Diumenge, 1 de juny
Dónde huir en secreto
Javier Marías
“Mala suerte para los venecianos”, pensaba. Entonces había unos cuarenta mil (ahora unos treinta), pero era gente tan atareada como la de cualquier otro sitio, con las mismas obligaciones y bastantes más dificultades, al no haber allí tráfico rodado. “Es lo malo de tener una ciudad tan maravillosa: todo el mundo se considera no sólo con derecho a verla, sino a hacer uso de ella sin tener en cuenta a sus habitantes. Como si éstos no existieran ni tuvieran quehaceres, como si no necesitaran silencio, como si el lugar fuera sólo un escenario, un decorado desierto en el que cada turista puede actuar como le venga en gana”. Lo que no preveía era que esta manera bárbara y desconsiderada de visitar un sitio iba a convertirse en la norma y a afectar a todas las demás ciudades, o al menos a las más turísticas. Me contaba hace poco Manuel Rodríguez Rivero que en un viaje a Praga le habían insistido en que no intentara ver –menos aún atravesar– el famoso Puente de Carlos después de las siete de la mañana ni antes de las diez de la noche, porque las masas se lo impedirían. La mayor parte de la gente que va a Florencia ya no tiene oportunidad de sufrir el síndrome de Stendhal que este escritor describió, porque de las bellezas allí contenidas no logra ver apenas nada: los cuadros tapados por incontables cabezas –que no siempre cerebros–, los edificios pisoteados por las manadas. La última vez que estuve en Roma, mi visión del Panteón quedó alterada: tenía el hotel muy cerca, de modo que me pasaba a diario a muy diferentes horas, pero no hubo forma de sentir el espacio de su interior, como un vagón de metro en hora punta sólo que con mucho más griterío. No hace falta añadir que casi todas estas greyes no desean ver nada, están sólo preocupadas de hacerse fotos estúpidas con sus estúpidos móviles para luego poder decir la más estúpida frase de nuestros tiempos: “Yo estuve allí”. Ahora hay incluso un programa de televisión así titulado, que debe de ser el más estúpido de todos, porque a esa frase sólo cabe contestar: “¿Y? ¿Y qué, que usted estuviera allí? Eso no tiene ninguna importancia ni a usted se la agrega en absoluto. Estar hoy en cualquier parte está al alcance del más cenutrio. Viajar a los lugares ‘imprescindibles’ no distingue, sino que vulgariza”.
Madrid y Barcelona son también cada vez más turísticas, pero aquélla sufre la desventaja de que todos los españoles la consideran “suya” y adoptan cada vez más los vandálicos hábitos de quienes invadían Venecia. La gente la recorre en tropel chillando, cantando, batiendo palmas, y, como le queda una fama de ciudad “con marcha”, al final de la noche, para sentirla, acaba vomitando y orinando contra nuestras fachadas. Pero ocurre algo parecido en casi todas partes. Nadie se comporta ya como “visita” en Londres ni en París, en Budapest ni en Edimburgo, en Salamanca, Toledo, Sevilla o Granada. Todas son meros escenarios, decorados para el disfrute de los forasteros, a los que importa una higa el padecimiento de los habitantes. Sólo cabe ir a lugares que aún no sean turísticos, aunque eso está cada vez más difícil por culpa de suplementos como este o El Viajero del mismo diario, que no dejan piedra sin levantar y que van haciendo caer en manos de las hordas, uno por uno, todos los rincones agradables del globo.
Estuve hace poco, unos días, en una extraordinaria ciudad italiana. En parte lo es porque allí no han llegado esas hordas que impiden y se impiden ver todo, que ponen los pies sobre las mesas y arrojan sus excrecencias al suelo, que miran sin ver y sin que mirar ni ver les importe, porque lo hacen tan sólo a través de una cámara estúpida. Como es lógico, me callaré el nombre de esa ciudad, por si acaso algún día decido irme a vivir a ella.
El país semanal/1-6-08
enllaços: sketches/Jeremy Woolfe
Por la peculiaridad de su clima, de sus habitantes y de los turistas que la visitan, Barcelona se está convirtiendo en la capital europea de la chancleta. La llamen hawaiana o brasileña, lleve adheridos complementos de bisutería o no, tenga suela de goma o de cuero barnizado, los pies que nos rodean visten cada vez más esas formas primarias de calzado. Emparentadas con esta tendencia, y a un nivel superior en el escalafón pedestre, están las sandalias y sus múltiples variantes.