diumenge, de novembre 27, 2005

Divendres, 2 de desembre


Fotos antigues


foto Mirar fotografies antigues és una activitat que és preferible realitzar en la més estricta intimitat. Ens porta records i ens aboca a l'abisme del que èrem i volíem ser... i no som. Mentre ens mirem, ens reconeixem i desconeixem en silenci. I acabem preguntant-nos qui és més autèntic: el nen que vam deixar enrera o l'adult que ens acompanya.



Los pantalones tiroleses

Javier Marías

Por un azar que no viene al caso, me he visto obligado a buscar y mirar fotografías viejas, sobre todo de infancia y de primera juventud. La visión de algunas de ellas la he compartido con mi padre y mis hermanos y los hijos e hijas de éstos, mis sobrinos y sobrinas, veinteañeros ya en su mayoría. Y así como a ellos las imágenes de sus padres y tíos, de niños o de muy jóvenes, les producían una mezcla de euforia, retrospectiva ternura e hilaridad, a los propios fotografiados –y a mi padre, supongo– nos suscitaban, creo, una combinación algo distinta: también la hilaridad aparecía a veces, pero siempre teñida, quizá inevitablemente, de un poco de lástima, otro poco de vergüenza ocasional –una edad ingrata, una moda demasiado fechada y por consiguiente anticuada– y, de tanto en tanto, una extraña sensación de simultaneidad, o mejor dicho, de reconocimiento inmediato y de tiempo abolido. Esto último se daba principalmente cuando uno era capaz de saber al instante en qué momento y lugar fue captada la imagen, recordaba las circunstancias con precisión y hasta el estado de ánimo general, o, más en concreto, “olía” y “palpaba” la ropa que llevaba puesta. Por poner un ejemplo no comprometedor, si yo me veía en la diapositiva con los resistentes pantalones tiroleses que mi madrina Olga nos trajo a todos de Alemania y que nos duraron más de un curso, mi pensamiento reflejo venía a ser: “Ahí estoy con los pantalones tiroleses, con su reno de nácar en la pechera de los tirantes”, y no, como sí me ocurría ante otras fotos, “Ahí estoy con aquellos pantalones tiroleses …” La diferencia es notable: en el primer caso, durante unos segundos, aún creo poseer esa prenda y –lo que es más llamativo y desde luego más cómico– creo poder enfundarme en ella como lo hice tantos días hacia mis ocho años; en el segundo, dicha prenda es ya irremediable pasado, es ajena, sé perfectamente que no se encuentra ya en mi ropero y que nunca me la volveré a poner (ni siquiera en un excéntrico viaje a Baviera, donde hasta los adultos las gastan iguales).

He dicho que al mirar esas fotos viejas surge a menudo un elemento de lástima. No se me entienda mal: esa palabra no significa lo mismo que autocompasión, la cual, desde mi punto de vista, estaría fuera de lugar. No se trata de pensar en lo inocente que era uno entonces (que lo era, y es indiferente en qué fecha se ponga este “entonces”); no es que uno se vea a la luz de hoy y se apiade, por así decirlo, del desconocimiento que el niño o el joven tenía de los sinsabores que le aguardaban, porque también ignoraba las satisfacciones, y rara es la vida que no se compone de ambas cosas, de decepciones y de contento, o de entusiasmos y de pesares. El sentimiento paternalista hacia uno mismo conviene evitarlo, más que nada por incongruente y absurdo, pero asimismo por dañino e inútil. No sólo es ridículo enternecerse con quien uno fue y hasta cierto punto sigue siendo (cuando los pantalones son los, y no aquellos), sino que supone conferir al pasado una categoría superior a la del presente, y otro tanto al ignorar respecto al saber. Mirar con nostalgia los tiempos en que “aún no sabía”, o “aún creía”, o “aún esperaba” o “abrigaba tal ilusión”, sólo puede explicarse –pues es una costumbre casi universal– en una época como la nuestra, que glorifica la infancia, la hace durar más que nunca en la historia, la estira y alarga, e incluso la contagia o instila en quienes hace mucho que la debieron dejar atrás. Claro que todos (salvo quienes padecieron una niñez atroz) tenemos a veces la sensación de que ese es nuestro verdadero sitio y de que todo lo posterior son accidentes, imposturas y artificialidad, y de que al yo auténtico y original no lo han sucedido más que falsos yoes con los que en el fondo tenemos poco que ver. Es lo que ha llevado a más de un escritor cursi a afirmar que “lleva un niño dentro”, que “la patria es la infancia”, que por lo tanto uno es un perpetuo exiliado y demás baratijas que relucen en las entrevistas.

La lástima, en mi caso al menos, obedece más bien a lo contrario: lejos de llevar a ningún niño dentro (sería una gran lata, eso aparte), lo que uno cree ver en sus fotos o en sus recuerdos viejos es que el adulto que somos estaba ya contenido en el niño que fuimos, y además no era difícil de vislumbrar. Más de una vez he contado que, al conocer a alguien con quien voy a tener trato, antes o después, y para saber a qué atenerme, procuro imaginar cómo sería en su infancia y cómo nos habríamos llevado entonces, si habríamos sido amigos o no nos habríamos podido soportar. Lo que uno descubre al cabo del tiempo es que si alguien contiene a alguien, es el niño al futuro adulto y no al revés; y al mirar las imágenes uno no puede por menos de pensar en la carga que eso supone, en cierto sentido. Pero también aquí está fuera de lugar la autocompasión: durante toda la historia los niños han sido proyectos de adultos, y si se ha cuidado la infancia ha sido por lo mucho que configura e influye en lo que vendrá más tarde, que es lo que importa. Hoy, por el contrario, la importancia se le da a la infancia en sí misma, como si el único y descabellado plan de la humanidad fuera el de formar y forjar niños eternos, perennes. Y la verdad, menudo plan. Y así nos va.


EL PAIS SEMANAL - 27-11-2005

dissabte, de novembre 26, 2005

Dissabte, 26 de novembre

Pedro Páramo

Margo Glantz

Juan Rulfo Uno. Sabemos que Juan Rulfo es autor de El llano en llamas, cuentos; una novela, Pedro Páramo; algunos guiones de cine, El gallo de oro, La fórmula secreta... Fragmentos de novelas destruidas, Los hijos del desaliento, La cordillera; un relato 'La vida no es muy seria en sus cosas'. Además de numerosas, magníficas, fotografías.

Dos. Sus textos presentan numerosas variantes en las sucesivas ediciones que tuvieron, un esfuerzo persistente para suprimir lo inútil. En alguna de sus entrevistas explica sobre Pedro Páramo: "Ahora, también la intención fue... quitarle las explicaciones. Era un libro un poco didáctico, casi pedagógico: daba clases de moral y yo no sé cuántas cosas y todo eso tuve que eliminarlo porque soy muy moralista y además... sí, fui dejando algunos hilos colgando para que el lector los completara... Si el lector no coopera, no lo entiende; él tiene que añadirle lo que le falta. Y parece que así ha sido. Muchos le han añadido más de la cuenta pero creo que llena esa intención. Siempre hay una participación muy cercana del lector con el libro, y él se toma la libertad de ponerle lo que le falta. Eso a mí me gusta mucho".

Tres. "Hay palabras que el diccionario llamaría arcaísmos", volvió a decir en otra entrevista; "es que aún esos pueblos hablan el lenguaje del siglo XVI. Ahora, como usted dice, no se trata de un retrato de ese lenguaje; está transpuesto, inventado, más bien habría de decir: recuperado".

Rulfo solía fabular también en sus entrevistas y lo hacía con delectación; con todo, reiteraba en ocasiones ciertas ideas, sirven de asidero y como los hablantes pueblerinos de su infancia, protagonistas indudables de sus narraciones, utilizaba un lenguaje "hermético" y a la vez sencillo. Traducir ese hermetismo fue uno de sus objetivos. Rulfo elimina palabras, corrige otras, cambia signos de puntuación con el deseo de alcanzar una mayor expresividad semántica y sonora para recrear una oralidad singular, la que reproduce un habla cuyos vocablos parecen vestigios de otros tiempos, en realidad una construcción, un "delicado ajuste verbal" como hubiera dicho Borges. A ese trabajo lo denomina "ejercitar un estilo", o, simplemente, "evitar la retórica", "matar al adjetivo, pelearme con el".

Gracias a la publicación de sus borradores en Los cuadernos de Juan Rulfo (1994) verificamos que, en el proceso de su escritura, Pedro Páramo se fue decantando y despojando de cualquier excrecencia explicativa o hasta narrativa. Y en esos cambios estructurales, que burlonamente Rulfo achacaba a sus editores, predomina la eliminación de cualquier palabra o acción que nulificara el impacto de la muerte. En los Cuadernos se observa, nítido, el procedimiento: se leen anécdotas, acciones y diálogos ya rulfianos, pero aún no sometidos a la operación de limpieza devastadora que les diera forma. Si se comparan esos borradores con los fragmentos que en Pedro Páramo estructuran la novela, se advierte que en ésta la discontinuidad cronológica y anecdótica les da sustento y sirve como contrapeso entre las palabras impresas y el silencio, mientras se va delimitando el ámbito narrativo, "... los muertos no tiene tiempo ni espacio. No se mueven en el tiempo ni en el espacio. Entonces así como aparecen se desvanecen".

En los Cuadernos cada fragmento iba titulado; en la novela se han liberado de esa carga, adquieren la ligereza necesaria para su indeterminación. Con la muerte pasa lo mismo. En el borrador llamado 'Después de la muerte', allí coleccionado, Rulfo se refiere a ella como un fenómeno natural, el de la degradación de la materia. Cuando en Pedro Páramo concluye el proceso a que ha sometido sus textos, dejándolos en vilo, devastados, consumidos, colindando con el silencio, la muerte se ha despojado también, se trata de una muerte física depurada, casi simbólica, ¿mineral?

El cuerpo simplemente se disuelve, como sucede con el cuerpo de Juan Preciado: "No había aire. Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre.

Digo para siempre".

O se pulveriza para formar parte del paisaje, como Pedro Páramo, quien al morir, "dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras".

La respuesta de Rulfo al desquicio de la geografía y el orden social cristaliza en una forma poética, la única que hubiera podido expresar esa profunda y definitiva escisión entre un modo de vida injusto pero organizado -el que impone Pedro Páramo- y otro totalmente calcinado, el que produjeron la Revolución y la Guerra Cristera. Se construye un espacio cuyos habitantes reales son las ánimas del purgatorio y el símil existe sólo como recurso descriptivo y no como fundamento textual. Comala es un pueblo habitado por almas en pena, de ninguna manera por almas muertas o fantasmas mágico-realistas. Las almas en pena siguen habitando Comala, son sus habitantes naturales, como si estuvieran vivos, a pesar de que sus casas estén derruidas, la yerba invada los quicios de las puertas y no haya límite entre la ciudad y el campo. Reducir Comala y sus habitantes a un infierno dantesco, convertirlos en arquetipo o simplemente en un mito de origen indígena, es resultado de una incomprensión y una abstracción universalista que sólo puede traducirse por "ajustes y dispositivos ideológicos" (Monsiváis).

La perpetuación de los estereotipos no explica la novela, sólo la desgasta y uniforma y la despoja de su singularidad.

El País/Babelia/ 26-11-05

Enllaç: Juan Rulfo

dissabte, de novembre 19, 2005

Dissabte, 19 de novembre

Mi colección de momentos

António Lobo Antunes


 No me gusta escribir en lugares confortables ni con bonitas vistas desde la ventana: es en una silla dura, frente a la pared, donde doy el do de pecho. Me complace trabajar en cocinas, desvanes, habitaciones de hotel con mesas inestables y los grabados más feos posible: me da igual el lugar siempre que no sea agradable. Durante años escribí sobre un tablero de mármol rajado, ahora lo hago sobre un tablero de cristal, gracias a Dios no siempre limpio, en un espacio helado en invierno y lleno de corrientes de aire en verano: hasta hoy he conseguido burlar la neumonía. Tampoco me quita el sueño dónde vivo, ni qué como, ni qué ropa me pongo. ¿Qué me importa entonces? Así de sopetón me importó cuando el tren en que iba, en Alemania, paró por la noche en una pequeña estación desierta y oí, en medio de la lluvia, un clarinete que sonaba en una casa invisible: me pareció que de repente entendía la vida y el mundo. ¿Qué música sería aquélla, casi sin nexo, transida entre las copas de los árboles, explicándome a mí mismo? O no música: más bien un hilillo de sonido. Aún debe de estar, cerca de Dortmund, siempre que un tren se queda por allí a la espera, en invierno, y la lluvia aumenta la sombra de los abetos. Me importan los cuervos de Ucrania sobre los campos de maíz. Un niño descalzo, con dos caballos cojos, entrevisto cerca de una iglesia antigua, en Rumania, bajando por una colina camino de un riachuelo: de vez en cuando uno de los caballos lamía el cuello del niño. Un borracho de Kazajistán cantando solo, arrimado a un muro, y sus largas barbas. Una señora de edad en una terraza de París, en cuya cara permanecían olvidados, aquí y allá, fragmentos de una belleza irrecuperable, semejantes a los restos de carteles que van palideciendo y rasgándose hasta mucho tiempo después de las elecciones. Ciertos escaparates suburbanos que nos ofrecen muñecos de cerámica

(pastoras, perritos, Quijotes)

polvorientos y patéticos, alineados en una orfandad de abandono. Esos perros que se dejaron lejos y vuelven humildes, enflaquecidos, pasados muchos días, a la casa donde vivieron, deteniéndose en el patio sin atreverse a entrar. Un oso de peluche, medio vacío de relleno, incitándonos

-Abrázame

con el ojo de cristal que queda. Las caderas vanidosas, hacia un lado y hacia otro, de los barquitos anclados, tan femeninos en sus meneos de cintura y, cómo no, ciertas olas que no acaban nunca y no nos llevan con ellas. La poetisa argentina Alfonsina Storni, cansada de esperarlas, decidió entrar en el mar e ir a su encuentro: qué otro remedio tuvieron las olas más que quedarse con su gorra, con todo el resto, con los versos que no tuvo tiempo de componer: tal vez los meneos de uno de los barquitos son los suyos. Y podría continuar la lista de lo que me importa durante horas mencionando, claro está, la frase que siempre me conmovió, de Charlotte Brontë en agonía, apretando la mano de su marido:

-No me voy a morir, ¿verdad? Hemos sido tan felices...

o Columbano Bordalo Pinheiro, uno de mis pintores, asomando, por momentos, de la somnolencia final, sorprendido:

-¿Aún estoy vivo?

Cosas de éstas, amargas o alegres, que me han ayudado a entender lo que soy, cómo soy, quién soy, y me iluminan cuando escribo: me bastan como lámparas, y también permiten ver hacia dentro fondos de pozo, sótanos, baúles, el gramófono con bocina al que se le daba cuerda con una manivela acodada, se colocaba la aguja roma, de acero, en el disco rayado, y la voz de Caruso, entre zumbidos y chasquidos, balbuciendo La Bohème, mientras la tía Madalena, abajo, regaba el jardín. Jack Dempsey, boxeador milagroso, en una revista amarilla. Un busto de Chopin, roto. Un ejemplar sin tapa del diario de la escritora George Sand, informando en cierto momento, a propósito del también escritor Mérimée:

"Lo tuve esta noche. No es gran cosa..."

(En el original: "J'ai eu Mérimée ce soir: c'est pas grand-chose...")

Y el olor a césped mojado elevándose hacia mí al atardecer. Vasos azules facetados en los que me ofrecían un traguito

(con la recomendación

-Sólo un traguito)

del anís que yo rondaba en la despensa como un ladrón. Tendrían que poder guardarse estos momentos en el banco para que rindan intereses. Y recibir el extracto a final de mes: en lugar del dinero un clarinete bajo la lluvia, una ola, la gorra de Alfonsina Storni y el olor a hierba mojada, el pobre Caruso intentando desprenderse del disco. Si el gestor de cuentas fuese listo, me informaría "este mes hay una ola más", "a finales de año espero conseguirle dos clarinetes", o "en seis meses, tal como están los mercados, Mérimée no va a desilusionar a la señora Sand". Y en el ejemplar sin tapa del diario, en lugar de

"Lo tuve esta noche. No es gran cosa..."

leeré

"Lo tuve esta noche. ¡Es estupendo!".

El País/ BABELIA - 19-11-2005

diumenge, de novembre 13, 2005

Diumege, 13 de novembre

Películas para periodistas

Carlos Fuentes

capote Las dos mejores películas que actualmente se exhiben en Estados Unidos tratan de manera importante temas que nos conciernen a todos. Los poderes y límites de la información. El derecho a la verdad y el derecho a la imaginación.

En Capote, el amanerado y narcisista autor de Desayuno en Tiffany abandona el circuito coctelero de Manhattan, desciende de los rascacielos verticales y se interna en la llanura sin horizontes de Kansas a fin de escribir la crónica de un crimen gratuito. Una familia de la clase media, los Clutter, han sido asesinados "a sangre fría" por dos hombres sin más oportunidad de sobresalir que ésta, atroz, de matar a los inocentes y esperar la notoriedad que su hazaña les conceda. Dos sociópatas, uno más inteligente que el otro, aguardan al cronista que haga legibles sus personalidades.

Tanto Truman Capote como los dos asesinos, Perry Smith y Dick Hickock, estaban hechos el uno para los otros. Los criminales deseaban, inocentes y perversos, salir del anonimato. El escritor, sabiéndose al final del ejercicio de cinismo decadente que le dio fama, necesitaba la ficción mayor de la realidad. Como un trío de ciegos perdidos en un laberinto, el escritor y sus personajes se encontraron sólo para perderse de nuevo. Perry y Dick en la horca. Truman Capote en su último gran éxito literario, antes de perderse, a su vez, en el alcoholismo y el chisme.

"Novela sin ficción", llamó Capote a su crónica del crimen. Algo más que un reportaje. Algo menos que una mentira. Pero en todo caso, un severo compromiso con la palabra. Es esto lo que le da un sentido informativo profundo a Capote. Los criminales quieren que su publicista inesperado, el famoso escritor, los salve de la horca. Quieren quedarse con la fama y la vida. Pero el escritor sólo puede prestarles su fama y arrancarles la vida. Esto es lo fascinante, lo terrible y lo alarmante de la relación. Truman Capote necesita que los criminales mueran para que su libro viva. Sin el dramático final en el cadalso, la obra de Capote quedaría inconclusa, apenas un asterisco, una nota roja. El escritor ha hurgado en la vida de sus personajes, los ha seducido, halagado, y al cabo, los ha traicionado. Ellos deben morir para que el libro tenga éxito.

Dudo mucho que haya un solo escritor (periodista o novelista) que no se sienta rozado por la verdad de Capote. ¿No sabemos todos que necesitamos la mala noticia para encabezar, editorializar o novelizar? ¿Qué sería de nosotros en un mundo paradisiaco, poblado sólo por ángeles? No hay noticia sin diablos. No hay novela sin demonios. Se necesita un genio cómico superior -Cervantes o Dickens- para crear personajes y situaciones en las que la bondad -Don Quijote, Pickwick- resulte interesante. Capote nos indaga a todos los que escribimos. Nos obliga a confrontar nuestra propia vanidad, nuestro egoísmo, nuestro engaño, por menores que sean comparados a la malicia mortal de Truman Capote.

 El otro lado de la medalla lo ofrece la película dirigida, en blanco y negro y mediante grandes acercamientos, por George Clooney, Buenas noches y buena suerte. Era la rúbrica del legendario reportero y editorialista de la CBS, Edward Murrow. A medida que, entre 1950 y 1954 el senador por Wisconsin, Joe McCarthy, atizaba su campaña contra las libertades públicas en nombre del anticomunismo, Murrow, con valentía moral y profesionalismo periodístico, salió como David a desafiar al abusivo y mendaz Goliat. En sus años de poder, McCarthy calumnió, denunció, fabricó pruebas falsas, y mandó al exilio, al suicidio, a la ruina y a la división a individuos y familias enteras. Le bastaba la denuncia seguida de la inquisición y la inquisición seguida de la delación. Escritores, actores, diplomáticos, periodistas. McCarthy segó a la inteligencia norteamericana. El que no fue víctima es porque fue delator.

Lo singular de la campaña anticomunista de McCarthy es que empleaba los mismos métodos de sus supuestos enemigos. Las purgas estalinistas de los años treinta son el modelo original de las purgas macartistas de los años cincuenta. Y como el fiscal Andrei Vichinsky en Moscú, McCarthy, en Washington, confiaba en amedrentar antes de juzgar y calumniar en vez de juzgar. Muchas fueron las víctimas. Muy pocos, los opositores. Entre éstos, destacó Edward Murrow y lo hizo desde una posición frágil y peligrosa. La CBS dependía, en grandísima medida, del aporte de sus anunciantes. Aunque en medida menor de la presión oficial. El presidente de la CBS, Bill Paley, manifestó sus temores a Murrow. Murrow escuchó las razones del jefe pero siguió adelante con las suyas. Paley respetó al periodista, aunque perdiera al anunciante. (Algo comparable sucedió en The Washington Post en 1974, cuando la dueña del periódico, Catherine Graham, respetó la libertad de sus reporteros, Carl Bernstein y Bob Woodward y de su director editorial, Bill Bradley, para perseguir el caso Wartergate que condujo a la ignominiosa caída del presidente Nixon).

A la postre, el senador McCarthy cayó en su propia trampa. A las críticas de Murrow no pudo responder sino con la eterna cantinela: el periodista era o había sido un comunista. Murrow demostró que esto no era cierto. Se mantuvo firme y esperó el inevitable momento en el que el senador, cegado por su propia arrogancia, montado sobre el silencio cobarde de los muchos y el sacrificio del honor ajeno, extendió la ilusión de su poder omnímodo al pantano de todos los errores: el favoritismo sin méritos e ilegal hacia sus secuaces, Roy Cohn y David Schine.

Alguacil alguacileado, McCarthy debió enfrentarse, inerme, a la misma justicia que había burlado. Juzgado y despojado de su posición, McCarthy ya no tuvo palabras para responder al juez Joseph Welch cuando éste le preguntó: "Dígame, senador, al fin y al cabo, ¿no tiene usted el menor sentido de la decencia?".

Estas dos películas arrojan una fría luz sobre el quehacer literario y periodístico. Hay que verlas con los ojos abiertos. Hacia el mundo y hacia nosotros mismos.

El Pais/ BABELIA - 12-11-2005

Enllaços:
Capote
Truman Capote
Edward Murrow
Good night and good luck

dijous, de novembre 10, 2005



Dijous, 10 de novembre

Pánico o victoria

Vicente Verdú

 La pesadumbre ¿puede crear prosperidad? Eric Fromm sostenía que provocar emociones luctuosas entre la población formaba parte de la estrategia del poder porque los ciudadanos decaídos suelen ser más fáciles de dirigir y manipular. Los tristes se conducen como animales dóciles y todavía más sumisos si se encuentran poseídos por una patología animal. De esta manera, se cierra la cadena de las cadenas alimentarias por la que circula el virus de la gripe aviar, el virus de la palmípeda y de la carne de gallina, asociada a la cobardía, el inhibicionismo y la necesidad de protección.

La cultura norteamericana, contagiada a todo el planeta ha difundido, antes de la cuestión aviar, un heterogéneo catálogo de asechanzas, desde los marcianos a los comunistas, desde el Ébola a Sadam Hussein. Primero fueron los medios de comunicación de masas y enseguida el miedo masivo como forma de mantener alimentadas a las empresas de comunicación. No hay mejor modo de ganar espectadores que la alarma. Los mass media han crecido y se han reproducido al compás de los géneros de terror, desde la ficticia guerra de los mundos hasta la guerra atómica, con o sin fundamento real.

El miedo anida fácilmente en el centro de las masas y su capacidad para crear acontecimiento lo convierte en valiosa materia prima del espectáculo, tentador recurso para los dramaturgos y los políticos o ya, a estas alturas, irresistible para cualquier institución o personalidad que aspire a alcanzar visibilidad total.

La comparecencia de los dirigentes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en la llamada Cumbre sobre Gripe Aviar esta semana es uno de los ejemplos más rotundos sobre la explotación del pánico de todos los tiempos. Ciertamente se han juntado muchas catástrofes naturales, ciertamente el terrorismo ha arrojado cientos de muertos sobre las primeras páginas y, de paso, sobre nuestro estado de humor. Pero lo peculiar de la OMS reside en generar dolor sin el acontecimiento, de sembrar el duelo sin haberse certificado la muerte.

Lo ha corroborado, en esas fechas, un alto dirigente del Banco Mundial, Milan Brahmbhatt, afirmando que "las principales pérdidas (de la gripe aviar) no vendrán por las enfermedades o por las muertes, sino por el miedo...". O inversamente: la mayor catástrofe no procederá de los destrozos físicos de la catástrofe sino de los efectos psíquicos de no haber sucedido todavía la catástrofe.

Conociendo todo esto, lo consecuente de un organismo como la OMS sería actuar sin dañar, hacer todo lo posible para propiciar el bienestar y no fomentar, a través de sus diagnósticos tristes, la máxima depresión. ¿Un movimiento calculado, pues, para facilitar los abusos del poder, del Banco Mundial y todos sus prójimos? No es probable que el cinismo llegue tan lejos. Pero el vedetismo sí. Porque ¿cómo no aprovechar el inesperado banquete de popularidad que proporciona el anuncio de la "ineluctable" pandemia? ¿La consumación de lo peor?

Un pollo en sí es bien poca cosa, pero justamente un pollo enfermo y letal para la especie humana es el rostro de lo siniestro. Lo más próximo y cotidiano, lo más común e inocente transmutado súbitamente en asesino en serie, ángel o gallo exterminador.

Las figuras del apocalipsis han sido evocadas en algunas publicaciones norteamericanas que repasan estos días desde la inundación de Nueva Orleans a la explosión de una dirty bomb sobre Nueva York. El mundo entero parece expuesto a la gran metamorfosis que seguirá a una hecatombe suprema. O, acaso, se encuentre en metamorfosis ya al compás del collar de cataclismos, tangibles e intangibles, físicos o espirituales, realizados o pronosticados, que han venido a coincidir y a contagiarse como la verdadera pandemia de nuestra cultura. Porque, de un lado, nada es tan contagioso como el pánico y tampoco nada es tan contemporáneo como la réplica, la reproducción, la clonación, el revival, la copia, el tumor, la victoria exponencial del virus.

EL PAÍS / 10-11-2005

diumenge, de novembre 06, 2005

Diumenge, 6 de novembre

Harriet

Manuel Vicent

tortugues Dejando a un lado a las amebas, que son inmortales, la criatura más vieja del planeta es la tortuga gigante Harriet, que va a cumplir 175 años. Vive en Australia, es hembra y todavía ovula. Se supone que esta tortuga nació en una de las islas Galápagos, y fue uno de los tres ejemplares que se trajo Darwin a Inglaterra, en 1836, al finalizar su expedición en el buque Beagle. Sus dos compañeras murieron a causa de las inclemencias del clima de Londres, pero Harriet fue trasladada a Australia, donde ahora, según cuentan, a veces saca la cabeza del caparazón y la vuelve a esconder enseguida porque no le interesa nada de lo que pasa en este perro mundo. No es el metabolismo, sino esta sabiduría la que le ha permitido vivir tantos años. Hasta que Darwin no estableció la Teoría de la Selección Natural, la mayoría de los geólogos se adherían a la Teoría de la Catástrofe, según la cual, en este planeta ha habido sucesivas creaciones de vida animal, que han sido destruidas por una catástrofe repentina, por inundación, terremoto u otra convulsión cualquiera. La última catástrofe fue el diluvio universal, que eliminó todas las formas de vida, excepto la de los seres que se refugiaron en el arca de Noé. Esta tesis afirma que las especies fueron creadas inmutables, una a una, sin capacidad para cambiar con el paso del tiempo, como algunas personas que todos conocemos. Pero la teoría de la selección natural afirma que las crías de cualquier especie compiten duramente por la supervivencia y las que sobreviven a este esfuerzo transmiten a la próxima generación algunas variaciones naturales para adaptarse al medio. Esta teoría de Darwin, extraída de la vida de ciertas tortugas, puede ser rebatida si uno analiza el comportamiento de algunos ejemplares humanos, que si bien no son galápagos, llevan a cuestas un caparazón inmutable. La tortuga Harriet es una futurista comparada con algunos políticos, con algunos obispos, con algunos jueces, que parece que acaban de abandonar el arca de Noé, dejando atrás del diluvio universal no más que sucesivos estratos de fósiles. Pero basta con mirar alrededor para comprobar que hay fósiles con traje y corbata que hablan en la tribuna del Congreso de los Diputados, presiden simposios, escriben en los periódicos e incluso toman el aperitivo a tu lado. A estos galápagos humanos no los estudió Darwin; en cambio, son los únicos seres que contradicen la evolución de las especies, aferrados como están a la tesis de la catástrofe.

EL PAÍS - Última - 06-11-2005

dissabte, de novembre 05, 2005

Dissabte, 5 de novembre

Azorín dixit

Miquel Alberola: "Azorín"

 El exordio de la discusión del estatuto catalán ha devuelto a José Martínez Ruiz, Azorín, al Congreso de los Diputados, en el que tan luminosas crónicas trazó (Impresiones parlamentarias) un siglo antes para el diario España. Fue un drástico nacionalista catalán quien lo devolvió a la Carrera de San Jerónimo para fortalecer con la prosa de este escritor valenciano su defensa de la diversidad nacional de España. La obra de Azorín ha dado mucho de sí en ese sentido, incluso en el contrario. Cualquiera que pretenda afirmar o negar cualquier cosa sobre Cataluña, incluso sobre la catalanidad de los valencianos, dispone de un amplio repertorio de referencias en sus páginas. Las utilizó Joan Fuster para simplificar su asunto (la "unidad profunda"), echando mano de una frase de Una hora de España', "Cataluña es Valencia, y es Alicante, y es Mallorca", y lo propio hizo J. Raimundo Bartrés para declararle "enemigo de Cataluña" por haber escrito en 1900 en el Madrid Cómico, bajo el "hiriente título" de Hidalgos y Ginoveses, donde, frente a la Cataluña "burguesa, regateadora del céntimo", exaltaba la Castilla "pobre, dadivosa". La vida de Azorín fue larga y sinuosa, pero la serenidad con la que afrontó el contraste ibérico es rectilínea. Frente a su propia exaltación de la España esencial de pícaros, lazarillos, boneterías y alfayates ambulantes, latía otra realidad que él consignó como sustancial en unos términos que hoy podrían considerarse inconvenientes. Lo hizo en el artículo La Agricultura, escrito en Torrijos y publicado en 1903 en El Globo. Sentado a una mesa con pegajoso mantel y enojado por una comida tan escasa como indigesta estalló: "¡Qué diferencia entre estos pueblos inactivos de la meseta y los pueblos rientes y vivos de Levante!". A lo que el supuesto comensal castellano con el que compartía hule contestó: "¡Como que son dos nacionalidades distintas y antagónicas!". Y añadió: "Las diferencias entre los españoles del Centro y los de las costas saltan a la vista. (...) El problema catalanista, en el fondo, no es más que la lucha de un pueblo fuerte y animoso con otro pueblo débil y pobre, al cual se encuentra unido por vínculos acaso transitorios". Claro, que entonces no existía la COPE.

EL PAÍS - 05-11-2005

dilluns, d’octubre 31, 2005

Dimarts, 1 de novembre

El maremoto de Lisboa y Cádiz

Portugal recuerda los 250 años del desastre natural que arrasó la capital

MIGUEL MORA - Lisboa

Lisboa Las crónicas cuentan que el Día de Todos los Santos de 1755 amaneció espléndido en Lisboa. Que las familias pudientes se fueron a pasar la fiesta a Sintra; que los menos ricos tenían encendidas velas en memoria de sus muertos o estaban en los cementerios rezando. Los grabados enseñan los barcos que navegaban por el Tajo. Detrás se adivina una ciudad caótica, apretada y soberbia, reflejo del próspero emporio comercial que era la Lisboa imperial.

Junto a las infraviviendas de la parte baja, cercana al río, y sus calles estrechas de diseño medieval, había docenas de palacios, la gran Catedral Vieja, iglesias grandes, medianas y menores, hospitales, conventos fastuosos, elegantes casas del Chiado recubiertas de azulejos. Por haber, había hasta un Teatro de la Ópera, orgullo de la metrópolis.

Hacia las 9.20 de aquella mañana, el Teatro Real do Paço da Ribeira, situado junto al actual Terreiro do Paço, quedó completamente destruido. Igual que el 85% de los edificios de Lisboa.En apenas dos minutos, la calma, la belleza y la riqueza de una de las ciudades más viejas y ricas de Occidente se convirtió en muerte, pánico y desolación.

El suelo tembló durante seis minutos y volvió a temblar dos veces más hasta un total de 17; la tierra se abrió en zanjas enormes; las velas produjeron incendios por toda la ciudad; los supervivientes bajaron hacia la Baixa, junto al Tajo, buscando refugio en los barcos. Un par de horas después, un maremoto con olas de entre 6 y 20 metros dejó a la vista el lecho del río e inundó la parte baja de la ciudad matando a muchos de los que se habían salvado.

Fredric Christian Sternleuw, un marino sueco, definió aquello como "el acontecimiento más trágico que hayan contemplado ojos humanos". Lo explicó así: "Unas horas antes de que la tierra se abriera, comenzó el mar a crecer con rapidez increíble. La mayor parte de los barcos se desprendió de las anclas y quedó a la deriva. Finalmente, el mar subió de tal modo que muchos barcos fueron arrastrados hasta tierra".

La memoria del desastre llena los periódicos e informativos en Portugal, que conmemora la fecha en plena crisis económica y de ánimo. Hay actos oficiales (algunos han sido retrasados por falta de liquidez), exposiciones como Tembló la tierra, tembló el pensamiento, conciertos...

Hoy, 250 años después, el célebre terremoto de Lisboa ha perdido quizá caché en el penoso ranking de desastres. Pero sigue teniendo una importancia mítica. El que fuera el primer maremoto de la historia moderna cambió para siempre el concepto de catástrofe. Fue un terremoto muy letal, se sintió en casi toda Europa y acabó trastocando la mentalidad de la época, convirtiéndose en la antesala del terremoto revolucionario que explotaría unos años después.

Sólo en Lisboa acabó con la vida de entre 50.000 y 90.000 habitantes de los 250.000 que tenía la ciudad; pero en España produjo al menos 1.275 muertos y cuantiosos daños. En Sevilla hubo nueve víctimas, dañó el 89% de las viviendas y afectó a la Giralda. En Madrid cayó una cruz de una fachada ocasionando la muerte de dos niños

El maremoto posterior destruyó numerosas poblaciones del Algarve y afectó gravemente a las costas de Marruecos, Huelva y Cádiz. Sólo en Ayamonte murieron 1.000 personas; en Cádiz el mar rompió las murallas, invadió la población tres veces y ocasionó numerosas víctimas. Conil fue destruida, Sanlúcar de Barrameda, El Puerto de Santa María y Jerez de la Frontera sufrieron víctimas y desperfectos.

Las olas llegaron hasta Martinica, Barbados, América del Sur, Finlandia... Y la onda de choque hasta Voltaire, Kant y Rousseau. Los filósofos de la Ilustración se encargaron de subrayar que aquella desgracia que muchos atribuían a un castigo divino era un desastre natural que reflejaba la fragilidad humana ante la naturaleza.

Pero aquel pensamiento laico y escéptico olvidaba la capacidad del hombre para convertir la tragedia en motor de progreso. Arquitectos, ingenieros y urbanistas, a las órdenes de políticos como el marqués de Pombal, empezaron a reconstruir la ciudad. Lisboa organizó un plan de reconstrucción basado en la austeridad, la sobriedad y la resistencia a los seísmos.

Lejos de abandonar a los heridos, el Estado tomó conciencia de la palabra solidaridad. Pombal, ministro principal del rey José I, respondió a quien le preguntó qué hacer: "Cuidar de los vivos, enterrar a los muertos". Ni Dios ni el diablo tenían nada que ver con la tragedia que trajo la destrucción y, enseguida, la modernidad al país.

EL PAÍS - Última - 31-10-2005

dimecres, d’octubre 19, 2005

Dimecres, 19 d'octubre

Un prodigi de supervivència: "eduardoharotecglen.net"


E. Haro Tecglen "Un prodigio de supervivencia. Así titularía Haro Tecglen una crónica sobre él mismo. "Soy como el ratón Mickey, en un periódico serio me limito a hacer una gacetilla ratonil, por eso estoy en un agujero" afirmó en su homenaje. Ese día, el de su 80 cumpleaños, su mujer le regaló su página web: eduardoharotecglen.net. La misma en la que se despidió de él". (Santos Cirilo. El País/ 19-10-05)

Hambre para todos.

Eduardo Haro Tecglen

Es el Día de la Alimentación. O sea, día del hambre; si una palabra parece negativa, se la convierte en positiva y todo es más sereno. Hay 850 millones de personas muriéndose de hambre en este momento, y a medida que van cayendo van siendo sustituidas por otras; dentro de un año habrá novecientos millones; en seguida, un billón. Otras resisten más, y las situaciones varían desde el hambre fetal, de antes de nacer, a la de los ancianos que es lenta, pero que reduce las estadísticas de medias de vida: la que en España es de ochenta años, allá –el Níger, por ejemplo, de donde escapan y son entregados a las balas y al desierto, por nuestra grata colaboración con Marruecos— no alcanzan cuarenta. La mitad de mi vida está robada a un hombre lejano y desconocido que habrá muerto a los cuarenta en una tierra de las que colonizamos y de las que independizamos después, sin atender mas que a las glorias del Imperio y a que los nuestros engordasen impúdicamente. A menos que el día de la alimentación, lo aprovechen para hacer una dieta sana y gastar el dinero de los otros en los establecimientos recomendados y agradables de nuestra naturaleza. Donde, por cierto, 8 millones de españoles tienen hambre. Hoy, hoy mismo.


diumenge, de setembre 25, 2005

Diumenge, 25 de setembre

Cèl.lules amb data de caducitat

El cuerpo humano sólo tiene 10 años

Nicholas Wade. Nova York

cèl·lules Tenga uno la edad que tenga, su cuerpo es muchos años más joven. De hecho, aunque se haya entrado en la mediana edad, puede que la mayoría de la gente tengan 10 años o menos. Esta alentadora verdad, que emana del hecho de que muchos de los tejidos corporales están sometidos a una constante renovación, se ha visto subrayada por un nuevo método para calcular la edad de las células humanas. Su inventor, Jonas Frisen, cree que la edad media de todas las células de un cuerpo adulto puede ser de sólo unos 7 o 10 años. Pero Frisen, biólogo de células madre del Instituto Karolinska de Estocolmo, también ha descubierto un hecho que explica por qué la gente se comporta según su edad natural y no la de la edad física de sus células: algunos tipos de células duran desde el nacimiento hasta la muerte sin renovarse, y esta minoría especial incluye alguna o todas las células de la corteza cerebral.

Fue una disputa sobre si la corteza fabrica nuevas células la que llevó a Frisen a buscar una nueva forma de averiguar la edad real de las células humanas. Las técnicas existentes dependen del etiquetaje del ADN con componentes químicos, pero no son, ni mucho menos, perfectas. Al preguntarse si podría existir ya alguna etiqueta natural, Frisen recordó que las armas nucleares probadas al aire libre hasta 1963 habían inyectado un pulso de carbono 14 radiactivo a la atmósfera. El carbono 14, que respiran las plantas y comen los animales y las personas en todo el mundo, se incorpora al ADN de las células cada vez que éstas se dividen, y el ADN se duplica. La mayoría de las moléculas de una célula se reemplazan constantemente, pero el ADN no. Todo el carbono 14 del ADN de una célula se adquiere en la fecha de nacimiento de la célula, el día en que su célula madre se dividió. De ahí que pueda utilizarse el alcance del enriquecimiento del carbono 14 para averiguar la edad de la célula, conjetura Frisen. En la práctica, el método debe aplicarse con tejidos, no con células individuales, ya que no penetra suficiente carbono 14 en una única célula como para indicar su edad. Entonces Frisen ideó una escala para convertir el enriquecimiento del carbono 14 en fechas del calendario calculando el carbono 14 incorporado en anillos de troncos de pinos suecos.

Después de validar el método mediante diversas pruebas, él y sus colegas han presentado en la revista Cell los resultados de sus primeros ensayos con unos cuantos tejidos corporales.

Las células de los músculos de las costillas, tomadas en personas cercanas a los 40 años, presentan un promedio de edad de 15,1 años. Las células epiteliales que recubren la superficie del intestino tienen una vida difícil y se sabe por otros métodos que sólo duran cinco días. Frisen ha descubierto que, si se obvian estas células superficiales, el promedio de edad de las que pertenecen al cuerpo principal del intestino es de 15,9 años. El equipo de Karolinska pasó luego al cerebro, cuya renovación celular ha sido motivo de mucha discrepancia.

En general, la idea que prevalece es que el cerebro no genera nuevas neuronas una vez que su estructura se ha completado, excepto en dos regiones concretas: el bulbo olfativo, que media el sentido del olfato, y el hipocampo, donde se depositan los recuerdos iniciales de rostros y lugares. Este consenso fue cuestionado hace algunos años por Elizabeth Gould (Universidad de Princeton), que dijo haber hallado nuevas neuronas en la corteza cerebral; además sugirió la idea de que los recuerdos diarios podrían quedar registrados en las neuronas creadas ese día.

El método de Frisen permitirá fechar todas las regiones del cerebro para ver si se genera alguna neurona nueva. Hasta el momento, sólo ha probado hacerlo con las células de la corteza visual y considera que tienen exactamente la misma edad que las individuales, lo cual demuestra que no se producen neuronas nuevas después del nacimiento en esta región de la corteza cerebral, o al menos no en cifras significativas.

Las células del cerebelo son algo más jóvenes que las de la corteza, lo que concuerda con la idea de que el cerebelo sigue desarrollándose tras el nacimiento. Otro aspecto discutido es si el corazón fabrica nuevas células musculares después del nacimiento. La idea convencional de que no lo hace ha sido cuestionada por Piero Anversa (New York Medical College de Valhalla). Frisen ha descubierto que todo el corazón produce células nuevas, pero todavía no ha calculado su índice de renovación.

Si el cuerpo renueva sus tejidos, ¿por qué no continúa para siempre la regeneración? Algunos expertos consideran que la causa principal es que el ADN acumula mutaciones y su información se degrada de forma paulatina. Otros culpan al ADN de las mitocondrias, que carecen de los mecanismos de reparación de que disponen los cromosomas. Una tercera teoría es que las células madre -fuente de nuevas células en todos los tejidos- acaban debilitándose con la edad.

"La idea de que las propias células madre envejecen y son menos capaces de generar progenie está ganando cada vez más adeptos", dice Frisen. Él quiere ver si el índice de regeneración de un tejido se ralentiza a medida que envejece la persona, lo cual podría señalar a las células madre como el equivalente al talón de Aquiles, el único impedimento para la inmortalidad.

Cada tejido tiene su tiempo de renovación

Aunque uno vea su cuerpo como una estructura bastante permanente, gran parte de él se encuentra en estado de flujo constante, ya que se descartan las células viejas y se generan otras nuevas que las reemplazan.

Cada tipo de tejido tiene su propio tiempo de renovación, dependiendo en parte del volumen de trabajo que soporten las células que lo forman. Las células que recubren el estómago sólo duran tres días. Los glóbulos rojos, magullados y maltrechos tras un viaje de casi 1.600 kilómetros a través del laberinto del sistema circulatorio del cuerpo, sólo viven una media de unos 120 días antes de ser enviados a su cementerio en el bazo.

La epidermis, o capa superficial de la piel, se recicla más o menos cada dos semanas. "Es el envoltorio transparente del cuerpo y se puede ver dañado fácilmente por los arañazos, los solventes, el uso y los desgarros", aclara Elaine Fuchs, experta en células madre de la piel de la Universidad Rockefeller estadounidense.

En cuanto al hígado, el filtro de todos los tóxicos que pasan por la boca de una persona, su vida en el frente bélico de la química es bastante breve. Un hígado humano adulto tiene un tiempo de renovación de entre 300 y 500 días, afirma Markus Grompe, experto en células madre hepáticas de la Oregon Health & Sciente University (EE UU).

La vida de otros tejidos se mide en años, no en días, pero no son permanentes, ni mucho menos. Incluso los huesos soportan una restauración constante. Se cree que todo el esqueleto humano se renueva aproximadamente cada diez años en los adultos, ya que equipos idénticos de construcción integrados por células que disuelven y reconstruyen los huesos se combinan para remodelarlo.

Prácticamente, las únicas partes del cuerpo que duran toda la vida, según las pruebas actuales, parecen ser las neuronas de la corteza cerebral, las células de la lente interna del ojo y quizá las células musculares del corazón.

Las células de la lente interna se forman en el embrión y luego caen en tal estado de inercia durante el resto de la vida de su propietario que prescinden de su núcleo y de otros órganos celulares.

El País/21-9-05

diumenge, de setembre 18, 2005

Diumenge, 18 de setembre

Territorio

Manuel Vicent

time El tiempo tambien es un territorio. A cierta edad el tiempo que te quede por vivir será tu único patrimonio. Mientras seas joven no pasa nada si parte de ese patrimonio lo cedes de buen grado a otra persona, si lo malgastas o, incluso, si permites que cualquier idiota te lo arrebate. La vida te dará todavía algunas oportunidades para recuperarlo. Pero cuando el caudal empiece a agotarse no deberás permitir que nadie interfiera, fiscalice o coarte ese tiempo de tu exclusiva propiedad. Cualquiera puede ser rey de ese territorio invisible, solo que para llegar a dominarlo hay que dar un golpe de estado: si pierdes esa batalla ya no serás nadie. Un día, tal vez a causa de una depresión o porque el dedo de un ángel te haya tocado la frente, tendrás la evidencia del valor del tiempo que te queda antes de disolverte en el espacio. Será lo más parecido a una revelación. De pronto, descubrirás un hecho tan simple como éste: que la vida te pertenece a ti y a nadie más. Debes saber que nadie te va a agradecer el haber cedido la soberanía si no fue por tu gusto y placer. Habrás sido un esposo fiel, un padre ejemplar, una hormiga de oro para la empresa y un ciudadano honorable, pero no serás el tipo que un día decidió ser libre, ya que el tiempo también es la libertad. A partir de una edad no intentes volar en un ala delta ni correr los cien metros lisos a menos que te pongan un féretro en la meta. Hay retos más difíciles que uno debe afrontar cuando ya se divisa un gato negro en la línea del horizonte. Dios creó el tiempo, pero dejó que nosotros hiciéramos las horas. Ese pequeño territorio de cada día será imposible de gobernar si el tiempo no es tuyo y no eres tú quien marca las horas para regalarlas y compartirlas con esa clase de personas que te hacen crecer por dentro. Esa dádiva también será tu salvación. Estas cosas le decía el Maestro al discípulo mientras paseaban una noche muy oscura por una ciudad abandonada. Al llegar a una plaza el discípulo creyó que había salido la luna llena sobre los tejados, pero sólo era la esfera iluminada del reloj de una torre, donde también había una veleta oxidada en forma de gallo. En ese momento sonaron doce campanadas y el maestro le hizo obervar al discípulo que aquel reloj no tenía agujas ni números. Su esfera parecía la córnea de un ojo que les miraba en la oscuridad. El tiempo también es el silencio, de modo que a una edad lo más sabio a veces es callar, pero nunca obedecer, dijo el Maestro. El gallo oxidado de la veleta cantó anunciando la madrugada.

El País/18-9-05

divendres, de setembre 16, 2005

Divendres, 16 de setembre


Verbalitzant

Intransitiu: Dit d'un verb que habitualment no admet complement directe.
Transitiu: Verb de predicació incompleta que exigeix un complement directe.

Intransitivos

Juan Jose Millás

 Cuando enciendo mi ordenador portátil, lo primero que hace es buscar una red inalámbrica. Si no da con ella, te lo dice con cierto desánimo: "No se encontró una red inalámbrica a la que conectarse". Vaya por Dios, exclamo yo sintiéndolo más por él que por mí, pues aunque trato de que se sienta útil encomendándole diversos menesteres, también sé que su vida no alcanza un sentido pleno hasta que se conecta a Internet, que es su país, su patria, quizá su corazón o su hígado. Sin Internet, se contagia de la opacidad propia del universo analógico y deviene en un trasto, un cachivache, un chisme. Su necesidad de conectarse es tal que ha desarrollado unos órganos internos capaces de detectar cualquier red, por sutil que sea. En situaciones desesperadas, me propone que nos enganchemos a la del vecino, que lógicamente paga él.

Le entiendo porque lo primero que hago yo cuando me despierto es asomarme a la ventana para conectarme a la realidad exterior. Todavía en pijama, veo si está nublado, si hace viento, si la chica que toma el autobús en la parada de enfrente se encuentra ahí, como todos los días a esta hora, o ha cogido la primera gripe del otoño. No puedo ni imaginar que una mañana, al levantarme, no fuera capaz de encontrar la ventana. Me asfixiaría o me daría un ataque de angustia. Algo así le ocurre a mi portátil cuando no logra dar con una ranura desde la que asomarse al universo digital. Se niega a trabajar, se cuelga, se ralentiza, se le viene abajo la tensión.

Por fortuna, algunos hoteles que ya ofrecían ventanas para los seres humanos, han creado redes inalámbricas para los portátiles. Si hay gente que no está dispuesta a viajar sin su perro, muchos nos negamos a salir de casa sin nuestro ordenador. El problema es que el ejemplo no cunde. La mayoría de los aeropuertos aún no dispone de este servicio, lo que es como si hubiéramos inventado los pulmones antes que el aire o el sacacorchos antes que el corcho. Escribo estás líneas desde Barajas, pero quizá no pueda enviarlas al periódico porque el ordenador no ha detectado ninguna red inalámbrica. Estamos encerrados él y yo en nosotros mismos. En estos instantes, somos completamente intransitivos. ¿Hay alguien ahí fuera?

El País/16-9-05

diumenge, de setembre 11, 2005

Diumenge, 11 de setembre

Mirades

Amerika "Quan Karl Rossmann -jove de setze anys, fill de pares humils, enviat a Amèrica després que una serventa l’ hagués seduït i tingut un fill seu- va entrar al port de Nova York a bord del vaixell que navegava lentament, va contemplar com l'estàtua de La Llibertat, que observava feia estona, s'il·luminava amb una llum més intensa. El braç amb l'espasa semblava haver adquirit energies renovades, i entorn de la seva figura bufaven aires de llibertat..."

Començament d'Amerika (1913) de F. Kafka


La lección del Katrina

T. Garton Ash

Antes de dedicar nuestra atención a la próxima gran noticia, debemos aprender la lección fundamental que nos enseña el huracán Katrina. No estoy hablando de la incompetencia de la Administración de Bush, el escandaloso abandono en el que viven los negros pobres en Estados Unidos ni nuestra falta de preparación ante las catástrofes naturales, aunque todas estas cosas sean ciertas. La lección fundamental del Katrina es que la corteza de civilización sobre la que caminamos es siempre de una delgadez extrema. Basta un temblor para que nos caigamos, para que luchemos con uñas y dientes, como perros salvajes, por nuestra vida.

¿Acaso creen que los saqueos, las violaciones y la intimidación armada que surgieron en Nueva Orleans, en sólo unas horas, no se producirían nunca en la agradable y civilizada Europa? Pues se equivocan. Lo mismo ocurrió aquí, en todo nuestro continente, hace sólo 60 años. No hay más que leer las memorias de supervivientes del Holocausto y el Gulag, el relato que hace Norman Lewis de los acontecimientos de 1944 en Nápoles o el diario anónimo de una mujer alemana en el Berlín de 1945, reeditado hace poco. Volvió a suceder en Bosnia hace 10 años. Y ni siquiera existía la force majeure de una catástrofe natural. Los huracanes de Europa los creó el hombre.

El elemento primordial es el mismo: si eliminamos las bases elementales de la vida organizada y civilizada -alimentos, un techo, agua potable, una mínima seguridad personal-, en el plazo de unas horas retrocedemos a un estado natural como el que exponía Hobbes, a una guerra de todos contra todos. Algunas personas, algunas veces, se comportan con heroísmo y solidaridad; la mayoría de las personas, la mayoría de las veces, emprenden una lucha despiadada por su supervivencia individual y genética. Algunos se convierten temporalmente en ángeles, pero casi todos los demás se convierten en monos.

Descivilización

La palabra civilización, en uno de sus sentidos primigenios, se refería al proceso de civilizar a los animales humanos, que quiere decir, supongo, lograr un reconocimiento mutuo de la dignidad humana o, por lo menos, aceptar en principio que dicho reconocimiento es deseable (como hacía Thomas Jefferson, aunque poseyera esclavos y, en la práctica, no hiciera lo que predicaba). El otro día, leyendo a Jack London, me encontré con una palabra poco habitual: descivilización. Es decir, lo opuesto, el proceso por el que las personas dejan de ser civilizadas y se vuelven salvajes. El Katrina nos enseña que la posibilidad de la descivilización siempre está presente.

Se ven indicios de ello incluso en la vida cotidiana. La agresividad al volante es un buen ejemplo. O lo que ocurre cuando se espera un vuelo a última hora de la noche que acaba retrasado o cancelado. Al principio, las burbujas de espacio personal que nos construimos cuidadosamente en los aeropuertos se deshacen en destellos de solidaridad: las miradas de simpatía por encima del periódico o la pantalla del ordenador portátil, unas cuantas palabras de frustración o ironía compartidas. Con frecuencia, eso se transforma en una expresión más enérgica de solidaridad de grupo, tal vez dirigida contra el desventurado personal de tierra de British Airways, Air France o American Airlines (encontrar un enemigo común es la única forma garantizada de obtener solidaridad entre humanos).

Sin embargo, de pronto, surge el rumor de que quedan unos cuantos asientos en otro vuelo, en la puerta 37. La solidaridad se derrumba instantáneamente. Los enfermos, los minusválidos, los ancianos, las mujeres y los niños quedan abandonados en medio de la estampida. Hombres vestidos de oscuro, con títulos obtenidos en Harvard u Oxford y perfectos modales, se convierten en gorilas que avanzan por la jungla. Cuando, después de haberse librado a codazos de sus rivales, consiguen su tarjeta de embarque, se retiran a un rincón y evitan la mirada de los demás. Son el gorila que se ha quedado con el plátano (créanme que sé de lo que hablo; yo he sido ese mono). Todo ello, sólo con el fin de no tener que pasar una noche en el Holiday Inn de Des Moines.

Evidentemente, la descivilización en Nueva Orleans fue mil veces peor. No puedo evitar la sensación de que va a haber muchos más casos así a medida que avancemos en el siglo XXI. Hay demasiados problemas al acecho capaces de hacer retroceder a la humanidad. El peligro más evidente es que se produzcan más catástrofes naturales como consecuencia del cambio climático. Si los políticos estadounidenses interpretan este cataclismo igual que ha hecho John McCain, como -para emplear la manida expresión que sin duda usarán ellos- una "llamada de alerta" a los ciudadanos sobre las consecuencias de que Estados Unidos siga emitiendo dióxido de carbono como si el mundo se acabara, entonces, la nube del huracán Katrina tendrá un resquicio de esperanza. Pero tal vez sea ya demasiado tarde. De ser cierto que, como todo parece apuntar, no sólo se están derritiendo los casquetes polares sino también el permafrost en Siberia -un deshielo que, a su vez, produciría aún más emisiones de gases invernadero naturales-, nos encontraríamos en una espiral imposible de detener. En ese caso, si grandes zonas del mundo se vieran azotadas por tormentas, inundaciones y cambios de temperatura impredecibles, lo que ha ocurrido en Nueva Orleans sería un juego de niños.

En cierto sentido, ésos también serían huracanes de fabricación humana. Pero además hay que tener en cuenta las amenazas directas de unos humanos a otros. Hasta ahora, los atentados terroristas han causado indignación, miedo, alguna limitación de libertades y los abusos de Guantánamo y Abu Ghraib, pero no han desembocado en histeria de masas ni en una búsqueda de chivos expiatorios. Menos que en ningún sitio, en Londres, la capital mundial de la flema. Ahora bien, supongamos que éste no es más que el principio. Supongamos que un grupo terrorista hace estallar una bomba sucia o incluso una pequeña arma nuclear en una gran ciudad. ¿Qué ocurriría?

Metáfora

Un factor de fuerza casi equiparable a la de una inundación es la presión de la migración masiva de las zonas pobres y el sur superpoblado a las regiones ricas del norte (no es casual que los populistas que se oponen a la inmigración utilicen de forma habitual la metáfora de las inundaciones). Si una catástrofe natural o un desastre político desplazara a más millones de habitantes, nuestros controles de inmigración podrían llegar a ser, un día, como los diques de Nueva Orleans. Ya con los niveles actuales, los encuentros que se producen -especialmente los encuentros entre los inmigrantes musulmanes y los actuales residentes europeos- están resultando explosivos. ¿Hasta qué punto vamos a seguir siendo civilizados? Al oír hablar a algunos europeos y algunos inmigrantes musulmanes, veo la sombra de una nueva barbarie europea.

No hay que olvidar tampoco el reto que mencionaba en esta columna hace dos semanas, el de hacer sitio a las nuevas grandes potencias, sobre todo India y China, en el sistema internacional. En China, especialmente, donde los líderes tardocomunistas emplean el nacionalismo como distracción para permanecer en el poder, existe peligro de guerra. Y no hay nada que descivilice con más rapidez ni más garantías que la guerra.

Así, pues, olvidémonos del "choque de civilizaciones" de Samuel Huntington. Como afirma un viejo dicho ruso, eso pasó hace mucho tiempo y, de todas formas, no era cierto. Lo que está en peligro es simplemente la civilización, la fina capa que colocamos sobre el magma en ebullición de la naturaleza, incluida la naturaleza humana.

Nueva Orleans ha abierto un pequeño agujero por el que hemos atisbado lo que yace debajo. La ciudad de la vida fácil [The Big Easy, su apodo] nos ha enseñado qué es lo más difícil: conservar esa capa. Si adoptamos un tono de predicadores políticos, podemos ver al Katrina como una llamada a tomarnos en serio estos retos, lo cual significa que los grandes bloques y las grandes potencias del mundo -Europa, EE UU, China, India, Rusia, Japón, Latinoamérica, Naciones Unidas- traten de alcanzar un nuevo nivel de cooperación internacional. Sin embargo, con un análisis menos entusiasta, podríamos aventurar una conclusión más pesimista: alrededor de 2000, el mundo alcanzó una cota de difusión de la civilización que las futuras generaciones contemplarán con nostalgia y envidia.

El Pais/ 11-9-05 Traducción de M. L. Rodríguez Tapia.

dimecres, d’agost 17, 2005

Dijous, 18 d'agost

Ego-blogs


blogs Quan els blogs van fer la seva aparició a internet la gent va córrer a batejar-los amb noms manllevats del món del paper: diaris personals, dietaris, quaderns de bitàcoles....La brevetat, la periodicitat i la subjectivitat dels textos hi feien pensar. Les semblances, però, s'acaben aquí. Publicar els textos buscant el diàleg amb els possibles lectors els han consolidat com a gènere, i ara tothom els anomena "blogs". S'han fet tan populars que fins i tot alguns "erudits" estudien el fenomen i els rebategen amb derivats del seu nom.



'Ego-blogs' de amor

Juan Cueto

Si los famosos marcianos verdes que nos observan leyeran los blogs del planeta, y seguramente es lo único que les interesa y divierte en estos momentos, llegarían a la conclusión de que los terrícolas estamos enamorados. O para ponernos más trascendentes a pesar del calendario: cuando los historiadores del futuro analicen los documentos escritos que registra este principio de milenio, y no van a tener más remedio que desempolvar las bitácoras de la web que ahora mismo se producen y circulan masivamente por el globo, porque ya es un dato irrefutable que la Humanidad nunca ha escrito tanto y tan frenéticamente de sí misma, no van a tener más remedio que olvidarse de las bibliotecas y las hemerotecas y rescatar en sus excavaciones arqueológicas todos los discos duros de los ordenadores portátiles para desempolvar los miles de millones de ego-documentos (los eruditos de la historiografía lo pronuncian así) escritos en todas las lenguas del planeta.

Y lo que los académicos grises de la uni desenterrarán en los cookies de los PC les dejará igual de pasmados que a los mundanos marcianos verdes. Nuestros antepasados (nosotros) eran unos grafómanos de mucho cuidado, como jamás ocurrió en la Historia aunque escribían con faltas de ortografía, algunas muy graciosas y vanguardistas, y tenían muchas ganas de ligar. Así hablarán los discos duros.

Si la Historia nace con la escritura y solamente trata de lo escrito, y en esto todos podemos estar de acuerdo, entonces resulta que las pantallas portátiles de principio de milenio registran gracias a los blogs la más impresionante cantidad de escritura generada por el hombre. No hace falta esta vez que Juan Carlos Ortega haga los cálculos aritméticos ni que Javier Sampedro establezca la metodología científica. Es así y punto seguido, porque las bitácoras no descansan ni en invierno ni en agosto, sobre todo lo que llamo los ego-blogs amorosos. Porque los grafittis de esta era, con ser una escritura mural y callejera de primer orden documental, como ha demostrado José Antonio Millán en sus últimos libros (¡No! y ¡Contra!, Gustavo Gili), no le llega a las bitácoras a la suela de los zapatos en materia de producción y circulación de signos alfabéticos, aunque también estas nuevas inscripciones narcisas de la Red trabajen los arrebatos adolescentes.

O sea que nunca hemos producido más escritura que ahora mismo. Pero resulta que la mayor parte de los ego-documentos de los discos duros de planeta Tierra tratan de cosas blandas, generalmente del amor, el ligue y sus derivados. Son fragmentos del discurso amoroso, como le hubiera gustado verificar a Roland Barthes, el último escritor francés que mereció la pena con permiso de Félix de Azúa. Hay una excepción planetaria. Los ego-blogs amorosos todavía no son en este país una mayoría, como ocurre masivamente por ahí fuera, y las bitácoras caseras más renombradas trabajan full-time ese pelmazo discurso bipartidista, generalmente feroz, insultante y maniqueo, que por estadística comprobada son un remake del inconfundible tonillo Cope, y que sólo saben escribir en pantalla esas dos clases de grafittis murales que estudia Millán, el no y la contra, pero obsesivamente politiqueros.

De todas las maneras, este agosto estoy comprobando que las pantallas de nuestras bitácoras nacionales, por fin, empiezan a traficar mucho menos con la aburrida grafomanía dominante, lenta pero inexorablemente. Ya era hora y deberían tomar buena nota los escritores de papel únicamente enfangados en ese bipartidismo imperfecto que se ha impuesto en este país. Cada vez hay más ego-blogs que, como los viejos diarios íntimos con cerradura adolescente del siglo pasado, y del anterior, escriben a pecho descubierto de sus intimidades sentimentales, sus odios y pasiones amorosas, que pasan de cualquier referencia política venga de donde venga, se engolfan con la libido, trafican con el yo para excitar el yo del otr@, venden descaradamente su propia mercancía, acosan y son acosados, son radicalmente autobiográficos y sólo ponen a parir a los profesores del cole y a sus padres.

Los marcianos y los historiadores hace ya tiempo que han decidido que los ego-documentos son tan importantes para analizarnos como el resto de la producción mayúscula escrita por el hombre, incluidas las crónicas de batallas y los líos de las novelas, y les remito a una nueva revista (Cultura escrita y Sociedad, Ediciones Trea) sobre el mismo asunto y en la que espero, en el número 100, dediquen todo un número a ese récord actual de escritura ego generada por las bitácoras. Un furor planetario.

Juan Cueto. Pantallas planas. Revista de agosto. EL PAÍS - 17-08-2005

dissabte, de juliol 16, 2005

Dissabte, 16 de juliol

Aproximaciones. Diez notas sobre "el lugar"

John Berger


los refugiados Uno. Alguien pregunta: ¿sigue siendo usted marxista? La ruina causada por la búsqueda del beneficio que caracteriza al capitalismo no ha estado nunca tan generalizada como hoy. Casi todo el mundo lo sabe. Así es que, ¿cómo es posible no prestar atención a Marx, que profetizó y analizó esa devastación? La respuesta puede ser que la gente, mucha gente, ha perdido sus puntos políticos de referencia. Carece de mapa, y no sabe dónde ir.

Dos. Las personas corrientes siguen las señales que indican cómo ir hacia un lugar que no es su casa, sino el destino que han elegido. Señales de carretera, señales en los aeropuertos, señales en las estaciones. Algunos viajan por placer, otros por trabajo, muchos por dolor o desesperación. Al llegar, se dan cuenta de que no están en el lugar que indicaban las señales. El sitio en el que están tiene la latitud, la longitud, la hora local, la moneda que se esperaban, pero no posee la gravedad específica del destino que buscaban.

Están al lado del lugar al que querían ir. La distancia que les separa es incalculable. El lugar ha perdido lo que lo convertía en destino. Ha perdido su territorio de experiencia. A veces, algunos viajeros emprenden una aventura privada y encuentran el lugar escogido, que es con frecuencia más duro de lo que se esperaban, aunque sienten un alivio infinito al descubrirlo. Muchos no lo consiguen jamás. Aceptan las señales del camino y es como si no viajaran, como si se quedasen siempre donde están.

Tres. Los detalles de la imagen que figura en esta página los capturó Anabell Guerrero en el centro de acogida a refugiados y emigrantes de la Cruz Roja en Sangatte, cerca de Calais y el túnel del Canal de la Mancha. El centro cerró hace poco por orden de los Gobiernos británico y francés. Lo utilizaban centenares de personas, muchos con la esperanza de llegar a Gran Bretaña. El hombre de las fotografías -Guerrero prefiere no revelar su nombre- viene de Zaire. Millones de personas dejan, un mes tras otro, sus países. Se van porque allí no hay nada, sólo todo lo suyo, que no es suficiente para dar de comer a sus hijos. En otro tiempo sí bastaba. Ésta es la pobreza del nuevo capitalismo. Después de unas travesías largas y terribles, después de experimentar la bajeza de la que otros son capaces, después de haber aprendido a confiar en su valor incomparable y obstinado, los emigrantes se ven obligados a esperar en un centro de tránsito extranjero; y entonces, ya, lo único que les queda de su continente son ellos mismos: sus manos, sus ojos, sus pies, sus cuerpos, la ropa que llevan y lo que utilicen para cubrirse cuando duermen, a falta de techo. Gracias a la foto de Guerrero, podemos ser conscientes de que los dedos de un hombre son lo único que queda de una parcela de tierra labrada, sus palmas son lo que queda de un lecho de río y sus ojos son una reunión familiar a la que él no va a asistir. Es el retrato de un continente que emigra.

Cuatro. "Estoy bajando las escaleras en la estación de metro para tomar la línea B. Hay mucha gente. ¿Dónde estás? ¿De verdad? ¿Cómo está el tiempo? Me subo al tren, luego te llamo...". La mayoría de los miles de millones de llamadas de móvil que se producen cada hora en las ciudades y los pueblos de todo el mundo empiezan con una pregunta sobre el paradero del que llama. Los seres humanos necesitan inmediatamente saber dónde están. Es como si la duda les acosara y les hiciera pensar que no están en ningún sitio. Están rodeados por tantas abstracciones que tienen que inventar y compartir sus propios puntos de referencia provisionales. Hace más de 30 años, Guy Debord escribió unas palabras proféticas: "... la acumulación de masa produjo mercancías para el espacio abstracto del mercado; del mismo modo que ha aplastado todas las barreras regionales y legales y todas las restricciones empresariales de la Edad Media que sostenían la calidad de la producción artesanal, también ha destruido la autonomía y la peculiaridad de los lugares". La palabra clave del caos mundial es deslocalización, o relocalización, que no sólo hace referencia a la práctica de trasladar la producción al lugar en el que la mano de obra es más barata y las leyes son mínimas, sino que contiene la fantasía enloquecida del nuevo poder sobre lo que está fuera, el sueño de menoscabar la categoría y la confianza de todos los lugares establecidos para que el mundo entero se convierta en un solo mercado continuo. El consumidor es fundamentalmente alguien que se siente o se ve empujado a sentirse perdido si no está consumiendo. Las marcas y los logotipos son los toponímicos de Ninguna Parte. También se utilizan otras señales que indican Libertad o Democracia, términos robados a periodos históricos anteriores, para crear confusión. Antiguamente, los defensores de la patria contra los invasores utilizaban una técnica que consistía en cambiar las señales de la carretera, así la señal que indicaba "Zaragoza" acababa mostrando la dirección opuesta, hacia "Burgos". Hoy, no son los defensores, sino los invasores extranjeros, quienes cambian las señales para confundir a los locales, confundirles sobre quién gobierna a quién, la naturaleza de la felicidad, la dimensión del duelo o dónde se encuentra la eternidad. Y el objetivo de todas esas confusiones es convencer a la gente de que ser clientes es la salvación definitiva. Pero los clientes se definen por el sitio en el que compran y pagan, no por dónde viven y mueren.

Cinco. Grandes áreas que antes eran zonas rurales se transforman en parcelas. Los detalles del proceso varían en cada continente: África, Centroamérica o el sureste asiático. La división inicial siempre procede de alguna otra parte y de intereses empresariales que quieren satisfacer su apetito por acumular más, lo cual significa apoderarse de recursos naturales (madera en el Amazonas, uranio en Gabón, etcétera), independientemente de a quién pertenezca la tierra o el agua. La explotación pronto exige aeropuertos, bases militares y paramilitares para defender lo que se está sacando a marchas forzadas, y la colaboración con los mafiosos locales. Detrás pueden llegar las guerras tribales, la hambruna y el genocidio.

Los habitantes de esas zonas pierden toda sensación de residencia: los niños se vuelven huérfanos (incluso cuando no lo son), las mujeres se hacen esclavas, los hombres forajidos. Llegado ese punto, se tarda generaciones en restaurar cualquier sentido de vida hogareña. Cada año en el que se acumulan esas circunstancias hace que Ninguna Parte se prolongue en el tiempo y el espacio.

Seis. Mientras tanto -y la resistencia política, muchas veces, comienza en un mientras tanto-, lo más importante que hay que comprender y recordar es que los beneficiarios del caos actual, con sus comentaristas incrustados en los medios, desinforman y conducen a engaño sin cesar. Nunca hay que debatir sus declaraciones ni los términos plagiados que acostumbran a emplear. Hay que rechazarlos y abandonarlos sin reparos. No llevan a nadie a ningún sitio.

La misma tecnología de la información desarrollada por las empresas y sus ejércitos para dominar con más rapidez su Ninguna Parte la utilizan otros como forma de comunicación en el Todas Partes por el que luchan. El escritor caribeño Edouard Glissant lo dice bien: "... la manera de resistir a la globalización no es negar la universalidad, sino imaginar cómo es la suma concreta de todas las singularidades posibles y acostumbrarse a la idea de que, mientras falte una sola singularidad, esa universalidad no será lo que debería para nosotros".

Estamos creando nuestros propios puntos de referencia, dando nombre a los sitios, descubriendo la poesía. Sí, en el Mientras tanto hay poesía.

Gareth Evans:

Mientras el ladrillo de la tarde guarda el calor rosa del viaje
mientras de la rosa brota un espacio verde para respirar
y ella florece como el viento
mientras los esbeltos abedules susurran sus historias del viento a la prisa
en los camiones
mientras las hojas del seto conservan la luz
que el día creía haber perdido
y el nido de su muñeca late como el pecho de un gorrión en el aire que cambia
mientras el coro de la tierra encuentra sus ojos en el cielo
y los abre en la inmensa oscuridad
que contiene todo lo más querido.


Siete. Su Ninguna Parte crea una conciencia del tiempo extraña, porque no tiene precedentes. Un tiempo digital que avanza continuamente, día y noche, a través de las estaciones, el nacimiento y la muerte. Tan indiferente como el dinero. Pero que, a pesar de su continuidad, está solo. Es el tiempo del presente, separado del pasado y el futuro. En él sólo importa el momento actual, los otros carecen de gravedad. El tiempo ya no es una columnata entera, sino una columna de unos y ceros. Un tiempo vertical al que no rodea nada, salvo la ausencia.
Lean unas páginas de Emily Dickinson y luego vean la película de Von Trier Dogville. En la poesía la presencia de lo eterno se advierte en cada pausa. La película, en cambio, muestra de forma despiadada lo que ocurre cuando se borra de la vida cotidiana toda huella de lo eterno. Lo que ocurre es que todas las palabras y su lenguaje pierden el significado.

Dentro de un solo presente, en el tiempo digital, no pueden hallarse ni establecerse paraderos.

Ocho. Buscaremos nuestros puntos de referencia en otra medida temporal. Lo eterno, según Spinoza (el filósofo preferido de Marx) es ahora. No es algo que nos aguarda, sino algo que encontramos en los momentos, breves pero intemporales, en los que todo se adapta a todo y ningún intercambio resulta inapropiado.
En su libro Una esperanza en la oscuridad, Rebecca Sonit cita a la poeta sandinista Gioconda Belli, que cuenta el momento en el que derrocaron la dictadura de Somoza en Nicaragua: "Dos días que parecieron como si hubieran echado un conjuro mágico y antiguo que nos devolvió al Génesis, al lugar de la creación del mundo". El hecho de que Estados Unidos y sus mercenarios destruyeran a los sandinistas no quita valor a ese momento que existió en el pasado, el presente y el futuro.

Nueve. A un kilómetro del sitio en el que escribo hay un terreno en el que pacen cuatro burros, dos hembras y dos potrillos. Es una especie pequeña. Cuando las hembras levantan sus orejas de borde negro, me llegan a la barbilla. Los potros, que sólo tienen unas semanas, tienen el tamaño de unos perros terrier grandes, con la diferencia de que la cabeza es casi tan grande como el costado. Salto la valla y me siento en el suelo con la espalda apoyada en el tronco de un manzano. Han marcado sus huellas en la tierra, y algunas pasan por debajo de unas ramas muy bajas, en las que yo tendría que agacharme. Me observan. Hay dos trozos en los que no hay nada de hierba, sólo tierra rojiza, y ahí se colocan muchas veces al día para revolcarse. Primero la madre, luego el hijo. Los potros ya tienen una línea negra por encima de las paletillas.

Ahora se me acercan. Huele a burro y a salvado. Las burras me tocan la cabeza con la mandíbula. Tienen el morro blanco. Los ojos, rodeados de moscas, mucho más agitadas que su mirada inquisitiva.

Cuando están en la sombra, al borde del bosque, las moscas se van; y pueden estar ahí, sin moverse, media hora. A mediodía, en la sombra, el tiempo se detiene. Cuando uno de los potrillos se pone a mamar (la leche de burra es la más parecida a la humana), las orejas de la madre se ponen horizontales, apuntando hacia la cola.

Rodeado por los cuatro animales bajo el sol, me fijo en sus dieciséis patas. Esbeltas, finas, concentradas, seguras (las patas de los caballos, en comparación, parecen ridículas). Son patas para cruzar montañas que ningún caballo sería capaz de afrontar, patas para cargar pesos inimaginables si se piensa sólo en las rodillas, las pantorrillas, los tobillos, los corvejones, los huesos de las pantorrillas, las articulaciones de las cuartillas, las pezuñas. Patas de burro.

Se alejan con la cabeza gacha, paciendo, sin que a sus oídos se les escape nada; yo los miro atentos. En nuestros contactos, si es que se pueden llamar así, en la compañía que nos ofrecemos a mediodía, hay un sustrato de lo que sólo puedo llamar gratitud. Cuatro burros en un campo, en el mes de junio del año 2005.

Diez. Sí, sigo siendo, entre otras cosas, marxista.

Babelia/ 16-7-05

diumenge, de maig 29, 2005

Diumenge, 29 de maig

Impostores

Rafael Argullol


En el oscuro caso de Enric Marco, el representante de deportados que nunca fue deportado a un campo de concentración, han sido muchos los que han tirado la primera piedra para su lapidación moral, pero ¿es fácil estar libre de pecado cuando se habla de impostura? Podrá decirse que aquel caso pertenece a la región más delicada de la historia moderna. Con razón. Sin embargo, no deja de resultar chocante la impunidad con que se habla de la impostura. Está claro que el impostor es siempre otro, del que se descubre repentinamente una falsa identidad.

¿Hay algún hombre que en alguna u otra media no lo sea? No lo creo. A veces incluso lo ignora con la misma ignorancia de esos pueblos que crean grandes crónicas nacionales atendiendo exclusivamente a la luz y no a la sombra. Somos impostores porque reinventamos continuamente nuestro pasado. Si hurgáramos en la herida, antes o después encontraríamos el fraude, sin quedar evidente, seguramente, si la impostura estaba en el ayer o es cosa del presente.

¿El impostor es el millonario de intachable reputación o el que un día convirtió aquella estafa en una oportunidad?, ¿el impostor es el revolucionario transformado en conservador o aquel rebelde que quizá ya tenía miedo de su propia rebeldía?, ¿el impostor es el que va por este camino habiendo proclamado el camino contrario? A estos virajes en la política, la economía o la moral no los acostumbramos a llamar impostura, sino evolución. Y no obstante, hubo una identidad que muchos mantienen en secreto porque creen que afecta a la que ahora presentan públicamente.

Incluso en la esfera más íntima es difícil trazar una nítida frontera entre la evolución, propia, según decimos, de la experiencia, y la impostura, que juzgamos como un engaño inaceptable. ¿Somos impostores o simplemente hemos evolucionado cuando nos olvidamos de aquellos ideales, cuando renunciamos a aquellos horizontes, cuando nos mentimos sobre lo que fuimos? Es difícil contestar y afortunadamente, por lo general, nadie nos obliga a hacerlo. No hay un centinela de la impostura que controle nuestros movimientos a lo largo de la vida. Si lo hubiera, su poder y su responsabilidad no tendrían parangón.

Tengo un amigo que azarosamente pudo erigirse en centinela de la impostura. Por razones que ahora no vienen al caso, un abogado, al morir, le legó una extraña herencia: el documento con las diligencias policiales de una gran redada ocurrida en Barcelona en los últimos años del franquismo. Como a mi amigo le pesó desde el principio un legado tan peculiar, quiso compartir conmigo la carga y accedí a leer el documento. Era un texto extenso y farragoso, con una redacción tan sórdida como su propio contenido en la que se podía apreciar la altura intelectual de los interrogadores. En el laberinto de nombres correspondientes a detenidos (siempre desagradable: el "sujeto", el "susodicho", el "mentado", "alias"...) aparecieron ante mis ojos los de varias personas que, tantos años después, se habían convertido en personajes. La turbadora particularidad era que un par de ellos aparecían en el documento como delatores de los demás detenidos.

A mi amigo el documento le quemaba porque no sólo sabía quiénes eran estos dos hombres, sino que los conocía personalmente. Con respecto al primero, un profesional de gran prestigio -no diremos en qué campo-, no albergaba ninguna duda puesto que era alguien que nunca daba lecciones de moral. Era un hombre que había sufrido una dura prueba, pero no lo tenía por impostor. El caso del segundo le llevaba a las conclusiones opuestas. El personaje en cuestión era un hombre público -tampoco diremos en qué ocupación-, con importantes responsabilidades, y por añadidura alguien que sí daba lecciones de moralidad con una arrogancia sólo explicable, desde luego, por aquel episodio que el maldito documento relataba.

Mi amigo, un individuo pacífico y proclive a la conciliación, tuvo, a su vez, sus dudas morales. ¿Debía callar, aceptando la mentira de un tipo que, por otra parte, se le hacía insoportable o, por el contrario, debía ejercer el papel de centinela de la impostura que una herencia había puesto en sus manos?

Durante mucho tiempo vaciló; mientras, el peso del documento aumentaba tanto que amenazaba con aplastarle. Viendo lo que le ocurría, le aconsejé que prendiera fuego al documento, una decisión que escandalizará a cualquier historiador que ahora lea estas líneas. El ánimo de mi amigo mejoró rápidamente y además, como en los cuentos orientales, el antiguo delator, al que nunca denunció, fue apartado de su cargo y dejó de dar lecciones de moralidad.

Cuando recordamos el tema mi amigo dice: "Tampoco yo estaba libre de pecado".

El Pais/ 29-5-05

diumenge, d’abril 03, 2005

Diumenge, 3 d'abril


Els estralls de l'assetjament escolar


bulling Assetjament, bulling, són paraules que comencem a dir sense embuts dintre i fora de les escoles. I dir-les ja significa alguna cosa. Significa plantar cara, dir prou, a uns actes violents que fins ara s'han tolerat i amagat. Luis Rojas Marcos els denuncia i ens explica les seves terribles conseqüències a:


Los estragos del acoso escolar

Luis Rojas Marcos

Como el cáncer o el terrorismo, que tanto tememos pero que la costumbre nos obliga a anticipar, la violencia escolar también forma parte del catálogo vigente de horrores predecibles. En abril de 1999, dos adolescentes de la escuela de Columbine, Colorado, armados hasta los dientes, mataron a 12 alumnos y un profesor antes de suicidarse. Justo tres años más tarde un estudiante del instituto Gutenberg, Erfurt, asesinaba a tiros a 13 profesores, dos condiscípulos, una secretaria, un policía y, a continuación, se quitaba la vida. Y hace unos días, en Red Lake, Minnesota, Jeff Weise, de 16 años, ejecutó a sus abuelos en casa y después se fue al colegio, donde acribilló a balazos a cinco compañeros, una profesora y un guarda. Acto seguido se disparó mortalmente en la cara.

Estas espeluznantes matanzas nos espantan, nos duelen, y echan por tierra las expectativas más básicas sobre el comportamiento humano. Aun así, su impacto en la sociedad es efímero. Con independencia de los cadáveres que acaben esparcidos por las aulas, la indignación colectiva se disipa a los pocos meses. La razón es que, ante estas tragedias, la mayoría de las personas se resigna y pasa página escudándose en la idea de que siempre ha habido y habrá seres inexplicables arrebatados de insaciable sed de sangre.

Si bien la violencia juvenil en los colegios se nutre de una mezcla variable de ingredientes personales, familiares y sociales, casi todos los perpetradores tienen en común haber sido sometidos a acosamiento. Un estudiante sufre acoso escolar cuando está expuesto a ataques sádicos continuos, de los que no puede defenderse fácilmente, por parte de uno o más compañeros de clase. Los asaltos pueden ser físicos (empujones, golpes), verbales (insultos, burlas), no verbales (gesticulaciones hostiles y vejatorias) o grupales (marginación, bromas crueles o difusión de rumores humillantes). Bullying es el término anglosajón -hoy en día muy divulgado- que en los años setenta el sueco Dan Olweus, profesor de Psicología de la Universidad de Bergen, Noruega, aplicó a este tipo de agresiones.

Según el Servicio Secreto de Estados Unidos, el 71% de los asesinatos cometidos en los institutos de bachillerato entre 1974 y 2000 fueron protagonizados por jóvenes que habían sufrido bullying en los seis meses previos. A título personal puedo añadir que en otoño de 1992, en respuesta a una alarmante ola de homicidios y suicidios en las escuelas públicas de Nueva York, el alcalde David Dinkins encargó al Departamento de Servicios Municipales de Salud Mental, que por aquel entonces yo dirigía, un estudio sobre las causas de esta preocupante tendencia. Este proyecto concluyó, entre otras cosas, que el maltrato continuado de escolares por sus colegas constituía un factor determinante de muertes violentas entre los adolescentes neoyorquinos.

El hostigamiento prolongado de alumnos por compañeros es una realidad, aunque casi siempre esté encubierta por una espesa nube de tabú y de silencio. En Estados Unidos, por ejemplo, alrededor del 30% de los estudiantes de entre 7 y 17 años afirma haber observado bullying durante el año escolar, y el 23% confiesa haber participado personalmente. Sin embargo, sólo un 13% de profesores dice haberlo presenciado. En mi experiencia, aunque las ofensas más visibles suelen ocurrir a espaldas del profesorado, bastantes maestros son reacios a admitir que hay acoso en sus clases. A unos les cuesta reconocer que ciertos niños pueden ser asombrosamente crueles. Otros temen ser tachados de inexpertos.

Las víctimas habituales de ensañamiento son muchachos y muchachas pacíficos, tímidos, introvertidos y, sobre todo, vulnerables. A menudo muestran aspectos físicos, actitudes o hábitos diferentes a los de la mayoría de la clase. Los maltratadores suelen ser personajes inseguros y provocadores, que no han madurado la capacidad de sentir compasión ante el sufrimiento ajeno. Mientras que los varones tienden a utilizar la agresión física y verbal, las chicas recurren a la marginación, los bulos y la manipulación de las relaciones. Ellos y ellas ansían la sensación excitante de poder que experimentan cuando subyugan física y emocionalmente a sus víctimas.

Numerosas investigaciones demuestran que el acosamiento persistente, aparte de causar daños corporales, socava profundamente el equilibrio emocional de los acosados, a corto y a largo plazo. Los efectos más comunes incluyen ansiedad, fobia al colegio, aislamiento social, baja autoestima y depresión. Cada mañana de clase, la combinación venenosa de miedo e indefensión atormenta a las víctimas. Incluso en los días festivos, los detalles más amargos de los ultrajes padecidos se entrometen en su mente y transforman su tiempo de esparcimiento en interminables pesadillas. A la hora de encontrar explicaciones que les ayuden a entender su penosa situación, la mayoría termina culpándose a sí mismos. El estigma de inferioridad, de vergüenza y de impotencia que marca a estas criaturas les impide revelar su sufrimiento a familiares, y mucho menos denunciar a sus torturadores.

El acoso escolar distingue con cicatrices indelebles las mentes de los adultos que lo sufrieron de pequeños. Mas no todos los escolares maltratados sobreviven a la adolescencia. Unos se liberan del intolerable suplicio quitándose la vida. En el Reino Unido, por ejemplo, se calcula que anualmente un mínimo de 16 niños asediados por compañeros eligen esta última salida. Otros, como Jeff Weise, optan por un desquite implacable y sanguinario antes de inmolarse.

Una vez que el martirio sale a la luz, los agresores, sus allegados y los testigos que se mantuvieron neutrales, incluyendo al personal docente, tienden a minimizar el problema, a recriminar al acosado por no haberse defendido, o a responsabilizar a sus padres. Por eso, la primera intervención de las autoridades escolares debe ser atender las necesidades de seguridad y apoyo emocional del alumno perseguido y sus familiares. En cuanto a los acosadores, apar-te de administrar justicia, es importante maximizar sus posibilidades de rehabilitación. Después de todo, el bullying nos plantea un doble reto: salvar la vida de los oprimidos y rescatar la humanidad de los opresores.

En mi opinión, todos los centros de enseñanza requieren programas de formación y sensibilización para estudiantes, profesores y padres con el objetivo de establecer una cultura de "tolerancia cero al acoso y a su encubrimiento". La inacción y el disimulo protegen siempre a los verdugos, nunca a las víctimas. Ningún joven debería temer ir al colegio por miedo a ser golpeado o denigrado, y ningún padre o madre debería necesitar preocuparse de que su hijo pueda estar sufriendo vejaciones en el colegio. Conscientes de este derecho, cada día son más los países que establecen leyes o regulaciones contra el bullying. Éste es el caso, entre otros, de Suecia, Noruega, Inglaterra, Irlanda, Dinamarca y Japón.

El acoso escolar nos deshumaniza a todos y su erradicación nos incumbe a todos. En palabras del escritor libanés Jalil Gibrán, "a menudo escucho que os referís al hombre que comete un delito como si no fuera uno de vosotros, como un extraño y un intruso en vuestro mundo... Mas yo os digo que de igual forma que ni una sola hoja se torna amarilla sin el conocimiento silencioso del árbol, tampoco el malvado puede hacer el mal sin la oculta voluntad de todos vosotros".

EL PAÍS / Opinión/ 2-4-2005

dimecres, de març 23, 2005

Dimecres, 23 de març

L'escut de la imaginació

ilusió " - Ahí es donde te equivocas -dijo Rodney-. Todo el mundo mira la realidad, pero poca gente la ve. El artista no es el que vuelve visible lo invisible: eso sí que es romanticismo, aunque no de la peor especie; el artista es el que vuelve visible lo que ya es visible y todo el mundo mira y nadie puede o nadie sabe o nadie quiere ver. Más bien nadie quiere ver. Es demasiado desagradable, a menudo es espantoso, y hay que tener los huevos muy bien puestos para verlo sin cerrar los ojos sin echar a correr, porque quien lo ve se destruye o se vuelve loco. A menos, claro está, que tenga un escudo con que protegerse o que pueda hacer algo con lo que ve. -Rodney hizo una pausa y prosiguió-: Quiero decir que la gente normal padece o disfruta la realidad, pero no puede hacer nada con ella, mientras que el escritor sí puede, porque su oficio consiste en convertir la realidad en sentido, aunque ese sentido sea ilusorio; es decir, puede convertirla en belleza, y esa belleza o ese sentido son su escudo. Por eso digo que el escritor es un chiflado que tiene la obligación o el privilegio dudoso de ver la realidad, y por eso, cuando un escritor deja de escribir, acaba matándose, porque no ha sabido quitarse el vicio de ver la realidad pero ya no tiene un escudo con que protegerse de ella. Por eso se mató Hemingway. Y por eso cuando uno es escritor ya no puede dejar de serlo, a no ser que decida jugársela. Lo dicho: un oficio muy jodido.

Aquella conversación pudo terminar muy mal -de hecho tenia todos los números para que terminara muy mal-, pero no sé cómo ni por qué terminó mejor que ninguna otra, mientras Rodney y yo salíamos de Treno's riéndonos a carcajadas y yo me sentía más amigo que nunca de él y sentía más ganas que nunca de llegar a ser escritor de verdad."

Javier Cercas. La velocidad de la luz. Editorial Tusquests. (pgs 69-70)

divendres, de març 04, 2005

Divendres, 4 de març

Larerints de cristall


labyrinth Laberints de Creta, Wonderland i Chinatown.
Ecosferes minerals, vegetals i de cristall per a Teseus, Alícies i Dames de Sanghai.
Laberints individuals, col·lectius, il·lusoris o reals...
O un laberint molt més proper, i igual d'angoixant: el laberint de cristall on ens perdem amb Juan José Millás a:


"Redes"

Hay algo peor que un laberinto: un laberinto de cristal en el que la ilusión de haber encontrado la salida te lleva a estamparte una y otra vez contra el muro diáfano, como una mosca contra la ventana; un laberinto en el que puedes ver a los que deambulan por los pasillos cercanos al tuyo e intercambiar miradas de pánico con ellos; un laberinto del que, con el paso del tiempo, empiezas a sospechar que quizá se trate de un pisapapeles de vidrio abandonado sobre la mesa de una habitación vacía, de modo que ni siquiera quede la esperanza de que un niño lo arroje contra el suelo y lo rompa en mil pedazos. Dentro del laberinto de cristal se suceden los días y las noches, las sequías y las lluvias, los sistemas filosóficos y los ordenamientos jurídicos. Caen o surgen imperios militares y maduran o se agostan las cosechas. A veces llueve o nieva también, todo ello con la monotonía cruel de los procesos digestivos.

El ya imprescindible diccionario Redes relaciona la palabra laberinto con términos tales como administrativo, burocrático o judicial, y aconseja, si el grado de angustia todavía lo permite, remitirse a los términos madeja, maraña, red y vericueto. Madeja, añadimos nosotros, de cristal; maraña de cristal; red de cristal; vericueto de cristal. Entre los inventos del hombre, el cristal es el que más inventado estaba. El aire es un cristal sutil. Extiendes la mano y adopta la forma de tu mano. La acercas a un rostro y tienes la impresión de estar acariciándolo, aunque entre ese rostro y tus dedos haya un abismo, una pared, una sima, un barranco, un talud, un precipicio. Nunca, digan lo que digan los sentidos, se llega al otro.

La transparencia es la forma más diabólica de lo opaco, la más sutil de lo oscuro. No tiene otro objeto que el confundir al ojo. Del término "opaco" no dice nada el Redes. Es una palabra sin amigos, sin relaciones personales, sin cuñados gramaticales. "Transparente", en cambio, aparece asociada a actitud, actividad, acuerdo, agua, ayuda, biografía, concurso, conducta, cristal, crítica, día, diálogo, discurso, elección, empresa, escrito, gestión, información, intención, investigación, juicio, lente, libro... Todo tiende a la transparencia, sí, porque todo, incluido el laberinto de cristal, es opaco.

El Pais/ 4-3-05