. The passion for collecting which leads a man to be a systematic naturalist, a virtuoso, or a miser, was very strong in me, and was clearly innate, as none of my sisters or brother ever had this taste."




Darwin, el cazador

Martí Dominguez

Una traducción muy floja para una obra necesaria en la historia de la evolución

Autobiography Ya lo advirtió Eugeni D´Ors: "Darwin, un caso de vocación malograda de sportsman y de cazador". Y es cierto, Charles Darwin podría haber sido cualquier otra cosa: médico, cura o incluso cazador. "¿No debemos precisamente los más importantes productos de la historia del espíritu al hecho de un cruce o de una indecisión entre caminos profesionales?", arguye D´Ors. En la vida de Darwin se cruzó el botánico Henslow, que lo animó a que se embarcara en el Beagle y realizara una exploración alrededor del mundo. A partir de aquel momento, Darwin pasó de coleccionar escarabajos a estudiarlos, de contemplar el paisaje a intentar comprenderlo, y su curiosidad científica creció en tan poco tiempo que a los pocos meses de embarcarse "ya no le interesaba la caza".

Esta sorprendente metamorfosis darwiniana la explica el propio autor del Origen de las especies en esta singular y deliciosa autobiografía. Presuntamente Darwin la dejó escrita para uso de sus hijos (una especie de alegato biográfico con el que justifica sus decisiones, algunas tan polémicas como la de la evolución): "He intentado componer el relato de mí mismo como si estuviera muerto en otro mundo y observara mi vida en retrospectiva. Tampoco me ha resultado difícil, pues mi vida está prácticamente terminada. No me he tomado ninguna molestia en lo que a mi estilo literario se refiere".

Y es cierto, estilísticamente es su libro más sencillo. Darwin es un gran divulgador y sus obras han sido a menudo tomadas como modelos retóricos por su inmensa capacidad de persuasión. Este libro, por tanto, es un simple y cariñoso resumen de su vida, escrito al primer toque y sin repasar demasiado. No obstante, en el caso de la edición que nos ocupa, a la actitud despreocupada de Darwin se suma una pésima traducción. Si al estilo deliberadamente suelto -ya advierte Darwin que es para uso doméstico- se le añade la flojedad del traductor, el resultado es sencillamente catastrófico. Y, de este modo, nos encontramos con frases pedestres, con repeticiones innecesarias (que no aparecen en el original) e incluso con... ¡párrafos mutilados! El lector no sabe a qué achacar tanta tosquedad porque, más que un científico que ha cambiado el mundo, topamos con alguien que a duras penas sabe escribir, con ripios como éste: "Qué bien recuerdo cuando maté mi primera agachadiza que la emoción que sentí era tan grande que me temblaban las manos y tuve grandes dificultades para recargar la escopeta".

En fin, es triste que no se tomen a Darwin más en serio. Que no haya más ediciones de sus obras, con mejores estudios y con traductores más expertos. La mayor parte de sus libros permanecen inéditos en español (sus trabajos tan bellos sobre orquídeas, plantas carnívoras, anélidos, corales y las variaciones de los animales domésticos). Y esta Autobiografía contiene pasajes muy interesantes, totalmente inesperados, como aquella advertencia paterna, ante sus malos resultados escolares: "No te importa otra cosa que no sea la caza, los perros y matar ratas, y serás una desgracia para ti y para toda tu familia". Pobre Darwin, cuánta paciencia.

"To my deep mortification my father once said to me, "You care for nothing but shooting, dogs, and rat- catching, and you will be a disgrace to yourself and all your family." But my father, who was the kindest man I ever knew and whose memory I love with all my heart, must have been angry and somewhat unjust when he used such words"

La Vanguardia/5-5-2006

Charles Darwin Autobiografía Traducción de Isabel Murillo. Belacqua. 175 pgs.15 euros


Enllaços a les obres de Charles Darwin

Autobiography
"The life and letters of Charles Darvin" (autobiografia)
editada pel seu fill Francis Darwin

teh writings of Darwin on the web
Correspondencia
S.J.G "The unofficial Archive"
e.texts

diumenge, d’abril 30, 2006



Dimecres, 3 de maig

El amor

Enrique Vila-Matas

Love is blind 1 El amor es ciego, pero el matrimonio le devuelve la vista" (Lichtenberg).

2 Una encuesta ha revelado que la palabra amor es la más apreciada por los españoles. Creo que anda en lo cierto quien ha sugerido que la encuesta miente y en realidad la palabra preferida y más en boca de todos los españoles es dinero. Dinero, ésa es la palabra. ¿Acaso oímos hablar del amor por ahí, por nuestras plazas y calles? ¡Pero si ni siquiera ya es posible preguntarse de qué hablamos cuando hablamos del amor!

3 Pregón nocturno de Antonio Tabucchi en el Ayuntamiento de Barcelona. El alcalde Clos le llama "Tabuxi" repetidas veces y el escritor italiano, que contiene algún que otro bostezo, queda sorprendido cuando se entera de que su anfitrión es anestesista. "¿Anestesia el amor?", parece estar preguntándose Tabucchi. Al día siguiente, almorzamos en el restaurante Principal de la calle de Provença, que se convierte de pronto en sede central de un nuevo movimiento literario. Tanto Tabucchi como yo pensamos que la nueva narrativa camina hacia el postre moderno que sirven en este local. La postremodernidad es un club que sólo tiene por ahora dos socios. Pensamos impedir el paso a ciertos descerebrados que dan lecciones en sus rancios blogs sobre lo posmoderno. "Estos retrasados sólo podrán entrar en el club a título póstrumo", sentencia Tabucchi, el presidente.

4 "No hay relación sexual", dijo Lacan en su momento, y causó sorpresa en el mundo civilizado (en España no hubo tal extrañeza porque ni se enteraron, es decir, siguieron follando). Pero el mundo civilizado se escandalizó. En realidad lo que quiso decir Lacan no fue que el amor no existe (y mucho menos que una consumación sexual feliz es imposible, como interpretaron algunos progres de la época), sino algo mucho más simple y radical: que no hay ciencia del amor ni fórmulas para él. ¿Por qué? Porque el sexo coloca a la razón en conflicto consigo misma, es el lugar donde la razón trastabilla.

5 El amor es una invención de Occidente. Léase a Denis de Rougemont. O bien al maestro Proust, casi siempre infalible cuando habla del amor: "Amamos a partir de una sonrisa, una mirada, un hombro. Con eso basta; entonces, en las largas horas de esperanza o de tristeza, fabricamos una persona, componemos un carácter".

6 Me acuerdo de que Stendhal en su brillante libro Del amor agota todo lo que puede decirse, de forma razonable, sobre el tema. Allí creo recordar que es donde dice que el primer amor de un joven que está entrando en el mundo es normalmente un amor ambicioso y que raramente se inclina por una jovencita dulce, amable, inocente; sólo muchos años después cambia de gustos y comienza a reparar en las virtudes de la dulzura, la amabilidad y la inocencia.

Stendhal se enamoró en Italia y dicen que en realidad se enamoró de Italia. Su coup de foudre adoptó el rostro de una actriz que cantaba en Ivrea El matrimonio secreto, de Cimarosa. Recuerdo que la actriz tenía un diente delantero roto. Pero, por supuesto, eso no tuvo la menor importancia para el repentino enamorado. Y es que el coup de foudre nunca repara en nimiedades de este estilo.

Y en fin. Recuerdo que Werther -el romántico personaje de Goethe- se enamora de Carlota, apenas entrevista por una puerta mientras corta rodajas de pan para sus hermanitos, y esta primera visión, aunque trivial, va a conducir a Werther a la más fuerte de las pasiones y al suicidio.

Mi conclusión provisional: el amor se instaura sin razón aparente.

7 Amor catalán en Sant Jordi por los best sellers. Satisfacción general de mis paisanos. "Ya nos hemos normalizado", oí decir el domingo pasado. De la mano de algo que leí del argentino César Aira, paso a limpio mis pensamientos. Veamos. El best seller salió de la idea anglosajona de crear un entretenimiento masivo que usara como soporte la literatura. Dice Aira: "Es algo así como literatura destinada a gente que no lee ni quiere leer literatura, y a la que no hay que reprocharle nada, por supuesto; sería como reprocharle su inhibición a gente que no quiere practicar caza submarina".

El best seller es material de lectura para gente que, si no existiera ese material, no leería nada. De ahí lo injustificado de aquellos que viven alarmados pensando que declina el lector literario. Creer que alguien pueda dejar de leer a Franz Kafka para leer a Isabel Allende es una ingenuidad.

El libro literario siempre es parte de una biblioteca. Aislado, vale muy poco. "El símbolo genuino del aficionado a la literatura", dice Aira, "no es el libro, sino la biblioteca. Y eso se debe a que la literatura hace sistema". Me acuerdo de que hace muchos años leí ¡Mira los arlequines!, de Nabokov, y me gustó tanto que empecé a buscar los libros de este autor publicados en España, y también recuerdo que esos libros me hicieron pasar a leer a autores que Nabokov apreciaba y fui nadando en círculos concéntricos que terminaron abarcando la literatura entera. "En cambio", dice Aira, "si uno lee un best seller, por ejemplo una novela sobre el contrabando de material radiactivo en el Báltico, y le gusta, aunque sea el libro que más le ha gustado en su vida, es muy improbable que uno sienta deseos de leer otra novela sobre contrabando de material radiactivo en el Báltico, ni siquiera otra novela que pase en el Báltico".

En el fondo, el problema no es que sea horrible que el libro literario sea minoritario, sino todo lo contrario: el problema es que esa clase de libro quiera dejar de ser minoritario.

8 Cuando voy por la Rue Vaneau de París y paso por delante del antiguo domicilio de Julien Green me acuerdo siempre de algo que escribió sobre el amor: "Para quien no anda preparado para ser visitado por él, el Amor es una molestia considerable".

Dietario voluble- Enrique Vila-Matas El Pais/ 30-4-06 >

divendres, d’abril 14, 2006



Divendres, 14 d'abril

Petirrojo

Manuel Vicent

Pit-roig El petirrojo pasa los veranos en el norte de Europa donde las costumbres de este pájaro son absolutamente respetadas: entra en las cocinas de las casas y los padres, los niños, los perros y los gatos lo aceptan como uno más de la familia. El petirrojo no es un pájaro audaz, sino simplemente confiado, porque después de veranear durante siglos en Escandinavia, en Holanda o en Inglaterra lleva esta coexistencia pacífica codificada en su cerebro, pese a que éste es del tamaño de un cacahuete. Cuando comienza el frío en Europa el petirrojo viene a invernar a España y aquí trata de seguir practicando las mismas reglas que ha aprendido en aquella refinada escuela de verano. Una mañana de noviembre se presenta en el alfeizar de la ventana y, sin pensarlo dos veces, da una ligera revolada y se posa en una mesa para picotear las migas que han quedado del desayuno. A pequeños saltos conquista después el interior de la cocina hasta llegar al fregadero. Un gato español no es ni de lejos un gato de Escandinavia. Mientras el petirrojo va saltando de acá para allá, el gato español, adormilado en un rincón, se despierta y en el primer momento no da crédito a lo que ven sus ojos. ¿Cómo es posible, parece pensar, que este insensato se meta en mis dominios sin saber el peligro que corre?. El gato se relame, se acerca muy despacio por detrás, da un zarpazo y se come al pájaro. Puede suceder que al dueño de la casa le gusten también los pajaritos fritos: en este caso entre él y el gato se establece una dura competencia por ver quien se lo zampa primero. Si esta lección de ornitología se aplicara a la política española actual, sin duda, el petirrojo audaz sería Rodríguez Zapatero, que se ha metido hasta el fondo en la cocina del poder, creyendose firmemente su papel de demócrata aprendido de sus antepasados republicanos. Otros políticos socialistas en el subconsciente creían que habían llegado a la Moncloa por un favor pasajero de la derecha; en cambio Zapatero es el primero que gobierna desde la izquierda sin complejo de okupa e incluso puede suceder que en esta vez el petirrojo se coma al gato. Una política progresista ejecutada con plena convicción podría convertir en poco tiempo en una antigualla a esos políticos de la derecha agreste, que sólo dan zarpazos y mientras el petirrojo los evita dando pequeños saltos en la cocina, dentro de unos años, al volver la vista a atrás, tal vez se vea lo lejos y antiguos que han quedado Rajoy y Aznar, sentados en la moqueta sin quitarse la corbata.

El País/ 26/3/06

dissabte, d’abril 08, 2006



Diumenge, 9 d'abril

Los espejos de la confitería

Ignacio Vidal-Folch

mirall "El espejo que soy me deshabita". Este endecasílabo, el primero de un soneto famoso de Octavio Paz, poema mareante de azogues y reflejos, lo glosaba Savater en uno de sus primeros libros, creo que a propósito de Borges y de su conocido horror por los espejos, o quizá a propósito del relato de Carroll, en el que la niña Alicia entra en el mundo que se encuentra "al otro lado" del espejo; es curioso que hay frases así que tienen un poder que las hace inolvidables. Paz no es santo de mi devoción, pero desde que leí el sonetazo mascullo "el espejo que soy me deshabita" cada vez que entro en el bonito café bar La Confitería, local de estilo modernista, en la calle de Sant Pau, muy cerca del Paralelo. Aunque este establecimiento ahora abre también de día, es bien conocido por los noctámbulos, pues solía ser cita de trasnoche, para desparramarse luego por lugares más bravíos de los alrededores. Y es precisamente a altas horas de la noche, según recuerdo, cuando más impresionante resulta, destacando espectralmente en la semipenumbra el efecto de los espejos situados el uno frente al otro, a ambos lados de la mesita redonda que da a la ventana. El cliente se ve en el espejo de enfrente, y su imagen, rebotada por el espejo que tiene a la espalda, es rebotada también, y así hasta el infinito o hasta las posibilidades de observación retiniana, y parece que haya un ejército ordenado de tipos con idéntica cara, de manera que en el mundo del espejo se cumple el ensueño de Andy Warhol cantado por Lou Reed en Faces and names: "Si todos tuviéramos la misma cara y el mismo nombre, yo no estaría celoso de ti, ni tú celoso de mí"; una fantasía, desde luego, rara, rara, rara.

No dudo de que más de un Narciso y más de una coqueta habrán sentido fascinación al ver multiplicado hasta el infinito en esas frías aguas su propio, amado rostro. Sin embargo, estas proyecciones espaciales que se alejan, en perfecta y ordenada perspectiva, hacia el fondo, hacia el fondo de las aguas del espejo, son alusivas al paso del tiempo, y de ahí su uso en las películas freudianas y el indefinido malestar que despiertan en la inmensa mayoría de los que se ven inadvertidamente atrapados entre las dos lunas del bar La Confitería.

colonne sans fin Como ya he dicho, cuando entro allí primero musito el verso de Paz, pero enseguida recuerdo la columna sin fin de Brancusi, que propone, en el lenguaje de la escultura, un juego de encadenamiento de la misma forma una y otra vez, con posibilidades de no concluir nunca, y que, como el juego de los espejos, tiene un efecto ambivalente: la columna sin fin -"colonne sans fin", la llamaba, en francés, el autor, y eso significa sin final, pero también inconclusa- es una forma de exaltación, de elegante proyección hacia lo alto, pero también un signo funerario, y así, en función conmemorativa de héroes del pasado, es como figura en su primer emplazamiento, junto a otras esculturas de Brancusi, en el parque de Targu Jiu, en su Rumania natal, que abandonó en beneficio de París.

"A la vez frágil y elástica, se extiende como una línea melódica sin fin", dicen en el catálogo de la reciente exposición en la Tate. Allí se reproducen varias fotos del taller de Brancusi, tomadas por el mismo escultor, que había dispuesto sus piezas en el espacio para obtener composiciones complejas y sugestivas, algunas de ellas como cuadros cubistas. Asoman aquí y allí, detrás de las demás esculturas, varias de aquellas columnas de madera o de metal, y nos sobrecogen como vastas presencias totémicas, o nos invitan a lanzarnos alegremente hacia lo alto trepando por sus aristas como por escalones que mantienen desde el principio al final un ritmo sostenido e incansable.

Como escultor, Brancusi se encontró entre dos mundos; tenía un pie en la escultura colosal y "heroica" de Rodin, en cuyo estudio trabajó algún tiempo, pero el otro ya estaba en las vanguardias y la abstracción. Siendo tan elegante y tan elemental la forma de la columna sin fin, habiendo él esculpido muchas en diferentes materiales, y viviendo nosotros como vivimos en la posmodernidad, no costaría nada encargar una reproducción y plantarla, por ejemplo, junto a la torre de Collserola, o junto al mamut de la Ciutadella, con el que desde luego formaría un conjunto enigmático. O ponerla como soporte cubista de una farola, como se hizo en Praga, donde la podemos ver en el recodo entre la avenida Nacional y la plaza de Wenceslao. Aunque, bien pensado, eso es rebajarla.

Yo me conformaría con tener en mi escritorio, junto a las estatuillas de los dos pingüinos con chistera, que silenciosamente y como quien no quiere la cosa me traen suerte, una de sus famosas "musas dormidas", esas cabezas elipsoides en mármol blanco, en que los rasgos del rostro y las líneas del cabello están sugeridos más que esculpidos, como si la musa, más que brotar de la piedra, estuviera reintegrándose a ella.

Duermen esas musas suyas casi como piedras; tan apaciblemente, que estoy seguro de que con sólo acariciar de vez en cuando su fría frente, con sólo rozarla, se siente un profundo, profundo descanso de piedra.

El País/8-4-06

Enllaços
Lou Read "Faces and names"
Brancusi

diumenge, d’abril 02, 2006



Diumenge, 2 d'abril

Próstata

Juan José Millás

devil and god Dios y Luzbel coincidieron en la consulta del urólogo. Tras recibir malas noticias respecto a sus próstatas, Dios propuso que fueran a tomar un café. El diablo, que se jactaba de haber inventado la lucha de clases, se resistió por miedo a que aquello dañara su reputación. Pero el Todopoderoso dijo que se lo debía: "No habrías podido descubrir la lucha de clases si yo no hubiera concebido previamente las clases". Tras pedir las consumiciones, Dios le preguntó quién le había recomendado aquel urólogo, y si podía pagarlo. "Le compré el alma al poco de que terminara la carrera", dijo Satán, "a cambio del éxito. Durante estos años han pasado por sus manos las próstatas de los artistas más famosos, de los escritores con más prestigio, de los obispos con la mitra más larga... No me cobra nada con la esperanza de que en un arranque de generosidad le devuelva el alma. Si nos saca adelante, igual se la devuelvo".

Dios le agradeció el interés por su salud, pero dijo que había pocas esperanzas. "Además", añadió, "estoy cansado de llevar esta doble vida. Predico la bondad, pero ya ves que la gente tortura y mata y se suicida en mi nombre. Al principio me divertía que resultara tan fácil proclamar una cosa y hacer otra, pero ha dejado de hacerme gracia. También tú estarías harto si tus seguidores fueran tipos como Bush o Bin Laden. La verdad es que habría dado cualquier cosa por tener entre mis filas a algunos de tus admiradores". "Si te gusta Julio Iglesias", objetó el diablo, "no puedes pretender llenar los estadios con aficionados a los Rolling. Tienes que ser un poco coherente". "Hay algo", añadió Dios, "que llevo muy mal, y es la sospecha de que al final tú has sido el más feliz de los dos".

"No te creas", respondió el diablo, "cuando me di cuenta de que yo, comparado contigo, era un pedazo de pan, se me vino el mundo abajo. Por más empeño que ponía en hacer bien el mal, tú siempre me sacabas una cabeza de ventaja. Por decirlo rápido: yo debería haber inventado las clases sociales, desde luego, pero también la Inquisición, y el Opus y los cilicios de siete puntas". "Total, que somos un par de fracasados", resumió el Creador llamando al camarero. Pagó la cuenta el diablo, porque Dios no llevaba suelto.

El Pais/ 31-3-2006

dissabte, de març 04, 2006



Dissabte, 4 de març

Crónica antigua que encontré en un cajón

António Lobo Antunes

fona La casa se va vaciando poco a poco y comienzan a faltar personas y cosas en las salas que aumentan de tamaño. Aumenta también la sombra porque hay habitaciones que han dejado de abrirse y en donde el aire se ha detenido. Aunque no se llenen de polvo parecen muertas, los muebles que quedan inmóviles y dignos, una fotografía con una sonrisa que no se dirige a nadie, ojos que han renunciado a alcanzarnos, indiferentes. ¿En qué sitio viven ahora? En la pared, un cartel con mi retrato de hace siglos, una de esas giras de lecturas por Alemania: estoy apoyado en la fachada de la catedral de Colonia y debe de ser verano porque el sol me da en la cara. Otro retrato mío con escritores. El soporte de las pipas de mi padre. Me llevo una de ellas a la boca y me dan ganas de verme en el espejo así: ¿me pareceré a Sherlock Holmes? ¿Al comisario Maigret? ¿A un filatelista inglés? Los hombres con pipa adquieren un aspecto concienzudo y me gustaba verme con un aspecto concienzudo, responsable y serio. Un demonio interior me informa de que nunca lo tendré: ha de haber siempre no sé qué de chico irremediable en mi apariencia, la sospecha de un tirachinas en el bolsillo, cigarrillos clandestinos. ¿Tú no vas a crecer nunca? Huelgan las preguntas: no crezco. Ganas de dar puntapiés en latas, de contar el número de pasos de aquí a la higuera y, si acierto, me ocurrirá algo estupendo esta semana. Comenzar un libro, por ejemplo. Pero he acabado un libro y aún no tengo fuerzas para escribir. Tal vez en verano, o a principios del otoño. Por ahora lo que poseo es una fluctuación vaga que no cristaliza ni cobra sentido. Leo más, me siento, me levanto, me aburro.

La culpabilidad sin motivo de costumbre. La dueña del restaurante me deseó un buen fin de semana. Le pregunté

-¿Tuvo alguna vez un buen fin de semana?

y se quedó meditando, como quien investiga. Había dos perdigueras en la acera, madre e hija. No comprendo por qué los perdigueros me recuerdan a huérfanos resignados.

Por consiguiente, la casa. En consecuencia, diría el tío Eloy. Jugaba a las cartas los domingos. No he conocido a nadie con la barba tan bien afeitada. Si no tenía en la mano una gran escopeta suspiraba invariablemente.

-Hace muchos años que soy alguacil y nunca he visto nada igual

y los peces del lago desfallecían por el calor. Sus bocas, asmáticas. El molino del pozo, parado, con el timón en busca de vientos, chirriando. El reloj de péndulo, en medio de la escalera, balanceaba asuntos suyos, panzón y solemne. Me gustan los relojes panzones: no tienen prisa, pasan horas lentísimas, nos dan esperanzas más largas: no vamos a ser grandes, no vamos a ser viejos. El problema es que las horas de los relojes panzones son diferentes de las horas de los relojes de pulsera, empujándonos frenéticas. No uso reloj de pulsera para que no se impaciente conmigo

-¿Y?

arrastrándome hacia la mañana, que lo parta un rayo. Quieren llegar en un instante al Juicio Final, cuando Dios separe a los justos de los pecadores. ¿De qué lado quedaré? ¿A la derecha, a la izquierda? Uno o dos peces flotan en el lago, panza arriba. Doblaba un alfiler a modo de anzuelo, le clavaba una bola de miga de pan, lo ataba a una cuerda y nunca llegué a pescar ninguno. Nunca llegué a cazar tampoco. Mentira: poníamos un farol en un jeep, por la noche, y andábamos por el bosque sin rumbo detrás de antílopes sable, disparando ráfagas. Las pupilas de los animales, rojas en la luz. De vez en cuando pillábamos un asno salvaje o algo así. Lo que hoy me asombra es que no nos pillase a nosotros alguna mina o algún grupo del Movimiento Popular de Liberación de Angola. No me acuerdo de a qué sabía aquella carne. Debo de estar a la izquierda de Dios, en el grupo de los pecadores, por haberme liado a tiros con los asnos salvajes.

El primer sargento

-Los señores oficiales no están bien de la cabeza

y volvía a su barraca a hacer cuentas. Pasaba treinta veces al día delante de mí y cada una de las treinta veces, venía. Disculpe, primer sargento. Era sólo un pobre diablo atormentado por la úlcera. Le daba unas pastillas y él se ponía blanco de la angustia. Sudaba a raudales el pobre:

-No tengo edad para esto

así como yo no tengo edad para ver que la casa se vacía poco a poco. Apenas vuelva en mí, seré una sonrisa en una fotografía que no se dirige a nadie:

-¿Quién era aquél?

y ni una fecha, ni un nombre en el reverso:

-Yo qué sé, un tío cualquiera.

En cuanto vuelva en mí, eso es lo que seré: un tío cualquiera, un abuelo cualquiera, un primo cualquiera, un asno salvaje huyendo por la hierba. Buen fin de semana, António Lobo Antunes: cuando estés mejor de ánimo, silba.


El País/4-3-06

diumenge, de febrer 26, 2006

Diumenge, 26 de febrer

Strómboli

Manuel Vicent

Strómboli Un halcón marino estaba extasiado en el espacio de la isla de Strómboli y desde una altura que sobrepasaba la boca del volcán avistó un pez en el mar; de repente se plegó sobre sí mismo para convertirse en un dardo y se precipitó en el abismo a una velocidad mortífera hasta hundirse en el agua. El halcón emergió al instante con el pez en el pico; a continuación lo dispuso entre las garras a modo de quilla para evitar la resistencia del aire y ascendió de nuevo hacia la cima del monte, seguido de la hembra, que parecía admirar semejante proeza porque volaba a su lado con alas muy suaves. Ambos compartieron la pesca en un risco de lava muy alto. El volcán Strómboli suelta un cañonazo cada veinte minutos desde el fondo de sus entrañas, acompañado por un vómito de fuego, que discurre por una ladera hasta fundirse en el mar como en una fragua. Después sigue el silencio, que en esta isla es otro mineral. El silencio de Strómboli, como otra forma de lava ya petrificada, ha invadido desde hace miles de años los callejones del pueblo de San Vicenzo, el interior de las casas, el fondo de las almas de unos seres que te ven pasar, miran y callan. A medida que iba subiendo por una senda hacia la boca del volcán el olor a humo se apoderaba del aroma de las plantas silvestres y después de tres horas de camino era yo mismo quien echaba carbonilla por la nariz, pero a través de una nube oscura, desde la ladera, veía el violento mar como un acero bruñido bajo el acantilado y en el horizonte había una barca solitaria que faenaba en la pesca del atún rojo. Junto de la plazaleta de la iglesia del pueblo, la fachada de una casa color de rosa exhibe una lápida que explica que allí vivieron una pasión tórrida la actriz Ingrid Bergman y el director Roberto Rossellini durante el rodaje de la película Strómboli. Pese a la convulsión cósmica de la isla, aquella pasión atrae mucho más al viajero que cualquier explosión de lava. El volcán está vomitando piedras incandescentes desde el principio de los tiempos y con una cadencia medida su rugido durante el sueño penetra en todos los cerebros hasta asimilar la propia locura con la ira de Dios. Pero en la isla de Strómboli, de padres a hijos se ha ido pasando la leyenda de que en el silencio más compacto de la noche los gemidos de amor salvaje de Ingrid Bergman se oían por todo el pueblo como un contrapunto a los rugidos del volcán. La historia de esta pasión, junto con el vuelo limpio y fulminante del halcón marino, es la que desafía a la naturaleza y redime al viajero.

EL PAÍS / 26-02-2006

diumenge, de febrer 12, 2006

Diumenge, 12 de febrer

De gavarres i amistats

GAVARRA: Barcassa; embarcació ampla i molt sòlida destinada principalment a transportar gent i mercaderies des de terra a un vaixell i viceversa (DCVB)

A un amigo

Manuel Vicent

Kartenspieler 1920/Otto Dix Hubo un tiempo en que muchos caminos de la literatura llevaban al Gran Café de Gijón y allí, entrando a mano derecha, estaba el timonel de esa vieja gabarra sentado en un taburete, de espaldas a su taquillón de tabaco y lotería. Alfonso, el cerillero, con chaqueta azul de maquinista y los ojos un poco dormilones era el que cortaba el ticket en la puerta a los jóvenes soñadores, a las adolescentes con la cabeza llena de mariposas, que entraban azorados por primera vez en el café en busca de algo inaprensible con toda la ansiedad en el diafragma. El primer paso hacia la gloria literaria consistía en comprarle un paquete de cigarrillos o unos chicles al cerillero, quien brevemente avisaba a estos neófitos del peligro que podían correr en medio de aquella humareda donde se dibujaban las siluetas de muchos fantasmas, unos vivos y llenos de ingenio, otros que ya estaban muertos aunque tenían el café con leche humeándoles la sotabarba. Nunca me he sentido mejor ni he sido más feliz que montado en esa vieja gabarra en aquellos días lejanos y azules de la juventud cuando nos sentíamos capitanes; he quemado media vida en ese espacio con el codo en la mesa y el puño en la mandíbula viendo pasar el universo por el ventanal, pero llegó un momento en que supe que el café Gijón también era una mala forma de envejecer y por eso, hace años, opté por bajarme en la primera parada y dejar que la nave se alejara en la niebla por la Castellana, río abajo. El tiempo ha desdibujado los rostros que un día nos fueron familiares; las risas con los amigos han adquirido en la lejanía un sonido neumático; los veladores poblados de figuras que se multiplicaban en los espejos se han convertido en humo amarillo. En medio de ese mundo que se ha ido desvaneciendo en el recuerdo, Alfonso, el cerillero, permanecía con el perfil imborrable de viejo chiroki. A veces le llamaba por teléfono sólo para fingirme que todo seguía igual. Si alguien preguntaba por mí, él decía simplemente: " ya no viene por aquí". Alfonso, el cerillero, ha muerto; se ha ido a vender tabaco y lotería a la oscura región de Hades donde se puede fumar y todos los números salen premiados. Pero la imagen de Alfonso, el cerillero, permanecerá congelada para siempre en todos los espejos del café Gijón reflejando una época feliz, a la que deberé volver en la memoria para no deponer nunca las armas. No son las grandes tragedias las que echan abajo las cajas del teatro de nuestra vida sino la muerte de algún amigo fiel que sin darnos cuenta nos sustentaba.

El País/12-2-06

diumenge, de gener 29, 2006

Diumenge, 29 de gener

Huyamos nosotros

Javier Marías

fugida Hace trece meses, cuando ya se iniciaban con adelanto las descomunales latas relativas al cuarto centenario de la publicación del Quijote (o bueno, sólo de su Primera Parte), escribí aquí un artículo, titulado “Huya Cervantes”, que irritó a unos cuantos ya listos para sacar provecho de las celebraciones, sobre todo a algún novelista de muy patético destino: empeñado en ser el más cervantino de todos, el pobre hombre no se da cuenta de que cuanto sale de su pluma huele a zapatillas a cuadros y a casino de ciudad rancia. Ha pasado este año del Quijote y a mucha gente le ha sucedido lo que yo preveía: no soportan ya esa obra maravillosa, ni a sus extraordinarios personajes, ni a La Mancha, ni al desdichado Miguel de Cervantes, que tuvo una vida dura y de quien nunca podrá decirse que en paz descansa. Y eso que, al fin y al cabo, había cierta justificación –un número bien redondo– para dar tanto la vara, organizar tanta idiotez que inevitablemente ha idiotizado algo el libro, y marear y sobar a su autor, que huir no pudo. Ya se sabe que los muertos son los más indefensos.

Pero en realidad me equivoqué con el título de aquel artículo, porque a quienes tocaba huir era a nosotros, y lo desesperante es que, tal como está el actual mercado de la historia y del arte, nos toca huir todos los años. Se empezó con los centenarios, bicentenarios y demás arios de los acontecimientos históricos, los reinados de reyes, las guerras inolvidables y las destacadas batallas. En seguida se añadieron los de los literatos y artistas en general, y aquí se duplicó el asunto en el acto: cien años del nacimiento y cien de la muerte, sin que aún se sepa qué debería ser más importante (como ha recordado recientemente Francisco Rico, Juan Benet protestaba de que los periódicos dedicaran muchas páginas al fallecimiento de un gran escritor, y en cambio no dijeran una palabra de su nacimiento). A continuación se decidió festejar los cien años de la aparición de algún texto señalado, y dado que algunos autores dejaron varios bien señalados, se va –cómo decir– de Madame Bovary a La educación sentimental y de ésta a Bouvard y Pécuchet, por ceñirnos a un novelista que dio pocos títulos. Asimismo se fueron extendiendo, triplicando y cuadruplicando las conmemoraciones históricas, y se recurrió a los números más triviales y absurdos: que hayan transcurrido cincuenta años de algo, está bien, pase; pero ahora se arman grandes alharacas porque se cumplan sesenta (?) de cada singular episodio: de comienzo de la Segunda Guerra Mundial, de su término, del desembarco de Normandía, de la entrada en París de los aliados, de la caída de Berlín, de la muerte de Hitler, de la de Goebbels, de la de Göring, de la de Montgomery, Rommel, Eisenhower y San Juan Crisóstomo, por mencionar solamente a figuras indiscutibles. En España se marcará el 2006 en tinta roja por cumplirse en él no cincuenta ni setenta y cinco, sino setenta (?) años del estallido de la Guerra Civil, como si hace tan sólo siete no nos hubiéramos puesto ya pesadísimos con los sesenta de su final, o hace tan sólo cinco con los setenta (?) del advenimiento de la República.

En cuanto a los personajes artísticos, ya he leído que para 2006 se preparan todo tipo de abusivos eventos para que odiemos a varios genios en modo alguno olvidados, bajo los más peregrinos pretextos: se cumplen no doscientos ni trescientos, sino doscientos cincuenta (?) años del nacimiento de Mozart, por lo que tendremos Mozart a todas horas, como si fuera el único compositor vigente, para que acabemos hartos de su incomparable música. Aún más grotescas, sin embargo, son las razones aducidas para homenajear a Picasso: si no he entendido mal, se cumplen ciento veinticinco años (?) de su nacimiento, setenta (??) de que fuera nombrado Director del Museo del Prado, que ya me dirán qué extraña maravilla encierra eso, y veinticinco (???) del traslado del Guernica a España, cuando hace tan sólo nueve que se celebraron los sesenta (????) de que lo pintara. Y seguro que algunos otros artistas, militares, políticos o reyes hicieron algo hace treinta, o cuarenta y seis, o sesenta y dos años. No sé ustedes, pero yo, en el último decenio, me he encontrado en la incómoda situación de aborrecer, por empalago, a algunos ídolos míos, como Lorca, Aleixandre o Cernuda, y de no poder ni ver a otros que no me caen bien normalmente, como Dalí y Alberti. Este año me veré obligado a abominar de uno de mis pintores favoritos, Rembrandt, porque se da la mala pata de que nació hace cuatrocientos años. A veces no sé qué pensar del tratamiento y explotación de que hoy son objeto la historia y el arte. Se oscila entre el absoluto olvido de tantas figuras que nos ayudarían a sobrellevar nuestros días, y el arbitrario empacho anual de algunas de ellas, a las que se deja inservibles, exprimidas, exhaustas, durante al menos diez años. No creo, por ejemplo, que nadie vuelva a asomarse al pobre Quijote hasta el 2015. Y entonces, ahora que caigo, se cumplirán cuatrocientos de la publicación de su Segunda Parte, que, en cualquier año menos en ese, es aún mejor que la Primera.


EL PAIS SEMANAL - 29-01-2006

diumenge, de gener 15, 2006

Diumenge, 15 de gener

Galeón

Manuel Vicent

galeóEn la terraza de un bar de la playa están sentados un viejo y un niño. El mar acaba de purgarse con un temporal y ha dejado la arena cubierta de algas rojas muy amargas, pero las aguas ya se han calmado y el viejo le señala al niño un buque explorador fondeado en un punto del horizonte que está sacando del abismo un galeón de bucaneros que se hundió en tiempos muy remotos. Mira, le dice el viejo, aquel buque tiene un brazo articulado que ha bajado a mil metros de profundidad y ha introducido una cámara entre las cuadernas de la nave donde se ven cofres, vajillas, arcabuces y una sirena color de rosa esculpida en el bauprés. En un camarote aparece todavía la calavera del capitán coronada de lapas. El niño comienza a soñar con los ojos muy abiertos. Todos nuestros juguetes se han roto, excepto los cuentos que nos contaron en la niñez y que de una forma u otra nos llevaban siempre a la isla del tesoro. Gracias al sistema de detección por satélite existen no menos de 4000 barcos localizados en el fondo del mar, - trirremes, carabelas, goletas, galeones, - que naufragaron a lo largo de la historia. Lo que en el Mediterráneo eran dioses, en el Caribe y en los mares del Sur fueron piratas. Cada abismo contiene sus propios héroes sumergidos, como nuestra imaginación alberga los deseos más remotos. Existen empresas especializadas en sacar a la superficie estos barcos cargados de oro o de esculturas de mármol, lo mismo que la razón extrae las imágenes simbólicas que elabora el cerebro en la oscuridad de los sueños y las convierte en sensaciones a pleno sol. El viejo le cuenta al niño un cuento de corsarios y en la imaginación del niño se sumerge la figura soñada de un barco fantasma gobernado por unos piratas berberiscos que llegaron a esta playa para raptar a cuantas mujeres hermosas encontraban. El viejo va aflorando desde el fondo de su memoria la historia de Simbad el Marino, la del Capitán Nemo, la de Lord Jim y otros cuentos, juguetes que le habían regalado en la infancia y nunca se le rompieron. Ahora los saca a la superficie, los deposita en la imaginación del niño y estos relatos se hunden en su cerebro hasta alcanzar el fondo de los sueños. Cuando el viejo muera y su cuerpo descienda al abismo como una nave derrotada, un día, al recordar los cuentos que le había contado, el niño lo salvará de las aguas como ese buque explorador está rescatando ahora un galeón de bucaneros que lleva en su vientre cofres repletos de monedas de oro, una sirena labrada en el bauprés y otros tesoros.

El País/ 15-1-06

dissabte, de gener 07, 2006

Diumenge, 8 de gener

Feliz año nuevo, señor Antunes

António Lobo Antunes


autopista Ahora, que es de noche, el ruido incesante de los coches en la autopista. ¿Hacia dónde van? Una infinidad de luces amarillas, faros distantes, casas reducidas a sombras, con las ventanas iluminadas pendientes del vacío, puntitos rojos parpadeando en lo alto de una loma, y es gracioso porque no hay loma, sólo hay puntitos. Allí están ellos, eternos, como esta noche eterna en que aumenta el ruido de los coches. En la Beira oigo a los animales de la tierra, minúsculos, pertinaces. Mi editor francés, Christian Bourgois, está enfermo de cáncer. Me pidió que lo visitase y estuve una semana con él, en París. Sufría mucho, no podía tragar, casi no podía andar, hablaba con dificultad y ni una queja siquiera. Flaco, con la cabeza rapada. Ni una queja. Le dije a su mujer

-Tu marido tiene mucho valor

me respondió

-No es valor, es elegancia

y comprendí que el valor es la forma suprema de la elegancia. Debo de haber comprendido bien, creo, porque cuando un amigo, en Oporto, dijo que a mí me gustaba la gente humilde, refiriéndose a los soldados que estuvieron conmigo en la guerra y vinieron para verme, le respondí

-No son gente humilde, son príncipes

y son auténticos príncipes porque eran valientes. También sin una queja. Cuando fuimos al Este, la última camioneta de la columna llevaba la caja cerrada. Fuimos a ver qué había, levantando la lona: transportaba nuestros ataúdes. Así, a hurtadillas, sin elegancia alguna. Nuestros ataúdes. Como estaban destinados a príncipes eran ataúdes baratos. Les ponían una corbata y una chaqueta a los muchachos y los metían bajo tierra para que hablasen de la Patria con las orugas. Christian bebía un sorbo de sopa de un cuenco, apartaba el cuenco

-No puedo

y se quedaba largo rato intentando recobrar el aliento. El ruido incesante de los coches en la autopista. Una infinidad de luces amarillas. Y yo acordándome de aquel borracho que gritaba

-Ay, vida, no me mereces.

Si al menos hubiese un intermedio de silencio y, en el intermedio de silencio, en cualquier punto de la oscuridad, una risa. Una risa al menos, aunque fuese del tamaño del sorbo de sopa de Christian. Pero una risa. Esta historia de los ataúdes se me grabó con tanta fuerza que a veces, frente a un semáforo en rojo, me parecía que el último automóvil de la fila, que intentaba descubrir en el espejo retrovisor, los llevaba. Aún hoy no estoy seguro de que no los lleve en realidad.

Qué gracioso: da la impresión de que en lugar de escribir voy hablando a la deriva: aferro cualquier sombra a mi alcance, según viene, y la pongo aquí. Ahora, por ejemplo, veo el pozo de la casa de mis padres, que mandaron tapar con miedo a que nos cayésemos dentro. Al principio, recuerdo, tenía sólo una reja: observaba y, en el fondo, veía mi reflejo estremeciéndose y el cielo por detrás. Creo que fue la primera vez, al reparar en mí fuera de un espejo, que me convencí de que existía más allá de la familia, individual, único. Que tenía que construirme a mí mismo, sin ayuda. Y comencé a negarme, sistemáticamente, a que los demás me moldeasen: esto entre tropiezos, debilidades, miedos, los perros de toda clase que se abalanzan de repente en el camino. Las últimas palabras que Christian Bourgois me dijo, al marcharme, fueron

-No te preocupes por mí

y se quedó mirando la sopa en el cuenco. Antes habían sido

-No creo en el alma, no creo en otra vida, no creo en Dios.

A la salida de su casa el gran espacio de los Invalides, aquellos árboles bien educados, aquella grandeza sin misterios. Y mis pasos, solo, por la Rue Vaneau, hasta la casa donde vivía André Gide, con la placa en la fachada. La impresión de divisarlo a través de la ventana, con sus sombreros inverosímiles. La pequeña taberna donde almorzaba a veces, atento a las apuestas de las carreras de caballos, la señora gorda y coja que me servía el plato. Mujeres que se asemejaban a pájaros, viejos frioleros. El hotel, antiguo, con las tablas gimiendo bajo mis pies. Tantas horas escribiendo en la habitación de la quinta planta donde me quedo siempre, con el televisor, sin sonido, que me hace compañía. El pintor José David mostrándome sus cuadros: la lengua le salía por el medio del bigote y humedecía el papel del cigarrillo de un extremo al otro, como si tocase la gaita gallega.

-No te preocupes por mí

y las gafas sobre el cuenco. Qué desesperada, amigos, puede ser la elegancia. Nunca levantéis la lona de una camioneta para no dar de bruces con vuestro ataúd.

Casas reducidas a sombras, ventanas iluminadas pendientes del vacío. Al abandonar el edificio de Bourgois, en la Rue de Tayllerand, miré hacia arriba y todo estaba apagado: ¿habría dejado de existir cuando entré en el ascensor? Prometí volver en enero o, mejor dicho, me pidió que volviese en enero: ¿aún seremos los mismos? ¿La placa de Gide seguirá fija en su fachada? Con mi editora italiana, Inge Feltrinelli, bailamos en más de una ocasión el Singing in the Rain en la calle: yo era un Gene Kelly mediocre, ella una Cyd Charisse estupenda. Además, ha hecho unas fotografías formidables de escritores: hay una de Hemingway durmiendo el sueño de los justos en el suelo de su sala. Otra de Gary Cooper, gordo como un coche, empuñando un vaso. (Éste no escribía, que yo sepa, pero para el caso da lo mismo). Y Moravia. Y Ginsberg con su amante. Bailábamos y cantábamos. E imité a Groucho Marx. Y Louis Armstrong. Y Tony Benett. Hasta un taxi se paró a aplaudir. Bajando de Montmartre, de la casa de Dalí, donde ahora vive Valerio Adami. Vuelvo en enero de 2005: feliz año nuevo, señor Antunes. ¿Hacia dónde van los coches de la autopista, dígame? Lo sé: van en columna hacia el este de Angola con un grupo de príncipes dentro: Boaventura, Alves, Licínio, Matosinhos: aún seguimos nosotros por aquí, los ataúdes no nos han pillado, no clavaron en ellos la medalla con el número mecanografiado y el grupo sanguíneo que llevábamos al cuello. Tantos cabellos canosos, qué extraño: nos disfrazaron de señores pero, en el fondo, ninguno de nosotros ha cambiado. No te preocupes por mí, exigió Christian, con un olfato tan certero para descubrir talentos. Tranquilo, que no me preocupo: cuando no haya más coches en la autopista me levanto y me voy a la cama. Sin mirarme al espejo, claro, porque en el espejo está Gene Kelly bailando. Y Groucho Marx revirando los ojos. Y los labios, magullados por la trompeta, de Louis Armstrong. Y Tony Benett arrancando con la orquesta: a todos vosotros, que me hicisteis feliz, que Dios Nuestro Señor os dé salud y buena suerte. Y me quedo aquí levantando a escondidas, con miedo, sin elegancia alguna, la lona de la última camioneta.

Traducción de Mario Merlino.

El País/ BABELIA 7-1-2006


Enllaços:

António Lobo Antunes
blog sobre António Lobo Antunes

diumenge, de desembre 11, 2005

Diumenge, 11 de desembre

Guepard: "Mamífer de l'ordre dels carnívors fissípedes i de la família dels fèlids (Acinonyx jubatus), de tronc esvelt, cap petit, potes altes i pelatge curt i de color groc terrós amb taques negres, que és el més ràpid dels mamífers"(DLLC).

Guepardos

Manuel Vicent

guepard Algunos movimientos que ejecuta Ronaldinho en el campo los he visto a menudo en los reportajes del National Geographic: así corren los guepardos cuando cazan. Los grandes felinos tienen una cola larga y musculosa que les sirve de timón basculante en la persecución de la presa. Antes de entregarse a sus garras la gacela efectúa toda clase de quiebros y alguno de ellos acabaría echando a rodar por la pradera el cuerpo del guepardo si éste no usara el rabo como instrumento para ceñir su fulgurante velocidad a los resortes eléctricos que le marca la presa. Aunque no se le vea, Ronaldinho tiene la misma cola de los grandes felinos. Otros futbolistas también la tienen. Eto'o ya es todo él una pantera negra. Estos jugadores se adentran en el área como en la selva donde los defensas descargan toda clase de hachazos. En ese momento Ronaldinho saca el timón de cola que le permite frenar en seco, arrancar un segundo después con la quinta marcha, bascular la cadera con la barbilla alta sin mirar la pelota y en el instante preciso pasarla a Eto'o para que la pantera que éste lleva dentro se desdoble del propio cuerpo del jugador para dar el último zarpazo al portero. En medio de una lluvia de tarascadas a simple vista parece que ellos son las inocentes presas cuando, en realidad, son los predadores. Ciertamente los futbolistas se dividen en dos: los que tienen rabo de felino y los que no lo tienen. Lo tenía Garrincha, Pelé, Maradona, Cruyff y Platini. Están a punto de perderlo Ronaldo y Zidane. Por otro lado, Aimar y Robinho tienen timón de cola, aunque les falta cuerpo. En los grandes deportistas la acción se confunde con el pensamiento, pero el rabo de felino rige también en otros órdenes de la vida, según la práctica de la educación anglosajona. En los colegios británicos los principios morales que deben aplicarse a la conducta se extraen del deporte. Para convertirse en una estrella de la política o de las finanzas hay que combinar el zarpazo con el swing, la fiereza con las formas. Esa cintura ondulante que se gobierna desde el timón de cola, la ha tenido Adolfo Suárez, Felipe González y Jordi Pujol, pero no Fraga, Arzallus ni Aznar. La tiene Gallardón y Rodrigo Rato; no la tiene Rajoy. Del rabo de felino se sirven también algunos empresarios para abatirse sobre la presa y fijarla bien con las garras. La devoran y luego sonríen melifluamente mientras el público ovaciona la jugada. Así lo hace Ronaldinho, así lo hace también el gato después de comerse al canario.

El País/11-12-05

dijous, de desembre 08, 2005

Dijous, 8 de desembre

"Sometimes you feel you have the truth of a moment in your hand, then it slips through your fingers and is lost"

ELPAIS.es

 Harold Pinter. Discurs d'acceptació del premi Nobel de Literatura

In 1958 I wrote the following: ‘There are no hard distinctions between what is real and what is unreal, nor between what is true and what is false. A thing is not necessarily either true or false; it can be both true and false.’ I believe that these assertions still make sense and do still apply to the exploration of reality through art. So as a writer I stand by them but as a citizen I cannot. As a citizen I must ask: What is true? What is false? Truth in drama is forever elusive. You never quite find it but the search for it is compulsive. The search is clearly what drives the endeavour. The search is your task. More often than not you stumble upon the truth in the dark, colliding with it or just glimpsing an image or a shape which seems to correspond to the truth, often without realising that you have done so. But the real truth is that there never is any such thing as one truth to be found in dramatic art. There are many. These truths challenge each other, recoil from each other, reflect each other, ignore each other, tease each other, are blind to each other. Sometimes you feel you have the truth of a moment in your hand, then it slips through your fingers and is lost. I have often been asked how my plays come about. I cannot say. Nor can I ever sum up my plays, except to say that this is what happened. That is what they said. That is what they did. Most of the plays are engendered by a line, a word or an image. The given word is often shortly followed by the image. I shall give two examples of two lines which came right out of the blue into my head, followed by an image, followed by me. The plays are The Homecoming and Old Times. The first line of The Homecoming is ‘What have you done with the scissors?’ The first line of Old Times is ‘Dark.’ In each case I had no further information. In the first case someone was obviously looking for a pair of scissors and was demanding their whereabouts of someone else he suspected had probably stolen them. But I somehow knew that the person addressed didn’t give a damn about the scissors or about the questioner either, for that matter. ‘Dark’ I took to be a description of someone’s hair, the hair of a woman, and was the answer to a question. In each case I found myself compelled to pursue the matter. This happened visually, a very slow fade, through shadow into light. I always start a play by calling the characters A, B and C.

In the play that became The Homecoming I saw a man enter a stark room and ask his question of a younger man sitting on an ugly sofa reading a racing paper. I somehow suspected that A was a father and that B was his son, but I had no proof. This was however confirmed a short time later when B (later to become Lenny) says to A (later to become Max), ‘Dad, do you mind if I change the subject? I want to ask you something. The dinner we had before, what was the name of it? What do you call it? Why don’t you buy a dog? You’re a dog cook. Honest. You think you’re cooking for a lot of dogs.’ So since B calls A ‘Dad’ it seemed to me reasonable to assume that they were father and son. A was also clearly the cook and his cooking did not seem to be held in high regard. Did this mean that there was no mother? I didn’t know. But, as I told myself at the time, our beginnings never know our ends. ‘Dark.’ A large window. Evening sky. A man, A (later to become Deeley), and a woman, B (later to become Kate), sitting with drinks. ‘Fat or thin?’ the man asks. Who are they talking about? But I then see, standing at the window, a woman, C (later to become Anna), in another condition of light, her back to them, her hair dark. It’s a strange moment, the moment of creating characters who up to that moment have had no existence. What follows is fitful, uncertain, even hallucinatory, although sometimes it can be an unstoppable avalanche. The author’s position is an odd one. In a sense he is not welcomed by the characters. The characters resist him, they are not easy to live with, they are impossible to define. You certainly can’t dictate to them. To a certain extent you play a never-ending game with them, cat and mouse, blind man’s buff, hide and seek. But finally you find that you have people of flesh and blood on your hands, people with will and an individual sensibility of their own, made out of component parts you are unable to change, manipulate or distort. So language in art remains a highly ambiguous transaction, a quicksand, a trampoline, a frozen pool which might give way under you, the author, at any time. But as I have said, the search for the truth can never stop. It cannot be adjourned, it cannot be postponed. It has to be faced, right there, on the spot. Political theatre presents an entirely different set of problems. Sermonising has to be avoided at all cost. Objectivity is essential. The characters must be allowed to breathe their own air. The author cannot confine and constrict them to satisfy his own taste or disposition or prejudice. He must be prepared to approach them from a variety of angles, from a full and uninhibited range of perspectives, take them by surprise, perhaps, occasionally, but nevertheless give them the freedom to go which way they will. This does not always work. And political satire, of course, adheres to none of these precepts, in fact does precisely the opposite, which is its proper function.

In my play The Birthday Party I think I allow a whole range of options to operate in a dense forest of possibility before finally focussing on an act of subjugation. Mountain Language pretends to no such range of operation. It remains brutal, short and ugly. But the soldiers in the play do get some fun out of it. One sometimes forgets that torturers become easily bored. They need a bit of a laugh to keep their spirits up. This has been confirmed of course by the events at Abu Ghraib in Baghdad. Mountain Language lasts only 20 minutes, but it could go on for hour after hour, on and on and on, the same pattern repeated over and over again, on and on, hour after hour. Ashes to Ashes, on the other hand, seems to me to be taking place under water. A drowning woman, her hand reaching up through the waves, dropping down out of sight, reaching for others, but finding nobody there, either above or under the water, finding only shadows, reflections, floating; the woman a lost figure in a drowning landscape, a woman unable to escape the doom that seemed to belong only to others. But as they died, she must die too. Political language, as used by politicians, does not venture into any of this territory since the majority of politicians, on the evidence available to us, are interested not in truth but in power and in the maintenance of that power. To maintain that power it is essential that people remain in ignorance, that they live in ignorance of the truth, even the truth of their own lives. What surrounds us therefore is a vast tapestry of lies, upon which we feed. As every single person here knows, the justification for the invasion of Iraq was that Saddam Hussein possessed a highly dangerous body of weapons of mass destruction, some of which could be fired in 45 minutes, bringing about appalling devastation. We were assured that was true. It was not true. We were told that Iraq had a relationship with Al Quaeda and shared responsibility for the atrocity in New York of September 11th 2001. We were assured that this was true. It was not true. We were told that Iraq threatened the security of the world. We were assured it was true. It was not true. The truth is something entirely different. The truth is to do with how the United States understands its role in the world and how it chooses to embody it. But before I come back to the present I would like to look at the recent past, by which I mean United States foreign policy since the end of the Second World War. I believe it is obligatory upon us to subject this period to at least some kind of even limited scrutiny, which is all that time will allow here. Everyone knows what happened in the Soviet Union and throughout Eastern Europe during the post-war period: the systematic brutality, the widespread atrocities, the ruthless suppression of independent thought. All this has been fully documented and verified. But my contention here is that the US crimes in the same period have only been superficially recorded, let alone documented, let alone acknowledged, let alone recognised as crimes at all. I believe this must be addressed and that the truth has considerable bearing on where the world stands now. Although constrained, to a certain extent, by the existence of the Soviet Union, the United States’ actions throughout the world made it clear that it had concluded it had carte blanche to do what it liked. Direct invasion of a sovereign state has never in fact been America’s favoured method. In the main, it has preferred what it has described as ‘low intensity conflict’. Low intensity conflict means that thousands of people die but slower than if you dropped a bomb on them in one fell swoop. It means that you infect the heart of the country, that you establish a malignant growth and watch the gangrene bloom. When the populace has been subdued – or beaten to death – the same thing – and your own friends, the military and the great corporations, sit comfortably in power, you go before the camera and say that democracy has prevailed. This was a commonplace in US foreign policy in the years to which I refer. The tragedy of Nicaragua was a highly significant case. I choose to offer it here as a potent example of America’s view of its role in the world, both then and now. I was present at a meeting at the US embassy in London in the late 1980s. The United States Congress was about to decide whether to give more money to the Contras in their campaign against the state of Nicaragua. I was a member of a delegation speaking on behalf of Nicaragua but the most important member of this delegation was a Father John Metcalf. The leader of the US body was Raymond Seitz (then number two to the ambassador, later ambassador himself). Father Metcalf said: ‘Sir, I am in charge of a parish in the north of Nicaragua. My parishioners built a school, a health centre, a cultural centre. We have lived in peace. A few months ago a Contra force attacked the parish. They destroyed everything: the school, the health centre, the cultural centre. They raped nurses and teachers, slaughtered doctors, in the most brutal manner. They behaved like savages. Please demand that the US government withdraw its support from this shocking terrorist activity.’ Raymond Seitz had a very good reputation as a rational, responsible and highly sophisticated man. He was greatly respected in diplomatic circles. He listened, paused and then spoke with some gravity. ‘Father,’ he said, ‘let me tell you something. In war, innocent people always suffer.’ There was a frozen silence. We stared at him. He did not flinch.

Innocent people, indeed, always suffer. Finally somebody said: ‘But in this case “innocent people” were the victims of a gruesome atrocity subsidised by your government, one among many. If Congress allows the Contras more money further atrocities of this kind will take place. Is this not the case? Is your government not therefore guilty of supporting acts of murder and destruction upon the citizens of a sovereign state?’ Seitz was imperturbable. ‘I don’t agree that the facts as presented support your assertions,’ he said. As we were leaving the Embassy a US aide told me that he enjoyed my plays. I did not reply. I should remind you that at the time President Reagan made the following statement: ‘The Contras are the moral equivalent of our Founding Fathers.’ The United States supported the brutal Somoza dictatorship in Nicaragua for over 40 years. The Nicaraguan people, led by the Sandinistas, overthrew this regime in 1979, a breathtaking popular revolution. The Sandinistas weren’t perfect. They possessed their fair share of arrogance and their political philosophy contained a number of contradictory elements. But they were intelligent, rational and civilised. They set out to establish a stable, decent, pluralistic society. The death penalty was abolished. Hundreds of thousands of poverty-stricken peasants were brought back from the dead. Over 100,000 families were given title to land. Two thousand schools were built. A quite remarkable literacy campaign reduced illiteracy in the country to less than one seventh. Free education was established and a free health service. Infant mortality was reduced by a third. Polio was eradicated. The United States denounced these achievements as Marxist/Leninist subversion. In the view of the US government, a dangerous example was being set. If Nicaragua was allowed to establish basic norms of social and economic justice, if it was allowed to raise the standards of health care and education and achieve social unity and national self respect, neighbouring countries would ask the same questions and do the same things. There was of course at the time fierce resistance to the status quo in El Salvador. I spoke earlier about ‘a tapestry of lies’ which surrounds us. President Reagan commonly described Nicaragua as a ‘totalitarian dungeon´. This was taken generally by the media, and certainly by the British government, as accurate and fair comment. But there was in fact no record of death squads under the Sandinista government. There was no record of torture. There was no record of systematic or official military brutality. No priests were ever murdered in Nicaragua. There were in fact three priests in the government, two Jesuits and a Maryknoll missionary. The totalitarian dungeons were actually next door, in El Salvador and Guatemala. The United States had brought down the democratically elected government of Guatemala in 1954 and it is estimated that over 200,000 people had been victims of successive military dictatorships. Six of the most distinguished Jesuits in the world were viciously murdered at the Central American University in San Salvador in 1989 by a battalion of the Alcatl regiment trained at Fort Benning, Georgia, USA. That extremely brave man Archbishop Romero was assassinated while saying mass. It is estimated that 75,000 people died. Why were they killed? They were killed because they believed a better life was possible and should be achieved. That belief immediately qualified them as communists. They died because they dared to question the status quo, the endless plateau of poverty, disease, degradation and oppression, which had been their birthright. The United States finally brought down the Sandinista government. It took some years and considerable resistance but relentless economic persecution and 30,000 dead finally undermined the spirit of the Nicaraguan people. They were exhausted and poverty stricken once again. The casinos moved back into the country. Free health and free education were over. Big business returned with a vengeance. ‘Democracy’ had prevailed. But this ‘policy’ was by no means restricted to Central America. It was conducted throughout the world. It was never-ending. And it is as if it never happened. The United States supported and in many cases engendered every right wing military dictatorship in the world after the end of the Second World War. I refer to Indonesia, Greece, Uruguay, Brazil, Paraguay, Haiti, Turkey, the Philippines, Guatemala, El Salvador, and, of course, Chile. The horror the United States inflicted upon Chile in 1973 can never be purged and can never be forgiven. Hundreds of thousands of deaths took place throughout these countries. Did they take place? And are they in all cases attributable to US foreign policy? The answer is yes they did take place and they are attributable to American foreign policy. But you wouldn’t know it. It never happened. Nothing ever happened. Even while it was happening it wasn’t happening. It didn’t matter. It was of no interest. The crimes of the United States have been systematic, constant, vicious, remorseless, but very few people have actually talked about them. You have to hand it to America. It has exercised a quite clinical manipulation of power worldwide while masquerading as a force for universal good. It’s a brilliant, even witty, highly successful act of hypnosis.

I put to you that the United States is without doubt the greatest show on the road. Brutal, indifferent, scornful and ruthless it may be but it is also very clever. As a salesman it is out on its own and its most saleable commodity is self love. It’s a winner. Listen to all American presidents on television say the words, ‘the American people’, as in the sentence, ‘I say to the American people it is time to pray and to defend the rights of the American people and I ask the American people to trust their president in the action he is about to take on behalf of the American people.’ It’s a scintillating stratagem. Language is actually employed to keep thought at bay. The words ‘the American people’ provide a truly voluptuous cushion of reassurance. You don’t need to think. Just lie back on the cushion. The cushion may be suffocating your intelligence and your critical faculties but it’s very comfortable. This does not apply of course to the 40 million people living below the poverty line and the 2 million men and women imprisoned in the vast gulag of prisons, which extends across the US. The United States no longer bothers about low intensity conflict. It no longer sees any point in being reticent or even devious. It puts its cards on the table without fear or favour. It quite simply doesn’t give a damn about the United Nations, international law or critical dissent, which it regards as impotent and irrelevant. It also has its own bleating little lamb tagging behind it on a lead, the pathetic and supine Great Britain. What has happened to our moral sensibility? Did we ever have any? What do these words mean? Do they refer to a term very rarely employed these days – conscience? A conscience to do not only with our own acts but to do with our shared responsibility in the acts of others? Is all this dead? Look at Guantanamo Bay. Hundreds of people detained without charge for over three years, with no legal representation or due process, technically detained forever. This totally illegitimate structure is maintained in defiance of the Geneva Convention. It is not only tolerated but hardly thought about by what’s called the ‘international community’. This criminal outrage is being committed by a country, which declares itself to be ‘the leader of the free world’. Do we think about the inhabitants of Guantanamo Bay? What does the media say about them? They pop up occasionally – a small item on page six. They have been consigned to a no man’s land from which indeed they may never return. At present many are on hunger strike, being force-fed, including British residents. No niceties in these force-feeding procedures. No sedative or anaesthetic. Just a tube stuck up your nose and into your throat. You vomit blood. This is torture. What has the British Foreign Secretary said about this? Nothing. What has the British Prime Minister said about this? Nothing. Why not? Because the United States has said: to criticise our conduct in Guantanamo Bay constitutes an unfriendly act. You’re either with us or against us. So Blair shuts up.

The invasion of Iraq was a bandit act, an act of blatant state terrorism, demonstrating absolute contempt for the concept of international law. The invasion was an arbitrary military action inspired by a series of lies upon lies and gross manipulation of the media and therefore of the public; an act intended to consolidate American military and economic control of the Middle East masquerading – as a last resort – all other justifications having failed to justify themselves – as liberation. A formidable assertion of military force responsible for the death and mutilation of thousands and thousands of innocent people. We have brought torture, cluster bombs, depleted uranium, innumerable acts of random murder, misery, degradation and death to the Iraqi people and call it ‘bringing freedom and democracy to the Middle East’. How many people do you have to kill before you qualify to be described as a mass murderer and a war criminal? One hundred thousand? More than enough, I would have thought. Therefore it is just that Bush and Blair be arraigned before the International Criminal Court of Justice. But Bush has been clever. He has not ratified the International Criminal Court of Justice. Therefore if any American soldier or for that matter politician finds himself in the dock Bush has warned that he will send in the marines. But Tony Blair has ratified the Court and is therefore available for prosecution. We can let the Court have his address if they’re interested. It is Number 10, Downing Street, London. Death in this context is irrelevant. Both Bush and Blair place death well away on the back burner. At least 100,000 Iraqis were killed by American bombs and missiles before the Iraq insurgency began. These people are of no moment. Their deaths don’t exist. They are blank. They are not even recorded as being dead. ‘We don’t do body counts,’ said the American general Tommy Franks. Early in the invasion there was a photograph published on the front page of British newspapers of Tony Blair kissing the cheek of a little Iraqi boy. ‘A grateful child,’ said the caption. A few days later there was a story and photograph, on an inside page, of another four-year-old boy with no arms. His family had been blown up by a missile. He was the only survivor. ‘When do I get my arms back?’ he asked. The story was dropped. Well, Tony Blair wasn’t holding him in his arms, nor the body of any other mutilated child, nor the body of any bloody corpse. Blood is dirty. It dirties your shirt and tie when you’re making a sincere speech on television. The 2,000 American dead are an embarrassment. They are transported to their graves in the dark. Funerals are unobtrusive, out of harm’s way. The mutilated rot in their beds, some for the rest of their lives. So the dead and the mutilated both rot, in different kinds of graves.

Here is an extract from a poem by Pablo Neruda, ‘I’m Explaining a Few Things’: And one morning all that was burning, one morning the bonfires leapt out of the earth devouring human beings and from then on fire, gunpowder from then on, and from then on blood. Bandits with planes and Moors, bandits with finger-rings and duchesses, bandits with black friars spattering blessings came through the sky to kill children and the blood of children ran through the streets without fuss, like children’s blood. Jackals that the jackals would despise stones that the dry thistle would bite on and spit out, vipers that the vipers would abominate. Face to face with you I have seen the blood of Spain tower like a tide to drown you in one wave of pride and knives. Treacherous generals: see my dead house, look at broken Spain: from every house burning metal flows instead of flowers from every socket of Spain Spain emerges and from every dead child a rifle with eyes and from every crime bullets are born which will one day find the bull’s eye of your hearts. And you will ask: why doesn’t his poetry speak of dreams and leaves and the great volcanoes of his native land. Come and see the blood in the streets. Come and see the blood in the streets. Come and see the blood in the streets!*

Let me make it quite clear that in quoting from Neruda’s poem I am in no way comparing Republican Spain to Saddam Hussein’s Iraq. I quote Neruda because nowhere in contemporary poetry have I read such a powerful visceral description of the bombing of civilians. I have said earlier that the United States is now totally frank about putting its cards on the table. That is the case. Its official declared policy is now defined as ‘full spectrum dominance’. That is not my term, it is theirs. ‘Full spectrum dominance’ means control of land, sea, air and space and all attendant resources. The United States now occupies 702 military installations throughout the world in 132 countries, with the honourable exception of Sweden, of course. We don’t quite know how they got there but they are there all right. The United States possesses 8,000 active and operational nuclear warheads. Two thousand are on hair trigger alert, ready to be launched with 15 minutes warning. It is developing new systems of nuclear force, known as bunker busters. The British, ever cooperative, are intending to replace their own nuclear missile, Trident. Who, I wonder, are they aiming at? Osama bin Laden? You? Me? Joe Dokes? China? Paris? Who knows? What we do know is that this infantile insanity – the possession and threatened use of nuclear weapons – is at the heart of present American political philosophy. We must remind ourselves that the United States is on a permanent military footing and shows no sign of relaxing it. Many thousands, if not millions, of people in the United States itself are demonstrably sickened, shamed and angered by their government’s actions, but as things stand they are not a coherent political force – yet. But the anxiety, uncertainty and fear which we can see growing daily in the United States is unlikely to diminish. I know that President Bush has many extremely competent speech writers but I would like to volunteer for the job myself. I propose the following short address which he can make on television to the nation. I see him grave, hair carefully combed, serious, winning, sincere, often beguiling, sometimes employing a wry smile, curiously attractive, a man’s man. ‘God is good. God is great. God is good. My God is good. Bin Laden’s God is bad. His is a bad God. Saddam’s God was bad, except he didn’t have one. He was a barbarian. We are not barbarians. We don’t chop people’s heads off. We believe in freedom. So does God. I am not a barbarian. I am the democratically elected leader of a freedom-loving democracy. We are a compassionate society. We give compassionate electrocution and compassionate lethal injection. We are a great nation. I am not a dictator. He is. I am not a barbarian. He is. And he is. They all are. I possess moral authority. You see this fist? This is my moral authority. And don’t you forget it.’ A writer’s life is a highly vulnerable, almost naked activity. We don’t have to weep about that. The writer makes his choice and is stuck with it. But it is true to say that you are open to all the winds, some of them icy indeed. You are out on your own, out on a limb. You find no shelter, no protection – unless you lie – in which case of course you have constructed your own protection and, it could be argued, become a politician. I have referred to death quite a few times this evening. I shall now quote a poem of my own called ‘Death’. Where was the dead body found? Who found the dead body? Was the dead body dead when found? How was the dead body found? Who was the dead body? Who was the father or daughter or brother Or uncle or sister or mother or son Of the dead and abandoned body? Was the body dead when abandoned? Was the body abandoned? By whom had it been abandoned? Was the dead body naked or dressed for a journey? What made you declare the dead body dead? Did you declare the dead body dead? How well did you know the dead body? How did you know the dead body was dead? Did you wash the dead body Did you close both its eyes Did you bury the body Did you leave it abandoned Did you kiss the dead body

When we look into a mirror we think the image that confronts us is accurate. But move a millimetre and the image changes. We are actually looking at a never-ending range of reflections. But sometimes a writer has to smash the mirror – for it is on the other side of that mirror that the truth stares at us. I believe that despite the enormous odds which exist, unflinching, unswerving, fierce intellectual determination, as citizens, to define the real truth of our lives and our societies is a crucial obligation which devolves upon us all. It is in fact mandatory. If such a determination is not embodied in our political vision we have no hope of restoring what is so nearly lost to us – the dignity of man. * from Pablo Neruda Tercera Residencia, “Explico Algunas Cosas” in Selected Poems by Pablo Neruda. Edited and translated by Nathaniel Tarn. Jonathan Cape, London 1970.

ELPAIS.es - Cultura - 07-12-2005

diumenge, de novembre 27, 2005

Divendres, 2 de desembre


Fotos antigues


foto Mirar fotografies antigues és una activitat que és preferible realitzar en la més estricta intimitat. Ens porta records i ens aboca a l'abisme del que èrem i volíem ser... i no som. Mentre ens mirem, ens reconeixem i desconeixem en silenci. I acabem preguntant-nos qui és més autèntic: el nen que vam deixar enrera o l'adult que ens acompanya.



Los pantalones tiroleses

Javier Marías

Por un azar que no viene al caso, me he visto obligado a buscar y mirar fotografías viejas, sobre todo de infancia y de primera juventud. La visión de algunas de ellas la he compartido con mi padre y mis hermanos y los hijos e hijas de éstos, mis sobrinos y sobrinas, veinteañeros ya en su mayoría. Y así como a ellos las imágenes de sus padres y tíos, de niños o de muy jóvenes, les producían una mezcla de euforia, retrospectiva ternura e hilaridad, a los propios fotografiados –y a mi padre, supongo– nos suscitaban, creo, una combinación algo distinta: también la hilaridad aparecía a veces, pero siempre teñida, quizá inevitablemente, de un poco de lástima, otro poco de vergüenza ocasional –una edad ingrata, una moda demasiado fechada y por consiguiente anticuada– y, de tanto en tanto, una extraña sensación de simultaneidad, o mejor dicho, de reconocimiento inmediato y de tiempo abolido. Esto último se daba principalmente cuando uno era capaz de saber al instante en qué momento y lugar fue captada la imagen, recordaba las circunstancias con precisión y hasta el estado de ánimo general, o, más en concreto, “olía” y “palpaba” la ropa que llevaba puesta. Por poner un ejemplo no comprometedor, si yo me veía en la diapositiva con los resistentes pantalones tiroleses que mi madrina Olga nos trajo a todos de Alemania y que nos duraron más de un curso, mi pensamiento reflejo venía a ser: “Ahí estoy con los pantalones tiroleses, con su reno de nácar en la pechera de los tirantes”, y no, como sí me ocurría ante otras fotos, “Ahí estoy con aquellos pantalones tiroleses …” La diferencia es notable: en el primer caso, durante unos segundos, aún creo poseer esa prenda y –lo que es más llamativo y desde luego más cómico– creo poder enfundarme en ella como lo hice tantos días hacia mis ocho años; en el segundo, dicha prenda es ya irremediable pasado, es ajena, sé perfectamente que no se encuentra ya en mi ropero y que nunca me la volveré a poner (ni siquiera en un excéntrico viaje a Baviera, donde hasta los adultos las gastan iguales).

He dicho que al mirar esas fotos viejas surge a menudo un elemento de lástima. No se me entienda mal: esa palabra no significa lo mismo que autocompasión, la cual, desde mi punto de vista, estaría fuera de lugar. No se trata de pensar en lo inocente que era uno entonces (que lo era, y es indiferente en qué fecha se ponga este “entonces”); no es que uno se vea a la luz de hoy y se apiade, por así decirlo, del desconocimiento que el niño o el joven tenía de los sinsabores que le aguardaban, porque también ignoraba las satisfacciones, y rara es la vida que no se compone de ambas cosas, de decepciones y de contento, o de entusiasmos y de pesares. El sentimiento paternalista hacia uno mismo conviene evitarlo, más que nada por incongruente y absurdo, pero asimismo por dañino e inútil. No sólo es ridículo enternecerse con quien uno fue y hasta cierto punto sigue siendo (cuando los pantalones son los, y no aquellos), sino que supone conferir al pasado una categoría superior a la del presente, y otro tanto al ignorar respecto al saber. Mirar con nostalgia los tiempos en que “aún no sabía”, o “aún creía”, o “aún esperaba” o “abrigaba tal ilusión”, sólo puede explicarse –pues es una costumbre casi universal– en una época como la nuestra, que glorifica la infancia, la hace durar más que nunca en la historia, la estira y alarga, e incluso la contagia o instila en quienes hace mucho que la debieron dejar atrás. Claro que todos (salvo quienes padecieron una niñez atroz) tenemos a veces la sensación de que ese es nuestro verdadero sitio y de que todo lo posterior son accidentes, imposturas y artificialidad, y de que al yo auténtico y original no lo han sucedido más que falsos yoes con los que en el fondo tenemos poco que ver. Es lo que ha llevado a más de un escritor cursi a afirmar que “lleva un niño dentro”, que “la patria es la infancia”, que por lo tanto uno es un perpetuo exiliado y demás baratijas que relucen en las entrevistas.

La lástima, en mi caso al menos, obedece más bien a lo contrario: lejos de llevar a ningún niño dentro (sería una gran lata, eso aparte), lo que uno cree ver en sus fotos o en sus recuerdos viejos es que el adulto que somos estaba ya contenido en el niño que fuimos, y además no era difícil de vislumbrar. Más de una vez he contado que, al conocer a alguien con quien voy a tener trato, antes o después, y para saber a qué atenerme, procuro imaginar cómo sería en su infancia y cómo nos habríamos llevado entonces, si habríamos sido amigos o no nos habríamos podido soportar. Lo que uno descubre al cabo del tiempo es que si alguien contiene a alguien, es el niño al futuro adulto y no al revés; y al mirar las imágenes uno no puede por menos de pensar en la carga que eso supone, en cierto sentido. Pero también aquí está fuera de lugar la autocompasión: durante toda la historia los niños han sido proyectos de adultos, y si se ha cuidado la infancia ha sido por lo mucho que configura e influye en lo que vendrá más tarde, que es lo que importa. Hoy, por el contrario, la importancia se le da a la infancia en sí misma, como si el único y descabellado plan de la humanidad fuera el de formar y forjar niños eternos, perennes. Y la verdad, menudo plan. Y así nos va.


EL PAIS SEMANAL - 27-11-2005