Divendres, 29 d'octubre
Cómo hacer el amor con un caníbal
Querida doctora Tatiana:
Soy una mantis religiosa y he descubierto que disfruto más del sexo si primero decapito a mi amante de un mordisco. Es que al hacerlo sufren los espasmos más exitantes. De algún modo parecen estar menos inhibidos, más apremiantes; es fabuloso. ¿Te lo parece a ti tambien?
Me Gustan Decapitados en Lisboa
Algunos de mis mejores amigos son caníbales, pero entre nosotros te confesaré que el canibalismo no es lo mío. Aunque entiendo que te guste. Los machos de tu especie son unos amantes aburridos, y decapitarlos obra maravillas. Mientras que un gallo decapitado corretea atolondrado, un macho de mantis decapitado se retuerze en un frenesí sexual. ¿Por qué no será así cuando están enteros? Supongo que es difícil abandonar el sexo salvaje sin perder la cabeza.
Un macho de mantis religiosa corre peligro cuando se acerca o cuando se separa de ti, pero no mientras te monta; subido a tu espalda, que es la posición que habitualmente adoptan los machos intactos, no puedes atacarlo. Pero no hace falta que esté intacto para que puedas practicar el sexo con él. Si le cortas la cabeza mientras viene hacía ti, su cuerpo se estremecerá con unos espasmos que permitirán que sus genitales se conecten con los tuyos. Sin embargo, como seguramente no te extrañará, el macho prefiere que no le corten la cabeza. Ponte en su lugar; la sola idea hará que tiembles hasta la punta de las antenas. Bastará que veas una hembra para que el miedo te immobilice. Comenzarás a jugar a pica pared. Cada vez que la hembra girara la cabeza a otro lado, te acercarías un poco más. Cuando te mirara, te quedarías inmóbil como una estátua - ¡No! ¡No me mires¡Yo sólo soy una hoja – durante horas si hiciera falta. Tu objectivo: acercarte lo suficiente como para saltar a su dorso. Una vez montado sobre ella puedes copular sin temor alguno. Pero da un solo paso en falso y acabarás a las puertas del paraíso con la cabeza bajo el brazo. Imposible apostar más alto en el juego de pica pared.
En más de ochenta especies se ha sorprendido a la hembra comiendose a su amante antes, durante o después del sexo. Las arañas són las primeras en la lista de sospechosas, aunque tambien son culpables de homicidio otras mantis, algunos escorpiones y algunos quironómidos. Estos últimos són unas mosquitas pequeñas pero de gran apetito que devoran a sus amantes de una forma especialmente horrible. La hembra captura a su pareja del mismo modo que capturaría una presa cualquiera y le clava la proboscis en la cabeza mientras encajan sus genitales. Los jugos que inyecta en el macho disuelven sus entrañas, que la hembra sorbe con delectación hasta dejar al macho seco, y después se deshace de la cáscara vacía como un niño de un juguete que ya le aburre. Solo sus partes viriles, que se parten y se quedan en el cuerpo de la hembra, delatan que aquello fue algo más que un simple almuerzo.
Pero tal vez exista una explicación sencilla para esta conducta. Tal vez se trate de un error lamentable pero genuino. O quiza no sea más que una rara psicosis ocasionada por la vida en cautividad. Al fin y al cabo, aproximadamente una tercera parte de las especies caníbales solo se han visto cometiendo homicidio con sus amantes en condiciones de laboratorio; tal vez sólo ocurra en estas condiciones porque en un espacio confinado el macho no logra salir corriendo. Tal vez. Pero la mantis religiosa es una de las pocas especies que han observado tanto en laboratorio como en el campo, y la frecuencia de canibalismo es parecida en ambas situaciones. La diferencia es que en el laboratorio es sexo dura algunas horas más, posiblemente porque al macho le aterrorice la idea de desmontar a la hembra. (Normalmente, cuando el macho acaba salta a esconderse entre la maleza, a salvo de su amante. Los laboratorios no suelen ofrecerles la maleza, y entonces el macho se queda sobre la hembra como si cavilara su problema.) En cuanto a la excusa de que “me comí a mi amante por accidente”, qué quieres que te diga. Es cierto que los acidentes ocurren, pero sé de varias especies de araña cuyas hembras, sin duda, a la vista de un macho son más proclives a comérselo que a comérsela.... la cabeza. En cuanto ven a un macho, adoptan una postura sumisa, como diciendo “soy toda yuya”, y a la que el macho se confía, ¡zas!, saltan sobre él, lo envuelven y lo guardan en la alacena antes de que pueda decir “canibal”.
El problema es que a menudo el macho es cazado y comido antes de que tenga ocasión de aparearse. Desde su punto de vista, esto es un desastre. Si acaba siendo almuerzo durante el juego previo, es el fin para él y para sus genes, que quedan excluidos de la población. ¿Y desde el punto de vista de la hembra? El hábito no es tan contraproducente como pudiera pensarse. Para muchas de estas criaturas el macho constituye un ágape nada despreciable. Una hembra de araña del jardín, por ejemplo, engorda sensiblemente cada vez que se zampa a un amante. El único riesgo es que se torne tan agresiva que acabe sus días como los vivió: como una vieja gruñona y virgen. Pero ese riesgo es insignificante.
Para entender por qué, conviene que demos un paso atrás para tener una visión más general de lo que ocurre cuando las hembras intentan de forma regular comerse a sus amantes antes de practicar el sexo. En primer lugar, imaginemos un lugar en donde todas las hembras son igualmente rapaces. E imaginemos que cada hembra encuentra un solo amante en toda su vida. Si cada hembra se zampa a su único pretendiente en lugar de tirárselo, todos salen perdiendo; nadie se reproduce y la población acaba extinguéndose. Pensemos en cambio en lo que ocurre si algunos machos logran evitar ser comidos, al menos hasta haber completado el acto. Cualquier macho que escapase gozaría de una enorme ventaja frente a los que no lo lograsen. Y si el truco utilizado para escapar tuviese una base genética, entonces los genes implicados se extenderían rápidamente por toda la ploblación, puesto que todos y cada uno de los machos de la siguiente generación serían hijos de machos que se salvaron, y por tanto las hembras dispondrían nuevamente de parejas pese a su rapacidad.
Como es natural, en la vida real algunas mozas no serán tan feroces, lo que complica un tanto las cosas. Las hembras que no se comen a sus machos no corren el riesgo de morir siendo vírgenes, de manera, que si cada una tuviera un único pretendiente, las hembras más amables saldrían ganando. La razón es que si en la población hay hembras no caníbales, el macho puede tener la fortuna de aparearse aunque carezca de los genes que los habilitan para escapar. En consecuencia, la ventaja de saber escapar sería menor, los genes implicados se extenderían más lentamente, y las hembras rapaces tendrían una probabilidad mayor de topar con machos incapaces de eludirlas. Tras comerse a su único pretendiente, las hembras rapaces acabarían muriendo sin dejar descendencia, y los genes de la rapacidad poco a poco desaparecerían.
Añadamos ahora otra dosi de realidad y consideremos lo que ocurre si cada hembra pudiera encontrar a muchos pretendientes. En este caso no le importaría comerse a la mayoría de ellos. De hecho saldrían perdiendo si no lo hicieran, puesto que si todas las hembras intentan comerse a sus amantes, el canibalismo se convierte en una prueba. En una sociedad caníbal, los hijos sólo sobrevirán y se reproducirán si logran escapar de las garras de la hembra, así que merece la pena comprobar la habilidad del padre para escapar. Al mismo tiempo, todo macho que logre escapar gozará también de una gran ventaja sobre los que no escapen, y por tanto la frecuencia de sus genes aumentará en la población.
En resumen, cuanto mayor sea la probabilidad de que las hembras intenten comerse a sus amantes, mayor será la ventaja de ser hábil para la fuga y más rápidamente se extenderán por la población los genes correspondientes, en consecuencia, en la mayoría de las situaciones cabrá esperar antes la fuga que el canibalismo.
Pero ¿Cómo logra un macho acercarse lo suficiente para copular sin ser capturado? La técnica del juego de pica pared es una de las maneras, pero no funciona en el caso de un macho de araña que para llegar a la hembra tenga que atravesar su tela; cualquier vibración de los hilos le indicaría a la dueña dónde se encuentra su pretendiente. Además, mientras que un macho de mantis siempre puede acurrucarse encima de la hembra, en las arañas el sexo es más peligroso. Los machos de araña tienen dos penes (llamados pedipalpos), uno a cada lado de la boca, mientras que las hembras tienen dos orificios genitales en el vientre. Se comprende la dificultad. Es dificil imaginar sexo más íntimo.
La forma más segura de salir ileso es reducir de algún modo a la hembra. Por eso los machos de la araña
Tetragnatha extensa no le temen al sexo. Disponen de una suerte de espolones en los “colmillos” que utilizan para mantener abiertas las mandíbulas de las hembras de manera que no puedan morderlos durante el abrazo. El macho del cangrejo araña
Xysticus cristatus es un magnífico amante aficionado al
bondage que ata a la hembra (¡afortunada ella!) antes de hacerle el amor. Y en
Argyrodes zonatus , una diminuta araña plateada que vive en la tela de arañas mucho más grandes, los machos son el equivalente natural de la conducta que asociamos a las fraternidades americanas. Tienen en la cabeza un cuerno que secrega una potente droga, y ofrecen su cuerno a la hembra para que lo chupen hasta acabar tan colgadas que sean incapaces de resistir los avances del macho. Mejor que no se despierten con hambre...
En cuanto al Sr Mantis Religiosa, es víctima de un gope de mala suerte. Mientras está en posesión de la cabeza, su cerebro envía menjajes a sus partes diciéndoles cómo comportarse. Esto mantiene a raya su líbido hasta que alcanza su posición adecuada. Cuando pierde la cabeza, los mensajes que inhiben el comportamiento sexual quedan truncados y su cuerpo se convierte en una endemoniada máquina de sexo. El resultado es que puede copular aunque apenas quede nada de él. Pero aunque esto parezca probar que la evolución los ha dotado de una espectacular adaptación a ser comidos, el reflejo de “perder la cabeza y abandonarse al sexo” es en realidad bastante común en los machos de insectos. Incluso en los humanos ocurre algo parecido; cuando se estrangula a un hombre, quiera que no experimenta una erección, pero no porque la agonía le reporte un placer erótico, sino porque dejan de llegar al pene las señales del cerebro que le indican qe no levante la bandera. Para la mayoría este reflejo no es más curiosidad médica. Pero la mayoría no se encuentra a la Sra Mantis en la cama.
Consultorio sexual para todas las especies, (introducción a la biología evolutiva del sexo).
Olivia Judson. Ed crítica. Traducció, Joan Lluís Riera Rey. (Cap 6. Pag 103-107)